Arturo Mora Morales

Nació en Tovar (Mérida, Venezuela, 1955). Licenciado en Comunicación Social, narrador, poeta, ensayista, articulista, fotógrafo, y promotor cultural de amplia trayectoria. Desde 1972 ha colaborado en distintas publicaciones periodísticas como Ecos del Sur del Lago, La Nación, El Vigilante, Esfuerzo, Frontera, Tribuna Popular, El Nacional y el suplemento cultural del Diario Últimas Noticias.

Fundador codirector de la Revista Alborada, de El Vigía. De 1992 hasta 2004 fue miembro del Consejo Editor de la Revista Solar, Jefe de Redacción del tabloide"Quórum con el arte y la cultura"; Director de las Revistas"Casa de la Fragua" y "Al pie de la letra". Asumió la Presidencia de la Asociación de Escritores de Mérida,desde el año 2002 hasta 2007.

 

 

Aquel Aroma de rosas

(De Los espejos divergentes, 1997)

 

Desde hace dos años vas a la escuela y llevas pantalones cortos, sostenidos con tirantes. Todavía recuerdas el lejano día de la primera clase. Aquellas miradas de extraña curiosidad. El incomprensible aire de confianza que en los primeros minutos estableció la Señorita con alguna niña. La ruidosa concurrencia en el enorme patio central, donde los más crecidos estrenan sus brutales y apasionados juegos. El timbre: punto final de las risas al reinicio de la jornada y de la sobriedad. Desde hace dos años vas a la escuela y todavía a tu corazón lo atropella su mirada; cuando la posa sobre ti, sin verte. Cuando sus labios se abren para liberar la risa o la palabra. Es esbelta. Lleva, como siempre, un vestido de dos piezas, entallado. Falda a media pierna y blusa que desnuda sus brazos desde las colinas del hombro.

 Su hablar fluido tiene un matiz, una inflexión especial. Suele llevar libros de cuentos sobre bosques encantados, aves fabulosas transformadas en riscos, conejos astutos y 'tigres engañados. Al salero de estas lecturas, esas vidas se asoman a otros mundos. Algunas veces su firmeza es un escudo. La ternura le aflora como un aura y sus aprobaciones son emblemas que a todos estimula.

La temporada de clases es una época de variados acontecimientos: creces muy rápido, aprendes cosas que a veces no entiendes, y todo sería perfecto sino fuera por esos sábados y domingos que continuamente atravesados, cortan tu avidez. Días duros y vacíos. De estancias cortas en el cine o en la iglesia. Pero no tan atroces, inopinados e insufribles como los días del verano. Con el viento elevando sueños mientras el cielo se viste de papagayos. La visión de los recuerdos es desvaída. Y agosto y septiembre bastan para que la nostalgia se haga atronadora. El diciembre, entre nacimientos, estrenos y vísperas de Reyes, es menos duro y el recuerdo por tanto hiere menos. Llegarán otra vez los claros días de la escuela. Con su especial luz filtrándose por los biombos y los chicos saltando estridentes en los recreos.

Ni por asomo la has visto. Ya tus aventuras de hombre de 8 años te han llevado lejos. Cruzaste aquella vez la frontera del permiso paterno para pasar frente a su casa, alta y misteriosa como ella. Reparas en su hermano, de blancas ropas y balón de basket bajo el brazo. A su hermana, escuchando a la amiga en el quicio de la puerta. Mientras ella, afantasmada y perdida, parece robada de tu universo.

¡Cuán cambiante es el aire de estos días! En verano es uniforme su soltura. Pero en esta primera semana de enero es ingrávido. Las horas, las tardes, próximas al regreso, son muy largas. De pronto, el tiempo parece recortarse. Es 6 de Reyes. Habrás visto la mancha del ocaso tras los cerros y dormirás temprano para que tus sueños mimeticen las largas horas de la noche.

Y allí estás de camisa blanca y corto pantalón de kaki, como siempre. Otros chicos tan ansiosos como tú han llegado. Mas eso no te importa. Sólo aquel aroma de rosas que ella dejará al pasar. El sol del alba está sobre el tejado y la fila se forma entonces. Puedes imaginarla allí en la grada del patio, detenida ante todos, saludando. Repitiendo sus nombres, preguntando algún detalle sobre esos viajes de Diciembre.

Quieres impresionarla: dentro de tu bulto, traes una historia fantástica, onírica, de un viaje. La escribiste para ella. Se la entregarás tan pronto te pida contar tus recuerdos de navidad. Sabrá así que la navidad tiene por tu palabra otro aroma.                     

