A María Isabel Aguerrevere

Pablo, el hijo de la comadre Juana, cuenta que un día cuando tenía seis años le ocurrió lo más hermoso que pueda sucederle a un ser humano: entablar amistad con un pichón de tucusito.

Cierta mañana, sintiendo necesidad del señor Sol, se fue al traspatio. Al levantar la cabeza vio con gran alegría que la mata de ciruelas de huesito estaba moradita y cargada hasta el copete. La boca se le hizo agua. Se imaginó ya con una enorme ciruela dulce y jugosa entre los dientes.

 
Menos mal —se dijo a sí mismo— que mi papá me enseñó a subir al ciruelo. Él sabía que en cualquier momento me treparía y sin pedirle permiso, como lo hizo él cuando era pequeño.
   
A Pablo le costó bastante esfuerzo subirse. Tuvo que poner unos cajones. Por fin alcanzó la rama más gruesa, de la que se sostuvo tal y como su padre le indicara. Ya arriba, después de llenarse la boca, colmó sus bolsillos con la deliciosa fruta y luego empezó a lanzar ciruelas a la grama pensando para sus adentros:
Mamá me hará jugo, mermelada y tortas rellenas, cubiertas de ciruelas en almíbar.

De repente, cuando fue a estirar el brazo para estremecer una fronda, escuchó que alguien muy quedo le dijo:

—¡No, por favor, no muevas esa rama!

Pablito se frotó los oídos, preocupado de que las frutas se quejaran. No veía sino un manojo de gordas ciruelas de huesito. Se las quedó mirando hasta que detrás emergió una cabecita pelada de pichoncito, que se movía como diciendo: No.

Inmediatamente aparecieron en su memoria los barcos que izaban banderas en señal de tregua, para que los piratas dejaran de disparar.

Subiendo una rama más, Pablo pudo ver de cerca al pichón de tucusito metido en un nicho de paja seca, adornado con un brocal de ciruelas que por dentro estaban agujereadas: se les veía la pulpa amarillita.

—Dime, Pichoncito, ¿hay más nidos como ese allá arriba? —preguntó el niño.

 

—No, —respondió el pichón. Solo éste, y solamente por unas dos semanas; pronto seré mayor de edad y podré volar.

—¡Qué bien! —le dice Pablo. ¿Te imaginas que venga mi papá como todos los años y comience a estremecer la mata para tumbar ciruelas?

—¡Menos mal! —contestó el pichón bastante preocupado.

—Tengo que bajarme —le dijo el niño, mi mamá no tardará en llegar del trabajo. ¡Hasta mañana, pichoncito!

—¡Hasta mañana, Pablito!

Al día siguiente, a Pablito le dolía todo el cuerpo como si le fuera a dar gripe. Estaba algo decaído. No tenía deseos de jugar, menos de subirse al ciruelo. De todos modos se acercó a saludar  a su nuevo amigo.

 

—Piripiripiripiriiiii Piripiripiripiriiiii, llamó.

Enseguida el brocal de ciruelas se movió y asomó una rapada cabeza de pichoncito.

—¡Buenos días, Pablito!

—¡Buenos días, amigo! ¿Cómo amaneciste?
—¡Bien, muy bien!, pero algo aburrido; creía que ya no vendrías. ¡Sube!

—Quisiera, pero no me siento bien, me duele todo el cuerpo, tengo miedo de que me fallen las rodillas. Baja tú, pichoncito.

—Es que todavía no me atrevo a volar, me da miedo caerme de narices, digo, de pico.

 

—Hagamos un trato, lánzate derechito mientras yo hago un espacio con mis manos para sostenerte. No tengas miedo, yo he sido cátcher en el béisbol.

— ¿Y eso qué es? —pregunta el pichón.

—El que atrapa las bolas cuando el pitcher no las lanza bien, o cuando el bateador las pela..

—Ah... No lo termino de entender, pero no importa. ¿Sabes?, hay un problema: ¿Cómo voy a subir después si tú no me traes? Tengo que estar aquí cuando llegue mi mamá.

   

—¿Y en qué trabaja Doña Tucusa? —quiso saber Pablo.

—No sé muy bien. Todas las mañanas, apenas despunta el sol, me lava la cara con el rocío de las hojas y me da jugo de ciruelas. Luego, se pasa las alas por la cabeza y por el cuerpo para peinarse; se estira, me da un beso y se va volando. Cuando el sol está fuerte y encima de mi cabeza, regresa trayéndome entre sus patas trocitos de frutas y migas de pan, también algunas hierbas frescas y algunos gusanos de tierra. Por las tardes se queda conmigo y me hace cosquillas en la barriga, y me canta apacibles melodías. Algunas veces me cuenta aventuras de cuando aparecieron las primeras aves, o de las grandes migraciones de los inviernos.

   
—Mi mamá también sale “volando” todas las mañanas —cuenta Pablo al pichón—. Y ahora que recuerdo, antes de salir me dice: “Pórtate bien, mi pichoncito lindo”. Y me da un beso. ¿Qué te parece? Nunca antes me había detenido a pensar en esas palabras.

Y así, durante dos semanas los dos amigos estuvieron conversando. Hasta que un buen día, muy temprano, antes del alba, dos pajaritos, una mamá y su hijo, como dos bolitas rojas, dorada y marrón, salieron volando a recorrer las copas de todos los árboles.

Mi mamá no tiene alas como la tuya, pero se va “volando” en su carro todas las mañanas, y cuando regresa me da un beso preguntándome: “¿Cómo se portó mi periquito precioso?”

 

 

 

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