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LA ESCRITURA DE LA SEDUCCIÓN EN TANTOS JUANES

Mgs. Héctor López López
Profesor ULA, Mérida, 1995

 

Las letras y por ende el mundo, constantemente sufren cambios relacionados -aunque aparentemente desde la ficción- con las nuevas formas del ser humano de percibir y vivir en ese cambiante universo. Por ello la lectura, desde hace ya un buen tiempo, requiere de una mirada atenta y profunda, que no sólo recorra los mismos laberintos y reconstruya las mismas armazones o fragmentos narrativos que los autores estructuraron, sino también de una disección teórico-crítica, minuciosa y recreadora, para dar cuenta de esas novedades que, a gritos, pregonan esas ricas producciones literarias. Entre esas obras, narradas y concebidas conscientes o inconscientemente, desde la misma fragmentariedad en que vivimos cotidianamente en estos tiempos postmodernos, podemos ubicar la novela Tantos Juanes o la venganza de la Sota (Caracas-Bogotá, Planeta Latinoamericana, 1993) de la venezolana María Luisa Lázzaro, profesora de la Escuela de Letras de la Universidad de los Andes, autora de numerosos títulos entre poesía, ensayos, novelas y libros para niños. Autora además varios poemas musicalizados.

Esta digresión sobre su diversidad como creadora, a la que se le suma su experiencia y conocimientos, previos a lo literario, en el campo de las ciencias de la salud, específicamente en el área de Histología (cátedra que dictara en la Facultad de Medicina por siete años) nos sirven para explicarnos la riqueza de temas, no sólo en las áreas de la neurociencia (los neurotrasmisores) y la bioquímica, la química sanguínea y coprológica, con todo y su licencia «hécica». A lo que se le suma la homeopatía y los elementos esotéricos, tanto de lo espiritual como lo metafísico; la astrología y el tarot. Elementos llevados a sus novelas, y no como adorno ni para mostrar unos conocimientos que darían cuenta de una escritura cultísima desde lo cognoscitivo, no. Todo ese conocimiento está al servicio del arte de novelar, pues cada uno de ellos cumple un papel importante dentro de la trama y nos dice mucho más de lo que observamos en estructura superficial.

Esas connotaciones semánticas y fónicas, abundantes en la obra, desde la ironía y el humor, desacralizan y reva­lorizan ciertos temas como el amor no realizado, bien sea por la soledad o por insatisfacciones físico-biológico-orgánicos, hasta astrológicos (por eso: «si la luna mengua risolvi la lingua (a linguaccia)». Temas que la autora con un fino humor científico-esotérico-literario, trata en esta obra, que comienza como una novela policiaca.

Un caso de homicidio, aparentemente fácil de resolver, según el detective a cargo de la investigación pero, se va complicando de tal manera que nuevas evidencias, físicas, químicas, astrológicas y esotéricas, nos llevan a casi concluir que podría ser un suicidio. Después, casi al final, la autopsia revela muerte natural, porque el puñal, tomado de los sueños, no llegó a tocar los órganos internos, fue colocado con sumo cuidado de manera que simulara un homicidio; como se presupuso en el parte periodístico: «Bella mujer de treinta y cinco años, presuntamente asesinada de certera puñalada que le interesó órganos vitales. El arma fue abandonada a los pies de la occisa, se sospecha de homicidio por cuanto la herida fue originada de abajo hacia arriba». Esta, es tan sólo una de sus lecturas.

La occisa, pintora, extraordinaria esposa según su propio marido quien dice llamarse Juan, asegura que a Juanerma Orígenes no le interesaba el sexo sino el arte, por eso se casó con él, aunque era impotente, lo que tuvo que demostrar para ser descartado como el otro Juan, el victimario, señalado poéticamente como el posible asesino por la misma víctima, en un papel encontrado entre sus senos, con el que se inicia la novela: «Es una cuestión de rostros, Juan, por eso el desamor, el rechazo. Me llenas sexualmente, me colman tus manos en su eterno viaje por mi cuerpo, mis entrañas [...] Sé que pudieras hacerme descubrir las peripecias más ocultas de las geishas que te enseñaron la furia, la delicadeza, la lenta lentitud [...] del que gusta saborear poco a poco con la lengua serpentina y eleva al séptimo cielo, directamente, sin antesala [...] perdóname». Lo que nos lleva a no entender las afirmaciones del esposo y la amiga quienes aseguraban que a ella no le interesaba el sexo.

