Ese mismo día  comenzamos en casa los preparativos de Navidad. Sacar cajas, cajitas, cajones, ovejas, casitas, paisanos, burritos, estrellas, ríos, espejos; piedritas, piedrotas; escarchas, brillantinas, papel engomado… San José, la Virgen, la mula, el buey. Y la cunita con el niño, que dejamos hasta el veinticuatro.
   
Un acontecimiento inesperado cambió por completo nuestra rutina navideña haciéndonos olvidar el musgo fresco para el pesebre.
Cuando estábamos toda la familia tirados en el piso planeando un pesebre que no se pareciera al de años anteriores, tocaron el timbre... Uno de los niños fue a abrir la puerta y... como en las películas de misterio... nada.

   
Me apresuré a ver quién podría  haber tocado… nadie. A no ser que nadie fuera un perrito cacri  (callejero con criollo) que me dispuse  espantar. El muy orondo me miró con los ojos aguados como si fuera gente, y no se movió ni un milímetro por más que hice de todo para que se fuera; haciéndome la desentendida frente a esas lágrimas que seguramente no estaban más que en mi imaginación
Ya estás inventando –me dije–, que viste unas lágrimas en un perro bonito y triste. ¡Bah! Ese lo que tiene es una infección, unas lagañas cuajadas en los ojos. ¡Bah!
   

Entonces les pedí a los niños: ¡Por favor! saquen a este señorito de aquí.

Cuando se disponían a cumplir la orden, la nena más grandecita, con voz entrecortada me replicó: ¡Mamá!, es una señorita... aunque más parece una mamá.

Esto nos tambaleó por completo. Esperen —les dije— vamos a pensarlo un poco. Démosle algo de comer y beber. A lo mejor después se va por sí misma.

Total, que interrumpimos nuestro pesebre para darle de comer  a Doña Cacri…

   
Por la noche, cuando fui a cerrar el portón noté que estaba echada debajo de las ruedas del auto que no se usa porque no se le consiguen los repuestos. Hice el ademán de correrla... y terminé diciéndole que podía pasar la noche allí, pero que por la mañana se fuera a su casa.
   
No podíamos darle alojamiento. Le expliqué con detalles que ya teníamos dos feroces mucuchiceros que comen con la misma pasión con la que respiran. Y nuestro presupuesto no daba para tenerla a ella también. Menos en esas condiciones: esperando perritos.
Me volvió a mirar con los ojos aguados, con una seriedad de gente que entiende, y muy bien. Se removió mi instinto materno.
Bueno —le dije sobándole la barriga—, duerme tranquila, mañana habrá otra claridad.
   
Al siguiente día estaba en el mismo sitio, con la cabeza como una violeta de humilde,  sin pedir más que no ser notada; como si no tuviera necesidades ni deseos. A diferencia de nuestros guardianes que cuando quieren comer avisan el hambre con escandalosos ladridos.
   
Les dije a los niños que no le diéramos nada más, de manera que le hiciera falta su casa, su gente; aunque nos doliera en la piel, en el corazón,  en el estómago. No obstante a cada rato nos asomábamos disimuladamente... Allí permanecía, sin mirada de hambre, sin mirada de sed, agazapada en un acto de recogimiento, en el mismo  espacio, debajo de uno de los laterales del carro.
Empezamos a sentirnos tan mal que ayunamos por solidaridad con la singular huésped. En la mesa, en lugar de llevarnos los cubiertos a la boca nos mirábamos sin pronunciar palabras, como diciéndonos: si ella no come nosotros tampoco.
Lo cierto es que nuestro entusiasmo de Navidad se estaba menoscabando, y por  una extraña. Para mayor mortificación, en unos días llegaba papá de viaje y sabíamos cómo iba a reaccionar.
Igual que la última vez cuando recogimos a Pepito, el zamuro de la pata quebrada. Era sábado y hasta el lunes no conseguimos un veterinario. Mientras tanto le entablillamos la pata y lo alojamos en el salón de estudio, porque en el patio se lo hubieran almorzado los perros mucuchiceros.
   
Cuando papá vio a la Cacri, le dijimos casi al mismo tiempo y sin ponernos de acuerdo: Apenas acaba de llegar, papá.
¿Se imaginan lo que hubiera pasado si se entera de que hacía cuatro días la alimentábamos con parte de nuestra comida? Hubiéramos muerto todos de inanición.

Tal y como presuponíamos papá ordenó, con su aparente dureza (en el fondo es más suave que algodón de azúcar):

—¡De inmediato, chicos!, invítenla a desalojar nuestra casa, acuérdense,  nos dijo en tono admonitorio, de aquellos gatos recién nacidos que encontraron por ahí, y que llorando desconsoladamente de frío… se los trajeron por unos “diítas” mientras aprendían a gatear.

   

Después, aquel alboroto de gatos y gatas a media noche que ni ustedes mismos podían dormir. ¡No y no!, me sacan a ese animal de aquí. ¡Ahora!

—No le digas animal, papá –replicó Nina, la chiqui– ¿no ves que es una señora perra?

