Amabelia Galo

Si bien nació en La Plata (Argentina, 1921), es venezolana (casi merideña) por elección propia, tiene 50 años disfrutando ese derecho. Vino a Venezuela siguiendo El soberbio Orinoco, de Julio Verne. Es autora de dos celebrados libros, uno de relatos y otro de crónica literaria, de vida y viajes por toda Venezuela y por el mundo, editado en Mérida.

OBRA LITERARIA:
Retratos en sepia (Primera edición, 1990 Editorial Torino Caracas); La tierra que nadie prometió (La Escarcha Azul, Mérida, 1998). Esta última fue escrita íntegramente en Mérida. Los dos libros fueron reeditados en 2da edición bifronte por la Asociación de Escritores de Mérida, con auspicios de la Dirección General Sectorial de Literatura, del CONAC (mayo, 2006).

 

La Perica

 

La madre entró al dormitorio. Para su sorpresa, la niña estaba despierta. Recostada contra las almohadas, sonreía con todo el luminoso encanto de sus cinco años. Hablaba, sus palabras eran dulces y menudas y estaban dirigidas al dedo índice de su mano izquierda... La madre suspiró. Ya estaba siendo demasiado frecuente que la niña hablara sola, se inventara abuelos  discutiera con amigos imaginarios. ¿Qué será lo de ahora?  —se preguntó— y tratando de parecer natural se acercó a la niña.

       ''Ahora" era una perica, estaba allí, posada sobre el dedo índice. Se llamaría Brenda y no sólo tenía los ojos azules, también lucía pecas sobre el pico... En el baño, mientras se aseaba, la niña colocó cuidadosamente a la perica imaginaria sobre la barra del toallero.

          Durante, el desayuno, que fue compartido, la perica recibió suaves regaños como los que la madre le daba a la niña para que comiera bien. Probó migas de co­razón de arepa, trocitos de huevo; no quiso jugo porque: —¿sabes, mamá?...  los pericos no toman agua.

       Siguiendo con la rutina de todos los días, sacó el velocípedo al jardín y desde la ventana, la madre veía a la niña pedalear por los senderos, la perica aferrada al manubrio y la niña cuidando que no se cayera en las curvas...

       Llamó por teléfono al médico: ¿Tenía fiebre? No. ¿Estaba inapetente? No. El médico la tranquilizó: no había nada que temer, los niños que se crían solos, de­sarraigados de los abuelos, de los tíos, de los primos, suelen inventarse compañías...

—Usted debe tener otro hijo, esa fue la receta...

       Durante toda la mañana estuvo observándola y cavilando. No había posibilidades para otro hijo. No era un problema económico, era un problema de estabilidad, de permanencia. Se sintió culpable. Recordó a Pelufo, el perro que se crió con ella. Recordó a Mimoso, el gato que dormía sobre el escritorio mientras ella estudiaba. Su hija no tenía nada de eso. El almuerzo y la siesta también fueron compartidos entre la niña y la perica.

       En la tarde, como siempre llegaron los vecinitos, y la perica fue presentada... Maravillada, sorprendida, comprobó que había sido aceptada sin titubeos ni preguntas, y que la perica estaba integrada a los juegos como uno más. Después de la merienda se retiraron los pequeños y al empezar a caer la tarde la madre salió a llamar a su hija.

        La niña estaba sentada en uno de los escalones de la terraza. Había estado llorando,  ¿por qué?

        —¡Mamá, Brenda se murió! La enterramos debajo del jacarandá. Allí estaba un pequeño túmulo cubierto con las flores color lila que el hermoso árbol desgranaba sobre el césped...

       Esa noche, insomne, la madre se hizo un firme propósito: al otro día, bien temprano en la mañana, saldría a comprar la perica más bonita que existiera en la ciudad. Así lo hizo, y cuando la niña despertó, allí estaba su madre con la pequeña jaula y una linda periquita.

        —Mi amor, mira, la perica está otra vez viva, la encontré en el jardín. La pequeña miró a la perica y luego a su madre...

        —Esta no es mi perica, no es Brenda, ésta no tiene los ojos azules ni pecas sobre el pico.

        La madre empezó a llorar suavemente su frustración e impotencia, hasta que la niña se condolió y le dijo arreboladas las mejillas por una nueva ilusión:

       —¿Quieres conocer a Carlitos? Metió la mano bajo la almohada y sacó una cajita de fósforos, la fue abriendo cuidadosamente para evitar que lo que "no" estaba adentro se fuera a escapar. Este es Carlitos, mi grillo... ¿verdad que es muy bonito? ¿Sabes, mamá? A mí ya no me gustan las pericas de ojos azules y pecas en el pico... Un día de estos voy a tener un elefante co­lor amarillo. La madre suspiró. Fue un suspiro trémulo en el que se mezclaron equitativamente el alivio y la resignación, porque sólo las madres tienen la capacidad de, junto con sus hijos, intentar navegar con éxito entre las dulces aguas de la fantasía y las amargas rocas de la realidad.