Con la amiga compartía los días y noches de encierro creativo para pintar. Aseguraba que lo único que hacía cuando iba a los bares (con distintas pelucas y diferentes nombres como Afrodita) era seducir, porque tenía una teoría que estaba experimentando acerca de las bondades de la energía de la seducción para generar abundantes creaciones a través de su carga «enzimática y bioenergética producida durante el trabajo de seducción».

Hay una tercera versión tácita entre otras lecturas posibles, es la que entresacamos a través de la mirada de la periodista en los papeles que va encontrando junto con el detective que investiga el caso. En ellos, cada Juan representa una experiencia amorosa pocas veces subli­mada. Y aunque en la obra se nos diga que parecen parte de una novela que la artista estaba escribiendo, revelan un conocimiento vívido de los diferentes vericuetos por los que pasan diversas parejas en sus encuentros gozosos, o «insatisfacciosos» (como dice la narradora en sus licencias lingüísticas: «Yo vengo doctor porque creo me pasé de Apis; me siento retomada por una indiferencia reciclada, no puedo ser retrepada ni recogida en mi fuero interior, no soporto ser hocicada solamente una vez cada quien [...] doctor fíjese que casi se escriben igual las locuras, al menos en el significante suenan tanto silogísticamente que silepciosamente».

Y todavía el lector va descubriendo otras versiones, aparentemente más veladas, y en relación con la «famo­sa teoría de la seducción». El personaje principal, Juanerma Orígenes, quien a pesar de sus teorizaciones y sus «prácticas» de que la seducción produce una fuerza energética que se pierde irremediablemente si se gasta en la materialización amorosa (por lo que ella la sublima) muere justamente con indicios de haber mal utilizado la energía que debió gastarla en algunas de las formas del arte. Según las premisas de la seducción, planteadas por ella misma: si no es usada en producir una obra, el creador o creadora explota con carne y tela. Y esto último es lo que sucede aparentemente a Juanerma, según se nos informa al final, en el epílogo que lleva por título «Bohemia y seducción: un caso esotérico». Es decir, que en el personaje no se dió ni la realización amorosa ni la sublimación en el arte.

En Tantos Juanes o la venganza de la Sota, la seducción se perfila como destino de salvación y/o perdición. La obra está textualizada en una simulación constante desde la negación de la sexualidad: preferible al sexo, el afecto, porque es más permanente, más solidario. La sublimación desde el arte: mejor la estimulación ficcional que la consumación carnal. Hasta la (posible apariencia) de osar con libertad la compenetración de los cuerpos, sin miedos a rechazos u olvidos. Todo ello en el marco de una cultura latinoamericana tabú, que pugna por decirse desde la libertad universal de simplemente ser y vivir el aquí y el ahora, desde lo que se desea y necesita vitalmente. Pero, la mayoría de las veces la soledad es la única voz y el único cuerpo amigo de los artistas y, la salvación más a mano no es otra que el simulacro de ser uno y otro y otros (los Juanes y las Juanermas) desde la plenitud desbordada del arte.

Al respecto, Jean Baudrillar en su texto: De la seducción (Madrid, Cátedra, 1989) afirma que: «El discurso de simulación no es una impostura: se contenta con hacer actuar la seducción a título de simulacro de afecto, simulacro de deseo y de catexis, en un mundo donde la necesidad se hace sentir cruelmente».

