Carmen Amaralis Vega

Carmen Amaralis Vega. Nació en Mayagüez, Puerto Rico, 1948. Doctora en Química-Física (Universidad de Florida). Obtuvo una Maestría en Química Nuclear en la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez (RUM).En la actualidad se desempeña como Catedrática de Química en el RUM. Actualmente dirige varias tesis de maestría en Termodinámica y en estudios electroquímicos de drogas anticáncer.

Tiene en su haber numerosas investigaciones científicas publicadas. Su sensibilidad creadora, tanto en las ciencias como en las artes, la fue llevando a la poesía y a la narrativa breve. Es miembro de la Asociación de Escritores de Mérida, Venezuela. Pertenece al Equipo Editor de la revista digital palabrasdiversas.

CONTACTO: www.carmenamaralis-vega.com

OBRA PUBLICADA:
En Literatura infantil: Comarca de sol y luna (La Escarcha Azul, Mérida, 1996). En poesía: Espectros en Caricaturas de mi alma (FUNDALEA, Mérida, 1995), Espejo místico (FUNDALEA, Mérida, 1996) y Ojos tatuados (FUNDALEA, Mérida, 1998), Añoranza en desconcierto y espectros de ojos místicos (FUNDALEA, Mérida, 2004). En narrativa breve: Vida y Magia: Entornos y Sortilegios (FUNDALEA, Mérida, 2004). Ha sido editada en la IV y V Antología Internacional Sensibilidades (Madrid, 2003, 2004, 2005). Horizontes de vuelos infinitos (Mérida, 2010).

 

Comarca de Sol y Luna


En los tiempos de grandes extensiones de tierras verdes con caminos, lagunas y cataratas deslizando desde las montañas; tiempos de enormes castillos de piedra, reyes y reinas, príncipes y princesas, alquimistas y maleficios, historias contadas por los abuelos y abuelas cuando se sentaban alrededor del fogón;
en esos tiempos, sucedió una historia que pareciera ser —ahora en estos días modernos— una ficción:
 

El joven rey de la Comarca del Sol Naciente, debía tomar esposa y, como no le atraía ninguna de las hermosas de su región, decidió recorrer otras geografías en busca de la madre de sus herederos, pero también de una compañera a quien amar.

No pasó mucho tiempo cuando su corazón le indicó con campanadas que se detuviera a contemplar a una joven casi insignificante, con un rostro común y un cabello nada especial, pero al acercársele un poco más, el joven rey vio que sus ojos eran,
por momento, dos soles que mostraban un camino de geranios y un campo verde y amarillo. Por instantes, eran dos lunas llenas que resplandecían como espejos de agua o lagunas que embrujaban con cantos.
 
Muchos viajes tuvo que hacer el rey para convencer a la joven de que en verdad la quería para esposa y no para esos divertimentos donde se danzan los ombligos, historias de muchas esclavas y esposas para un solo marido.

Y ella era libre de andar por los campos saltando y bailando con su flauta dulce, guiando cabritos, que ordeñaba mientras soñaba con los caballeros de las Tablas redondas, que describían en los libros, con espadas y anillos, con caballos y cintos.

Y no era que el rey le fuera indiferente. Había visto dos soles y dos lunas llenas en su mirada, pero... tenía temor del gran cambio que su vida sencilla iba a tener. Estaba acostumbrada al murmullo de los ríos, a los cantos de tanta variedad de pájaros. Le gustaba tanto corretear a los conejos y lagartijas y subirse a los árboles repletos de frutos.

Allá en el principado, en cambio, tendría que estarse derechita, con la cabeza siempre bien puesta sobre los hombros, al menos así lo había visto dibujado en las estampas que repartían los reyes en cada navidad. Y a ella le gustaba ladear la cabeza para ver la vida un poco de lado. Además en esos reinos se imparten muchas órdenes y leyes, y hay que vestir trajes pesados y largos, se decía. Pero... esos ojos de luna y de sol... Valía la pena cualquier sacrificio, terminó pensando la joven, casi niña.

También el rey tenía sus dudas y sus miedos, especialmente cuando veía a su amada, despeinada y con arrugas en el vestido. Pero esos ojos... se decía y decía....
 
Un buen día se celebró la boda entre el romántico rey y la “gacela” niña, a quien no le importaban los vestidos de seda ni los corpiños que realzarían su figura. A la boda asistieron los habitantes de los reinos vecinos y de los imperios más lejanos.

Y como toda historia bonita se termina rapidito, los abuelos contaron que el rey y la reina vivieron experiencias muy tristes, pero también felices.
Desde el mismo instante en que el rey anunciara su boda, una de las señoritas casaderas, de la corte vecina, sintió perdidas sus esperanzas de unirse al rey y lograr el poder y el dinero que desde joven aspiraba. El rey no era de su total agrado, pero los trajes del reino, y especialmente el cetro levantado para amedentrar a los súbditos, era su obsesión más cara.