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MÁSCARAS PARA UN CRIMEN CABALÍSTICO
Dr. Enrique Plata Ramírez
Universidad Complutense, Madrid, 2001
Profesor Titular ULA. Mérida

 

Aunque silenciosa, o tal vez silenciada, durante años la narrativa venezolana ha sido gestora de cambios en Latinoamérica. Piénsese por ejemplo en Julio Garmendia, Guillermo Meneses, José Rafael Pocaterra, Enrique Bernardo Nuñez, Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Salvador Garmendia, Adriano González León, Renato Rodríguez, Laura Antillano y María Luisa Lázzaro, entre muchos nombres tomados arbitrariamente.

María Luisa Lázzaro, poeta, ensayista y narradora, nacida en Caracas (Venezuela, 1950) se consolida en las letras hispanoamericanas al publicar su segunda novela: Tantos Juanes o la venganza de la Sota (Caracas, Planeta, 1993) donde demuestra un dominio de la técnica y de la escena narrativa, junto a los juegos de las imposturas, de las máscaras y de la asunción de lo Otro, situando a la narrativa venezolana en una postvanguardia alentadora, a la vez indagadora de experiencias narrativas otras. Del contar lo periférico, lo absurdo, lo banal, con una extraña mezcla de lo amoroso, lo sublime y lo misterioso.

Tantos Juanes o la venganza de la Sota parte de una mirada lúdica del lenguaje para, desde la asunción de distintos y complicados personajes, contarnos, narrarnos, relatarnos, la historia de un oscuro (y supuesto) asesinato, de una hermosa y mágica mujer: Juanerma Orígenes. El juego de voces presentes en un ir y venir a lo largo de la narración sostiene la magnicidad, lo Otro, lo oculto, con una maestría que sólo logran los buenos escritores. El lenguaje se bifurca desde distintas apreciaciones e intereses. Así se cuela entre el rústico y grotesco pensamiento del policía investigador, inspector José Esteban de la Concepción Mantilla Mago (juego a su vez que presume o escenifica las distintas posibilidades de la significación, desde el nombre mismo, o desde la identificación y/o señalización) quien ve en la fácil solución del crimen su próximo y añorado ascenso. La experiencia periodística indagadora de Milsa Arredondo para quien, en principio, el crimen esconde toda una historia pasional, que posteriormente se decantará por los distintos juegos cabalísticos de la víctima descubriendo las imposturas, las soledades, los desarraigos de una mujer, de una artista que sabiéndose fuera de su tiempo se refugia en los arcanos, para intentar escapar, quizás para reencontrarse consigo misma, con su Yang y su Ying.

En la medida en que la investigación se desarrolla, el lector será el tercer gran detective que asume la indagatoria de aquel supuesto asesinato, quien intente develar los distintos planos ocultos que la víctima esconde, uniendo fragmentos, trozos de vida, de experiencias femeninas, humanas. Así descubre cómo la periodista y el policía, asomados a un mundo insospechado de misterios y oscuridades, van estrechando sus vínculos y descubriendo, a su vez, las distintas suplantaciones, los juegos de alteridades y de máscaras que llevarán a la víctima a disfrazarse para escapar de su tedio, de su frustración en cuanto mujer y en cuanto ser humano. Se disfraza de artista para encerrarse en una habitación a pintar; se disfraza de una mujer Otra: rubia, morena, etc., para descubrir el mundo de las sensualidades que le han sido negadas, de los sentires y emociones que rozan y queman su piel. Así escapa de todos, de la mirada del marido impotente, quien ignora las otras vidas de su mujer, y de la mirada de todas las demás personas.