Esta cita nos permite entender la dinámica del discurso de la seducción (y por ello la construcción y estructura de Tantos Juanes). En la obra se despliegan distintos y atractivos recursos novelescos, al tiempo que se va elaborando un cuerpo teórico sobre la seducción y su relación con la escritura. Este juego comporta el núcleo de lo que podemos llamar una escritura de la seducción, sobre todo al constatar que los mecanismos que se plantean en la novela para conquistar al otro, son los mismos mecanismos que la novela nos plantea a nosotros como lectores, e incluso, en un momento de la narración, el personaje lo deja bastante claro al afirmar que: «Esto se puede hacer en un juego de mirar y no mirar, indiferencia y deferencia, de manera que el objeto se sienta confundido y no se sepa si es sí o es no; una sonrisa seria y una mirada dulcemente extraviada, una llamarada de fuego y un olvido, un ir y venir por sombras y claridades».

Se nos inicia, o mejor dicho se nos atrapa, se nos seduce como lectores, con el argumento narrativo de una investigación policial que se convierte en el móvil –pasional más adelante– que une, a dos personajes (el petejota-policía-detective, y la periodista) con el fin de reconstruir la escena del crimen (suicidio/homicidio) antes de la consumación del suceso para presuponer lo sucedido. Pero, en el proceso que les era ajeno, no sólo se enfrentan a sus propios fantasmas en conflicto desde la escisión moderna del ser: el Yo / el Otro, sino también desde la masculinidad y la femineidad en litigio consigo mismo y entre ellos, tocando fondo y ascendiendo hacia la complementación voluntaria. Desde esa fisura leemos casi en paralelo dos historias: la del policía seductor, seducido por la fuerza de lo femenino, y la de la periodista que indaga desde la fascinación (seducción) que ejercen en ella los papeles que va encontrando, con el pretexto de explicarse una vida desde una muerte, la de Juanerma: Juan-sublimación; Hermes-consumación: «energía priápica». Y desde una escritura que parece irse haciendo espejo para replantearse la vida con sus complejidades y la implosión de ser nuevo, que ve surgir de su propia desgracia existencial.

Hay un momento en que todos los personajes pare­cieran ser uno solo vivenciando toda la humanidad. No desde el yo y el otro, sino desde yo y los otros, los tantos Juanes, las distintas máscaras-personas frente a las distintas máscaras-personas que nos vamos encontrando; lo que condensa la imagen del ser escindido, en conflicto, con sus vacíos y sus plenitudes, y al que es necesario unificar en un ser único y múltiple como son los artistas, dejando constancia, historia textualizada, desde un lenguaje que en el caso de esta novela, juega papel protagónico al expandirse en una suerte de desintegración-integración, caos-orden; haciéndose polisémico, porque es mucho lo que hay que decir y desdecir, diseminando los sentidos, condensando en una significación que estructura un texto de vida-ficción, paradójicamente expuesto desde teorías científicas, filosóficas, esotéricas y literarias.

Al culminar la narración, de las historias relatadas en fragmentos para armar, nos topamos con una suerte de ensayo-epílogo que nos obliga a otra lectura; pues nos queda la duda de si la novela que hemos leído fue escrita por la autora Lázzaro, o si son los apuntes de uno de los personajes (Juanerma Orígenes) que se le han escapado a la autora, incluyéndola, llevándola a traducir un trabajo inédito de su personaje, donde expone su teoría sobre la seducción y la escritura, jugando además, a crear otros personajes, entre ellos a la periodista quien. desde que leyó la primera nota, sintió la necesidad de armar un rompecabeza: «como si se tratara de una orden omnisciente [...] percepción de recuperar la verticalidad de la vida hecha a retazos [...] espejo de doble fondo [...] como si el espejo fuera una muñeca de esas que vienen para armar y me hubiesen elegido para reconstruirla papel por papel, palabra a palabra».