—Señora o lo que sea la sacan ya. Eso sí… con delicadeza, sin maltratarla, con la barriga bien atiborrada de comida.

   
Ella, toda avergonzada, como si entendiera cada gesto, cada palabra, se enrollaba más y más entre su cuerpo, tratando de ocultar el hocico, la cara toda, entre sus patas.
Decidimos pasearla por nuestro barrio a ver si encontraba a su familia. Preguntamos casa por casa, la paseamos por varios parques, fuimos a las urbanizaciones vecinas… Nadie la reconoció como suya.
La chiqui, viéndola de nuevo echada bajo las ruedas del auto, preguntó como si pensara en voz alta: ¡Estará encantada, como en los cuentos de hadas! ¿Será una princesa que espera de nosotros una buena acción para recompensarnos?

—Sí —le contesté—, a lo mejor nos paga los meses de alquiler atrasados y las cuentas de luz, agua y teléfono.

—¿Y quién se atreverá a darle el beso en la boca, que la despertará a nuestra realidad? —incitó Nina, engrosando la voz.

—A nuestra fantasía, querrás decir— replicó Cristal.

   

—Tendrán que ser Lucho o papá, los únicos varones de casa, insistió Nina.

—¡Ay, si te oye papá! Ni en sueño beso la boca de esta señora —dijo Lucho—, por muy linda y amorosa que se vea. ¿Y si no es princesa hechizada sino una simple cuadrúpeda doméstica del tipo de los mamíferos, del orden de los carnívoros, familia de los cánidos desde el cuaternario? ¡No, qué va!

Llegó la Nochebuena, llegó el último día del año… allí permanecía en inequívoco respeto de no querer molestar, de no exigir más que un poco de agua y una mínima ración de comida que tomaba cuando no la mirábamos, dejando siempre un poco para más tarde.
   

Cuando papá volvió a protestar, le dijimos que al terminar la Navidad se iría. Luego, que para Año Nuevo...

—Después de Reyes, papá… con seguridad… después de Reyes.

Efectivamente, la víspera de la estrella de David conduciendo a Melchor, Gaspar y Baltasar, todos nos fuimos a despedirnos de esa forma especial de la ternura. Le dijimos con aprehensión (estábamos moqueando), que mamá, es decir yo, la llevaría a la Perrera municipal.

   

Le explicamos que no podíamos tenerla en casa, que el dinero no alcanzaba, que el bofe y la pajarilla que antes se les daba a los perritos ahora lo comen las personas… Como las milanesas, que ahora las hacemos de lentejas.

Ella nos miró con el mismo mar del primer día. La verdad es que provocaba besarla hasta el más escondido latido de su corazón.

   

Muy temprano en la mañana, del día crucial, volvió a sonar el timbre de manera misteriosa. Esta vez fui personalmente a atender la puerta. Una señora de aspecto amoroso y humilde en la mirada, con un bebé de días de nacido, esperaba en la puerta.

Pensando en que era lo último que me faltaba para que la casa terminara siendo beneficencia pública, no había observado que la perrita estaba a su lado y que por primera vez sonreía. Sí, como lo hacen los bebés entre pucheros y canciones de cuna, desde la voz más dulce del universo, la de una madre.
   

—Muchas gracias Doña —me dijo suavecito—­, por haberle dado posada a Darlinda —mirándola con la ternura de un montón de capullos en flor.

Ahí fue cuando entendí que esa cosita tan sabia y tierna se llamaba Darlinda.

Ante el mutismo que me paralizaba, continuó:

–Le dije a Darlinda que se quedara aquí hasta que pudiera venir por ella.

   

No pensé demorarme tanto en el hospital. Tuve una cesárea que se complicó. Pero sabía que ustedes me la cuidarían.

Yo le dije: Mi linda, por donde paso todos los días para ir a lavar y planchar hay una señora que se ve buena gente, los niños me saludan y me sonríen, y el señor es amable también. Me vas a esperar ahí hasta que regrese por ti.

   
No vayas a dar guerra, no ladres, no exijas comida, no ensucies el jardín; quédate echada debajo de las ruedas de ese carro que nunca mueven. Sé buenecita para que no te echen y te den siquiera un poco de agua y algunas sobras que te alimenten.
   

Cómete todo lo que te den, pero poco a poco, guarda siempre para más tarde. Y no te olvides de dar las gracias como tú lo sabes hacer, con tu cara de luz y tus ojos de aguamiel.

Darlinda lloró mucho, pero le hice sentir que en mi barriga había un bebé ansioso por despertar, y echar a correr. Ella lo entendió porque también va a ser mamá.

   

Antes de que pudiéramos salir de nuestro asombro, y mientras me preguntaba si lo habíamos vivido o inventado, la señora desapareció como un halo de sueño rosiplata, con un: ¡Dios se  lo pague!, y se lo retribuya en dones para calmar sus necesidades.

Darlinda, por primera vez, corrió dentro de la casa buscando a los niños. Después de hacerles jau jau y moverles la colita a cien revoluciones por minuto, y lamerles la cara, incluso a papá que estaba dormitando todavía.  Desapareció…  feliz y alada junto a su ama.

   
   

 

 



 

 

 

 

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