EPAMINONDAS
ENTRE MEMORIA Y OLVIDOS

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En los tiempos previos al nacimiento de Epaminondas, en Maturín sucedieron tantas cosas fuera de lo común, que dio la impresión de que Plutón estaba confabulado con Neptuno y Saturno. Sin embargo, por esos días, Venus estaba esplendente, el Sol andaba majestuoso, y la Luna se mantuvo llena y brillante por cuarenta noches seguidas. Nadie permanecía indiferente ante aquella Luna preñada, rodeada de una aureola platinada.

Uno de esos cuarenta días que faltaban para el parto, a Ermelinda le dio un fuerte dolor de estómago. Su vecina le dijo que fuera donde los yogas, quienes enseñaban una forma de respirar que curaba cualquier mal. Desde la puerta entreabierta pudo ver varios letreros seguidos de flechas que indicaban el camino al oratorio: Incorpórese en silencio, Incorpórese en silencio. Ermelinda vio a varias personas de blanco, sentadas en el piso de manera muy particular, repitiendo al unísono una suerte de sonsonete. De inmediato se le quitó el dolor. Salió corriendo hacia la casa de su vecina gritando: ¡Un milagro, un milagro! ¡No hizo falta hablarles para que me curaran!

Otro de esos días, cuando fue a la bodega de Don Agapito, faltándole dos cuadras le salió un perro con claras intenciones de destrozarle como mínimo los tobillos. Se acordó de la inmovilidad de los yogas. Como no había entendido bien lo que repetían tan concentradamente se inventó un sonsonete para la ocasión: ¡Soy un tronco de caoba! ¡Soy un tronco de caoba! De inmediato, el podenco ladeó la cabeza como diciendo: Ésta, como que está loca, quiere convencerse de que es caoba y además tronco. La escuchó un rato y luego decidió que con locos no se metía. Pero, antes de irse para otra calle, levantó su pata izquierda sobre "el tronco de caoba" y dejó salir todo el contenido de su vejiga, caliente y perfumado. Ya era tarde cuando la comadre Jacinta la encontró todavía con su sonsonete. Tuvo que zarandearla un rato para que dejara de ser árbol -oloroso a úrea- y volviera a ser Ermelinda la de la calle Azcúe, número treinta y ocho.

Por esos días, Ermelinda se volvió silenciosa y olvidadiza, pero no tanto como su marido que un domingo, como a eso de las diez de la mañana le dijo: Mi amor voy a comprar la prensa. Y no regresó. Se le olvidó que la había dejado a punto de romper fuentes. Ella lo estuvo esperando tres domingos seguidos, hasta que se dio cuenta de que los zapatos y la ropa de su marido iban disminuyendo de dos en dos, de la misma forma en que volvieron a aparecer cuando ella sintió la premonición de que su marido había recobrado la memoria, y en cualquier rato aparecería diciéndole: Mi amor ya llegué. Como efectivamente sucedió cuando Epaminondas iba a cumplir cinco años.

El día del nacimiento hubo un extraño eclipse de sol que duró seis horas, justo las mismas del trabajo de parto. Con cada dilatación se escuchaba un grito que parecía decir: ¡Allá voy! Para rematar cayó una lluvia torrencial que tumbó los postes del alumbrado. Por otro lado a la partera se le perturbó el estómago y tuvo que ausentarse de emergencia, según ella por la necesidad de "expectorar", de sus intestinos. Por suerte, el médico del pueblo se encontraba disponible y a disposición, porque Epaminondas estaba saliendo, mejor dicho entrando al mundo, con sus propios pies, y para más corona, dos vueltas de cordón umbilical le amorataban la circulación. Pese a todo este trajín, cuando el neonato fue acomodado al lado de su madre tenía los ojos bien abiertos y esbozaba una sonrisa pícara cada vez que levantaba la boca buscando los pucheros de comida.

Epaminondas creció noble y suave, pero olvidadizo y distraído como ninguno. Sólo se concentraba cuando hacía variadas y extrañas figuras de plastilina, albardilla o barro. En la escuela de al lado, a la que acudía por insistencia de su madre, sus pies y sus manos nunca se estaban quietos, como si amasaran arcilla fresca al ritmo de un torno imaginario que igual que su mirada se perdía del presente de su memoria.

Cuando tenía nueve años, su mamá, que no estaba bien de salud, se vio precisada a mandarlo a hacer las compras del día. Ante los primeros encargos, Ermelinda perdía la paciencia con exasperación, pero poco a poco aprendió a recuperarla casi enseguida que la volvía a perder. Convencida de la desmemoria de su bienamado hijo, fue desarrollando distintos métodos para cada ocasión.

Uno de esos días le encomendó comprar un paquete grande de café tostado: Que se vea bien negro, recalcó la madre entregándole la bolsa de tela donde debía traer la mercancía: Una vez que pagues échalo en la bolsa y después de hacerle un fuerte nudo te la tercias al hombro, le recomendó, temerosa de que la bolsa de papel donde venía el café se rompiera por la humedad.