Igual proceso de doble negación (dos o más versiones de un mismo hecho sin poder afirmar cuál es la «real» o la definitiva), y de afirmación científica (con la teorización de algunos aspectos que sostienen y justifican la obra, además de una lógica que responde al análisis científico) que se nota en la historia: carencia de afecto que se manifiesta en la necesidad de ternura que padecen los personajes, sobre todos Juanerma Orígenes, al tiempo que se despliega el tema del Don Juan, y con él la concepción de un tipo de amor sustentado sobre una realidad y carencia psicológica determinada.

Otro elemento a desenmarañar en el «pastiche» de esta obra es la significación del segundo título: La venganza de la Sota. Pareciera que el seductor amerita la venganza de la Sota, o la reelaboración de la teoría y la praxis de la seducción para hacerla trascender del plano del placer corporal terreno al cósmico creativo, proceso por medio del cual la mujer aspira a ser superior o más profunda que el hombre: el seductor quedaría con un placer que sólo será trofeo para su memoria, siempre en el pasado, en otro tiempo. Lo que prueba su impotencia o temor, pues no logra resolver ninguno de sus conflictos (esposos, amantes), mientras que ella, la seducida seductora, logra gozar del placer físico, y una vez que se instaura y actúa como seductora goza del placer mental y logrando textualizar creativamente la memoria; su logro por tanto es doble.

A propósito de lo anterior, J. Baudrillard, en el capítulo «Lo lúdico y la seducción fría», afirma que «Si todo funciona con seducción, no es con esta seducción blanda, revisada por la ideología del deseo, es con la seducción, desafío, dual y antagonista, con el envite máximo, incluso secreto, y no con la estrategia de juegos, con la seducción mítica, y no con la seducción psicológica y operacional, seducción fría y mínima». Y es esta seducción la que se despliega en las páginas de la novela y la que se ha ido armando a nivel del lenguaje, de la historia, y de la argumentación teórica que hacen los personajes sobre la misma, es decir, la reflexividad de la novela.

A nivel de lenguaje, uno de los recursos usado en la obra es la diseminación, mecanismo que tiene como función abrir el significado a la polisemia, la cual se instaura por medio del manejo del mito como relectura de la constitución de los sentidos establecidos en el mundo (polisemia de fondo, es decir, de significación de los sentidos en la obra). A otro nivel, la polisemia se desarrolla en la línea de la textualización misma de la palabra, la cual se va expandiendo, por ejemplo, con la utilización de juegos de lenguajes (como el cuti, la glosolalia) y la doble notación de los sentidos de las palabras que podemos ejemplificar en sintagmas como el siguiente: «dispersión de (Fe): hierro y (O2): oxígeno», es decir, la puesta en escena del lenguaje como laberinto del ser y de los sentidos.

El final de la obra es abierto, magistralmente se pueden reconocer dos finales y una devolución de la historia al plano de lo real. Es así como Juanerma clarifica los sentidos de la escritura, la conciencia de estar inventando como artista, pero también como personaje, una interpretación: «Perdóname Juan, sé, cómo no saberlo, que no eres [todo lo que yo inventé]. Es la venganza de la Sota de Copas que nunca más ha dormido... te ofrendo el estallido de mi sangre, la penitencia de renegarme apóstata en mi propio litigio».

Hemos leído la crisis del personaje artista que nos ha contado el periplo de los múltiples conflictos de la existencia y la palabra, construyendo versiones de las que luego se retracta, legitimando y deshaciendo la historia, el relato, la novela, el cuerpo de la seducción, la palabra misma, hasta no dejar nada. Negación total que hace, al colocar un epílogo para desnudar los mecanismos de verosimilitud, los cuales han ido construyendo a lo largo de la novela, y donde se nos interpreta como lectores; aquí ya no es posible clasificar la obra dentro de los géneros novelescos más comunes, aunque estemos seguros de que es una novela clásica, policial, esotérica, periodística y posiblemente autobiográfica.

En consecuencia, Tantos Juanes o la venganza de la Sota, que es la escritura de una época hecha con los mecanismos de la seducción, entra, junto a otras novelas de la misma tendencia, en el espacio de lo universal.