En un discurso que se hace paródico, de máscaras y fingimientos, de cábalas e indagaciones, la escritora nos va asomando muy lentamente, en cuanto lectores, al abismo del personaje y a las distintas variantes del asesinato: pasional, emotivo, mágico, virtual; que se desdobla a través del espejo para no ser más que una sombra extraña, el posible sospechoso. La víctima, curiosamente se convierte en su propio victimario, al saberse un ser de la carencia, de la negación, de la falta de amor. Restituye estas faltas, estas carencias, con constantes búsquedas interiores, sin sostener encuentros carnales ni con hombres ni con mujeres. Es decir, parte de una teoría tántrica (la contraria al budismo) para llegar al conocimiento de sí misma, de sus potencialidades eróticas, y con ellas abordar los territorios sagrados de Dios (como quiera que se llame y cualesquiera sean sus dominios: materiales o espirituales). Sus tantos Juanes, los posibles amantes, no son más que seres de un imaginario femenino que se traspolan desde lo mítico, desde los sueños, desde los deseos y las frustraciones, hasta su realidad: la permanente soledad. La autora recrea, tal vez inconscientemente, una especie de mito muy contemporáneo, llevado al paroxismo por el poeta japonés Yokio Michima, al dibujar al ser femenino que se evade, que juzga a una sociedad y que se recupera a sí mismo con su propia muerte: su harakiri.

En ese extraño juego paródico, irónico, mágico, de alteridades y espejos, Lázzaro se reconoce como una de las pocas escritoras latinoamericanas que se apropia del discurso del cuerpo, de la eroticidad y de la lubricidad misma del lenguaje, para escribir una novela de tono policiaco, de voces e indagaciones eróticas, de auscultamientos cabalísticos. De todo ello junto y muy bien trabajado, sin tener la espesura real o ficticia de la historia, es decir, desde la ficción misma, su narratividad es una madeja bien enmarañada y bien sostenida por lo demás, hasta el suspiro final. El develamiento concluyente no será, por el contrario, el fin del encantamiento de la historia, sino el paso hacia la perplejidad, hacia las angustias y las sorpresas, hacia salidas inesperadas, o quizás hacia el ingreso al laberinto en el cual nos espera sabiamente disfrazada de traductora, la propia escritora. Tal vez sea la víctima misma, pues el juego de las imposturas, de las máscaras, continúa incluso en el ensayo final donde en apariencia se tejen los hilos de las supuestas claridades y/o realidades.

El supuesto asesinato permite la cercanía con una densidad simbólica que remite a intermitencias caba­lísticas, desde cuyo espejo irrumpirá el extraño puñal con el cual aparecerá asesinada Juanerma Orígenes. Magnicidad, virtualidad, indagatorias en los territorios de lo Otro. Pero ese mismo discurso, asomado desde el tantrismo amoroso, y en un juego metatextual, plantea la posibilidad de una «teoría de la implosión» sexual, del recargamiento de las energías amorosas, afectivas, eróticas, lúdicas, que al no tener salida real, contacto de piel, encuentro hombre-mujer, contacto con el Otro, irrumpirá en forma de mortíferos infartos que llevarán a la muerte a la exquisita y seductora Juanerma Orígenes. Es decir, la mujer no soporta su propio panorgasmo, su esplendente culminación amorosa interior. La muerte de esta mujer, paradójicamente, y asumida en ella en cuanto expresión lúdica del amor, permite la cercanía amorosa, un tanto bestial y un tanto sublime, entre el inspector de estrambótico nombre, José Esteban de la Concepción Mantilla Mago (la bestia), y la periodista Milsa Arredondo: lo sublime, lo tierno, lo dulce (la bella, la magia). Una vez más el Yang y el Ying en permanente conjunción, en su constante fluir universal. Será esta unión la reificación de Juanerma Orígenes (una vez más Ifigenia sacrificada).

Estas escenificaciones narrativas de María Luisa Lázzaro, estos abordajes cabalísticos, permiten a la literatura venezolana asomarse a otros espacios discur­sivos, a otras posibilidades narrativas, sin importar el nombre que quiera dárseles; es decir, abre en un inmenso abanico los supuestos narrativos para una literatura que tiende a decantarse de lo urbano y de lo telúrico. Esas escenificaciones serán parte de los temas abordados por distintos escritores venezolanos de la década de los noventa.