A Carlos Ferrer Guillén-Lázzaro

–Te invito al cine, yo pago las entradas.

Nunca habíamos ido al cine juntos, tan sólo nos mirábamos de reojo.

Vi cómo llamaba aparte a Fernando, el amigo, y le decía bajando la voz: Otro día voy contigo, no te molestes, es que quiero ir con ella, los dos solos; es muy importante para mí.

Me puse casi linda y nos fuimos el domingo a la matinée. A la hora de pagar sacó un sombrerito de tela lleno de ocho mil bolívares en monedas de cien. Le dije que fuera a comprar las chucherías mientras el señor contaba. Así pude distenderle la cara de malas pulgas al taquillero cambiándole el sombrero por un billete.

Antes de irse me corrigió: Golosinas querrás decir

–Cómprame una cotufa mediana.

–Sí, ya sé que te gustan las palomitas de maíz -me dijo- mientras se alejaba.

¿De dónde habrá sacado ese hablar fino,  esa exquisitez con la palabra?

Ya en las butacas con la luz apagada, lo miraba de perfil muy concentrado en la película, me provocaba comérmelo a besos. De vez en cuando le daba un piquito en la mejilla, otro en la sien… En un momento en que bajó la cabeza para tomar té frío, le besé el cuello. Se volteó y me lo devolvió.

¿Se devolverán los besos? Me acordé de aquel noviecito de mis 8 años, me daba besitos en la nariz. En una que nos pusimos bravos me dijo que le devolviera todos sus besos. Me quedé perpleja. Si se los devuelvo… después él tendrá que devolverme los míos. Nos pasaremos toda la vida besuqueándonos para esos reembolsos. Y peor… bravos. Lo que los volvía más nutritivos, no sé por qué.

Cuando salimos del cine, quiso saber:

—Yaya…  ¿qué fue lo que más te gustó?

Ante mi silencio dubitativo (creo que me lee el pensamiento) 

—De la película, Yaya.

–Pues… me gustó… eso de Yu Gi Ho y Kaiba, los combatientes a duelo mortal, cuando notaron que había otra fuerza superior a la competencia que sentían ellos por ganar cada uno con sus monstruos, juntaron sus manos para unir sus energías, única manera de que el faraón resucitado como un demonio no destruyera toda la tierra. Ellos se dieron cuenta de que por separado no tendrían éxito.

–Ya sabía, Yaya, que esa parte era la que más te iba a gustar. Por eso pasé muchos días reuniendo el dinero para traerte al cine. Ya la había visto con mamá y Fernando.

¿Cómo contar esa explosión amorosa, del corazón, en fragmentos de estrellas? ¿Ese enamoramiento extraño, ese deseo loco de comérmelo a besos?  Y lo veo vestido de hombrecito con sus pantalones oscuros, su camisa manga larga con cuello casi almidonado, llevándome al cine, indicándome por dónde caminar. Su sombrero de colores patrios, anudado, guardando a diario, como cofre de misterios, monedas para hacer feliz a la Yaya. O para reconfirmar lo tanto que me conocía… que sabía de mis gustos, de mi forma de pensar y sentir. Pues si esto no es enamorarse, no sé qué otra cosa sublime podría ser.

Y mi corazón, aún con esa explosión amorosa de fragmentos de estrellas en los ojos.

 

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