No vino tan temprano. A tus compañeros y a ti les han pedido entrar y callar dentro del aula. Sólo escuchas, allá en otros salones, voces de otras maestras saludando a sus alumnos. Al tuyo lo aturde el silencio, por sus cuatro paredes. Media mañana de espera, con la cabeza recostada sobre tu pupitre. Y el pasmo de tu sangre, aterida de frío. Después, todos han sido llamados al patio. No hay risas, sólo silencio entre las filas. Alguien dijo: "La Nena vino para despedirse", y lo has comprendido. Será la última vez. No la verás en otro tiempo. No volverá. No dicen porqué. No lo preguntarás. Alguna chica deja salir una lágrima. Tú no. Tú no sabes llorar. Sólo ahondas la esperanza de entregarle tu historia. Pero no la pedirá.

Allí entre tu bulto, dentro de algún cuaderno se quedará para siempre, guardada como quedarán las lágrimas en tu corazón. Tus lágrimas de hombre a los 8 años.

 

 

El colibrí sobre
el Flamboyán

(De Los espejos divergentes, 1997)

 

El pequeño vio el colibrí sobre las cayenas, ingrávido, mientras libaba el néctar; primero de una flor; después, de otra... Lo vio advertir su presencia y elevarse ovillado y raudo hasta las ramas centrales del apamate.

La grisapa de los alcaravanes ya le había delatado. Restó importancia al enjambre de alas que levantó vuelo hacia el bosque de pomagasas y siguió camino arriba, hacia la galería verde que al final del cercado, presidía el árbol escarlata, florecido y solo.

Poco antes, a prudente distancia de la pérgola, probó su puntería contra las columnas. Fabuló un punto en el fuste; colocó un guijarro en el jirón de cuero, sujetó la horqueta con firmeza, tensó las tiras elásticas y soltó el pedrusco. La pedrada dio rigurosa en el blanco.

En el pequeño carriel separaba, dentro de estrechas bolsas de tela, los proyectiles: mendrugos de pan ácimo para matar la recurrencia del hambre, los guijarros pacientemente seleccionados en el río y los cantos rodados, tan chicos y esféricos, como sus canicas de vidrio.

Arriba, en los ramajes arracimados de grandes flores rojas, volvió a verle, inmóvil, como un dardo incrustado en las corolas. Tomó su mejor ángulo. Contra el cielo, la amplia copa, el azafrán de las flores del flamboyán y el minúsculo estilete verdiazul. Cargó la china. Tensó las tiras. En el pedazo de cuero, muy sujeto por el pulgar el índice derecho, sintió el aristado pedernal; aguzó el ojo por sobre los cuernos de la madera y soltó el proyectil. El guijarro describió ascendente una línea. Se volatilizó en el aire y dio en el blanco. Como una hoja de hierba, como un junquillo impulsado al descenso por la brisa, cayó el colibrí, de costado sobre el pajal.

Lo vio venirse. Tan minúsculo era que pudo confundirlo con el abatido verde cáliz de una flor. Se acercó hasta él, lo tomó curioso y sintió el lento apagón de su corazón veloz. La cabeza de largo pico, estaba desmadejada hacia el costado izquierdo. En sus ojillos el castaño se volvió gris. Sintió la tersura de su menudo pecho y el cálido hilo rojo que bajo el ala derecha, baldonaba su plumaje. Escrutó el desgarramiento de sus extremidades y sólo entonces percibió su muerte.

Cuando decidió la suerte del pajarillo, éste, inmovilizado en la alta copa ofrecía un blanco diminuto pero fácil. ¿Vio con aquellos ojos grises el mineral vuelo del pedernal? ¿Alcanzó a libar las tres últimas flores? No pudo imaginarlo entonces. Sólo supo que algo indefinido se removió dentro de sí, pues sintió la extraña calma de los vientos y un ardor intenso que prontamente vino del suelo, recorriéndole el cuerpo. Una helada terral que cómo un zarpazo artero se frenó en su garganta y empañó desde la ventana de sus ojos, las formas coloridas del flamboyán, de las lejanas pomagasas y seguidamente hirvió en la piel de sus mejillas.

Vio al fondo la ciudad. Su paisaje verde, teñido de escarlata en los jardines; los almendrones extendidos por las veredas; la blanca manada de nubes pastando en la sabana azul de los cerros. Prefiguró la soledad, el hambre y el frío consternando la orfandad de algún nido, y lo petrificó la convicción de haber alcanzado irracionalmente, con ese artero y sólo golpe, a otras vidas más pequeñas.

Arriba, contra el cielo, inalterable, la copa encendida. Tirados sobre el césped quedaron la china y los guijarros.