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TANTOS JUANES O LA VENGANZA DE LA SOTA
(novela, 1993)

Novela ante la critica

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Fragmento

ES UNA CUESTIÓN DE ROSTROS

Es una cuestión de rostros, Juan, por eso el desamor, el rechazo. Me llenas sexualmente, me colman tus manos en su eterno viaje por mi cuerpo, mis entrañas. Pero tu rostro, Juan, no es el rostro, la mirada no es la mirada; ni la palabra, la palabra. Tus facciones son perfectas hermoso Juan, pero tu rostro no es. Hay aserrín, demasiado aserrín en lo profundo del verbo. Tienes una fascinante cabellera, ojos fragantes, me has hecho feliz cada noche, cada atardecer, y no ha sido más porque mis energías fallan de colmadas. Sé que pudieras hacerme descubrir las peripecias más ocultas de las geishas que te enseñaron la furia, la delicadeza, la lenta lentitud del que ama nunca apresurado, del que gusta saborear poco a poco con la lengua serpentina y eleva hasta el séptimo cielo directamente, sin antesala de querubines y serafines. Es una cuestión de rostros y tu rostro no es. Perdóname, Juan.

— Es una fotocopia –dijo el inspector– quiere decir que el original debe estar en poder del tal Juan. El caso está más que resuelto: crimen pasional. Ella lo abandona -elegantemente- y él la liquida. Me gané en unos minutos el ascenso buscado por años, detrás de tantos narcos complacientes, ladrones cuellos blancos, cuellos sucios. El caso es más que sencillo, sólo tengo que localizar al tal Juan geisho. Pero... voy a enmarañarlo. Seré la envidia de mis colegas. Ahora mismo daré la información... a mí manera... Ocultaré la evidencia. No sé si... me aflojo la corbata... Sí, el desorden... es indicio de esfuerzo, agotamiento. Buscaré al mejor periodista, apasionado de sucesos y buena escritura.

— ¿Es usted... el mejor periodista?

— El mejor no, LA mejor.

— Bueno, aunque sea la mejor, tome nota, es un cangrejo ya resuelto, pero vamos a confundirlo, a usted le conviene y a mí también. Cada día sacamos una novedad... Hay un baúl lleno de papeles. Suficiente material para entretenernos varias semanas.

— Déjeme verlos... –ante la duda de él– por encimita.

— Por ahora no es conveniente.

— Entonces no lo acompaño en este viaje. ¿Quién me asegura que todo esto no es más que petulancia de policía con escaso patio en la frente y extenso récord de ambición?

— Mujer tenías que ser. Todas son iguales. Yo siempre lo he dicho... la única manera de soportarlas es en la ca (ma) sa... olorosas a ajo porro y perejil, lavando calzoncillos. Las otras... (ad) mirarlas (administrarlas), nunca escucharlas.

Puede abrir el cajón. Primero colóquese estos guantes. No vaya a desordenar. ¡Con cuidado! Todo sea porque me dijeron que era el mejor periodista.

— LA mejor.

Manos ávidas van descobijando manuscritos apa­rentemente ordenados, aunque sin ningún tipo de enumeración.

— ¿Acepta el caso, o no?

— ¡Guao!... Sí, me interesa. Me interesa.

— Bueno, el caso es el siguiente. Es más fácil de lo que vamos a hacer suponer. Lo único que debemos hacer es localizar al tal Juan, al del papel.

— ¿Cuál papel?

— Es que todavía no te he explicado lo de la fotocopia. ¿Puedo tutearte?

Hombros que se levantan y descienden, mirada atenta a una fotocopia que se imagina trascendente, como los papeles del arca que intentaron rescatar una playa con granos de arena de muchas playas, hojas, recuerdos, historias y fantasmas.

— La encontré doblada en cinco partes, casi imper­ceptible entre sus senos turgentes... lástima. ¡Fíjese! No era una belleza... así... usted es muy linda... (tiene la boca carnosita) lo malo es que es la mejor.

(Roñoso)

— Tal vez la muerte... era atractiva. Sus manos, una suave tersura. Manos de artista, usted sabe, de pintora. ¡Déjese los guantes! Aquí está la fotocopia.

— ¡Guao! ¿Cuándo empezamos? Quiero ir a la morgue. Quiero verla, quiero tocarla.

— Ahora mismo. Puede ir disponiendo la primera gacetilla. Allí no se debe mencionar la existencia de la evidencia. Tenemos que dejarla para más adelante. Para mañana letra grande, de sucesos, bien redactada. No olvide destacar mi nombre correcto debajo de la foto. Inspector José Esteban de la Concepción Mantilla Mago. Ponga los dos apellidos. La foto que la tomen ligeramente de perfil, es mi mejor ángulo. Ya verá, ¿señorita...?

— Mila... disculpe, Milsa Arredondo. Mila me llaman mis amigos quienes me aprecian.

— Ya verá Milsa cómo vamos a ser famosos en este pueblo y en la capital…

— Mi parte de famosería se la regalo, así le sale al cuadrado. No me interesa. Quiero que le quede bien claro: si lo acompaño en este caso es porque me interesan esos papeles y esa mujer, su vida más que su muerte. Y, esta ciudad no es ningún pueblo.