Epaminondas se fue saltandito como niño feliz que era. Iba cantando para fortalecer su memoria: Bien negro, café bien negro, negro negrito, tostaditico, negrito negro... ensortijadito. Esto último le salió al ver a un cachorro lanudo, perdido en la solitaria vía, que lo miraba juguetón. Sin pensarlo mucho, Epaminondas lo echó en la bolsa, hizo el nudo bien apretado en el saco de tela y se lo terció al hombro cantando: negro negrito, negrito negro, ensortijadito.

Al llegar, feliz como siempre, le entregó a Ermelinda el mandado. Ésta, armándose de paciencia, le explicó que su necesidad era de café no de perro. Y además los animales no se meten en las bolsas del mercado, SE LES ATA UN CORDÓN AL CUELLO Y SE ARRASTRAN, le recalcó en alta voz.

A los pocos días lo mandó a comprar una panela grande de mantequilla, y para evitar el olvido se lo anotó en un papel. Efectivamente, Epaminondas compró una barra grande de mantequilla. Pero... cuando la fue a echar al saco del mercado… se acordó del cordón que debía atar para arrastrar el encargo hasta la casa. Dicho y hecho en un santiamén todo quedó bien hecho. A pleno mediodía entregó lo que había quedado del derretido pedido. ¡Oh Diosito de las cruces encarpetadas!, exclamó la madre al ver el escaso hilo de grasa en el paquete casi vacío de mantequilla.

La madre dejó pasar varios días después de explicarle que la mantequilla en días cálidos se debe resguardar del sol. Por necesidad, Ermelinda se vio obligada a enviarlo de nuevo a la bodega de Don Agapito. Esta vez le explicó con más detalles de manera que no hubiera confusión. La orden fue escrita en cartulina blanca con letras rojas, luego de darle la cava pequeña fría y la bolsa del mercado: Comprar pescado fresco: colocar en cava, y azúcar morena: colocar en bolsa.

Cuando Epaminondas llegó al mercado buscó y buscó entre sus bolsillos y no encontró la cartulina. Se regresó corriendo. La madre volvió a anotar la orden guardándosela en el bolsillo de la camisa. Epaminondas partió de nuevo al mercado y, por si acaso, fue memorizando lo que su mamá le había escrito: Comprar pescado fresco y azúcar morena; azúcar morena, pescado fresco; fresco el pescado, morena el azúcar. Cuando al fin llegó, no necesitó leer la orden porque la recordaba con nitidez: Pescado fresco, azúcar morena. Se sentía orgulloso... no tanto por él sino por su mamá que era tan buena y paciente. Pero... al guardar la mercancía.... el azúcar morena fue a parar a la gavera fría y el pescado a la bolsa del mercado. Camina que te camina con calor de fogón, al fin llegó a su casa como siempre, feliz. Estaba seguro de que su madre se iba a sentir orgullosa de él. Al recibir el encargo, Ermelinda se mordió el cuello de la blusa, y, con una paciencia nueva, porque la otra se le había acabado, le explicó los inconvenientes del frío para el azúcar y del calor para el pescado.

Imposibilitada para ayudar a su hijo decidió enviarlo a la escuela del pueblo. Lo perfumó, le lustró los zapatos y lo mandó con su bulto de libros, cuadernos y lápices. Todo nuevo, recién comprado; hasta el uniforme con el sello de la escuela más importante del pueblo. Al regresar de ese primer día, Epaminondas, arrastrando el atado de cuadernos y libros desde la escuela hasta la casa, quiso demostrarle que estaba aprendiendo. Se acordó clarito cuando su mamá le enseñó cómo se debía amarrar el mecate: Ni muy apretado ni muy flojo. Por supuesto que cuando Ermelinda vio lo que tenía que ver, gritó con todas sus fuerzas dirigiéndose, al parecer, al frondoso bucare que refrescaba la entrada de la casa. Epaminondas miró también la inmensidad del árbol con su más dulce expresión, aunque no entendía el juego que su madre jugaba.

Después de varios días respirando cuatro veces rápido y seis veces lento, Ermelinda volvió a retomar las riendas de la paciencia y le mostró cada detalle de los destrozos del atado de cuadernos y libros. Epaminondas, comprendió con tristeza que algo poco bueno estaba sucediéndole. Pero, Ermelinda captó de inmediato el peligro de que su hijo se hundiera en la desesperanza. Antes de que esto sucediera le dijo que eran cosas de la edad, y le habló de la necesidad de aprender a concentrarse. Le prometió hablar con la maestra para buscar entre las dos una solución más efectiva. La maestra hacía grandes esfuerzos, pero no había mejoría en Epaminondas a pesar de que desde su corazón, de pan recién horneado, estaba dispuesto a desarrollar ese pedacito de cabeza que se le había quedado atrás, como le oyó decir a la maestra en conversación con su mamá.

Ellas hacían cualquier cosa para ayudarlo en esos vericuetos de recuerdos y olvidos, de un presente que bien pronto se le hacía pasado. El único tiempo que podía vivir con holgura era el instante fugaz. El pasado se le hacía rasgos de neblina, y el futuro ni siquiera llegaba a vislumbrarse. Epaminondas se daba cuenta de que las palabras se le borraba, por eso anotaba todo en hojas que guardaba en sus gavetas; no obstante, ninguna nostalgia lo llevaba a revisarlas. Lo que nunca se le olvidó fue su alegría de jardín florecido, que repartía a rostro lleno por donde pasaba.

Una tarde de sábado, teniendo catorce años, se resbaló con unas rolineras de bicicleta. Estuvo inconsciente un buen rato, tiempo suficiente para que Ermelinda le hablara de sus frustraciones y expectativas con él. Su más caro anhelo era saberlo doctor, pero ahora no iba a esperar otra cosa que verlo sonreír, con eso le bastaba, era más que suficiente. Dos horas después, Epaminondas pidió comida. Rápido, porque tenía mucho qué hacer, no podía perder tiempo. Se echó un baño y fue a buscar a la maestra con quien tuvo un diálogo acerca de su recuperación escolar. En pocos meses terminó la primaria, la secundaria la hizo a grandes saltos, de manera que a punto de cumplir los diecisiete años Epaminondas obtuvo la beca Galileo. Su orientadora, luego de la prueba vocacional le recomendó estudiar Arquitectura en Alemania, en vista de su pasión por ese fraguar casitas de arcillas, argamasa, casquillo y hormigón, y porque tenía facilidades para los idiomas, especialmente el alemán que casi hablaba con garbo y soltura.

Epaminondas permaneció en el exterior durante cinco años, doctorándose en Arquitectura Urbana Postmodinámica. Una vez terminados sus estudios con honores, y una inigualable inventiva para diseñar viviendas aerodinámicas, se le exigió regresar a su lar nativo. No fue fácil que en ese otro país se desprendieran de él. A nivel diplomático se intentaron acuerdos, incluso que el brillante investigador fuese permutado por cinco alemanes de los mejores en urbanidad arquitectónica. Pero, el gobierno de Venezuela, que ya tenía noticias de este compatriota, no se dejó convencer y demandó el cumplimiento de la cláusula que indicaba que debía regresar a servirle a la patria. Así que cuando retornó, lo primero que hizo, luego de visitar a su madre, fue recorrer el barrio de su infancia y contarle a la maestra los pormenores de su estadía en el viejo continente.

Pero... unas semillas de tamarindo lo hicieron dar de cabeza al piso después de unas extrañas cabriolas por el aire. Su madre, que lo seguía con la mirada orgullosa, corrió hasta donde se había despatarrado su hijo. Al ayudarlo a levantarse notó que el tiempo se le había detenido como si no hubiese transcurrido más que uno o dos días de los de atrás. Su Epaminondas se volvió taciturno, de pocas palabras; algo se le había perdido en la memoria y no sabía qué. Su madre permanecía como una columna de granito, aunque por dentro remolinos de aguas iban y venían sin gobierno alguno.

Ermelinda lo mantuvo escondido para que nadie se diera cuenta de tamaña desgracia. Algo se le tenía que ocurrir. Se quedó enlazando aquel tiempo, el de las rolineras de bicicletas, con este otro de semillas de tamarindo. En medio estaba un golpe que abría o cerraba la cámara gris y blanca de Epaminondas. En esas disertaciones estaba cuando alguien tocó la puerta. Eran las autoridades del Instituto de Investigaciones Arquitectónicas, donde Epaminondas debía presentarse. Ermelinda los despachó amable, explicándoles que fue llamado por el Presidente de la República a una comisión de alta gerencia.

Algo tenía que ocurrírsele. Volvió a pensar en la distancia y el espesor que media entre unas rolineras y unas semillas. Entretanto, miraba la protuberancia que coronaba la parte posterior de la cabeza de Epaminondas. En su imaginación aparecía y desaparecía el mazo de quebrantar vegetales. Iba y venía de la cocina al cuarto, en espera de un milagro que tuviera la misma precisión que las rolineras.

Contemplando a Epaminondas, Ermelinda se dio cuenta de que se veía sereno, feliz. Había una dulce paz en su corazón taciturno, como esa tranquilidad que tienen los niños que no saben de necesidades ni preocupaciones. Y lo miraba andar por la casa, vuelto niño grande, escarbando arcilla roja en el patio, amasándola con greda y caliza calcárea para construir hermosas casas; semejaban pájaros extraterrestres con ventanas apestañadas y puertas sublinguales. A ratos, ráfagas de conocimientos almacenados le hacían contar historias de ciudades extrañas que parecían ser sueños que alguna vez soñara.

Veinte años después, Epaminondas, dulce como un pan de leche aromatizada con guayabilla, seguía ganándose la vida con sus casitas de piedra y barro, que desde los pueblos más apartados la gente venía a comprarle.

 

Observando la sabiduría de sus manos y la serena luz de sus ojos, Ermelinda no dejaba de pensar que, en lo más profundo de la memoria de Epaminondas, una sonoridad de recuerdos nítidos lo había llevado a escoger entre las aéreas construcciones del mundo en permanente competencia y la fresca y dúctil simplicidad de la arcilla, el barro, la albardilla, que lo entretenían en mil formas de amor que nunca se le desvanecerían.

Ilustraciones: Alba Pocaterra