Hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era así… de pequeña… como de cuatro, cinco, o seis años, cuando se está llena de sueños, sucedió… que mi amiga Patricia llegó a casa un 25 de diciembre, con una muñeca grandota, de goma, de esas que dicen: ¡Mamá!, ¡Papá!, ¡Pipi!, y me preguntó:

—¿Qué te trajo el niño, Francisca?

Yo le contesté: –¡Nada, no tenía plata!

Mamá me había dicho que El Niño andaba corto de dinero. Así que, no le pidiera más que salud y felicidad.

   
Yo le dije que no se preocupara,   siempre tengo muñecas de barro. Es muy divertido hacerlas, aunque… se las lleva la lluvia. Pero a ellas les encanta viajar por los océanos de charcos que se forman en las calles. Lo malo es que no podía dormir abrazada con mis muñecas de barro. Por eso tuve que hacer una muñeca de trapo.
   

Estuve pensando toda la noche cómo hacerla y con qué. Así fue que sentí que mi almohada estaba inquieta hasta que le pregunté qué le pasaba.

—Estoy cansada de que me aprietes con tu cabeza —me dijo—, casi no puedo… respirar… ar… usf… chín… chín…

   

Le pedí perdón de inmediato, y le pregunté si quería ser muñeca.

—¡Me encantaría!, ¡me encantaría!, respondió muy efusiva.

Al otro día me levanté de madrugada, los gallos aún no habían cantado. Tomé la almohada con mucho amor, le di el beso de los buenos días y le dije: —¡Manos a la obra, mi niña!

Ella me sonrió sin decir nada.

   
Le até un lazo en el medio para sacarle cintura. Abajo le cosí las piernas rellenas con algodón planchado,  que completé con unas medias de rayas rojas y blancas. Arriba le hice los brazos y el cuello. Faltaban las manos, los pies y la cabeza. Me quedé pensando… pensando…
   
La ausencia de manos y pies la solucioné con unos guantes y unos escarpines que tenía mamá en el baúl de los recuerdos pequeños y suaves. Pero… la cabeza, tan importante, no encontraba cómo hacerla, por más que pensaba y pensaba… Mientras me llegaba una buena idea, vestí la almohada muñeca con la ropa que yo había usado cuando fui bebé.
   

Cuando mamá llegó como todos los días a darme su ternura, la abordé, bastante preocupada:

—¡Mamá!, mamita de mi corazón, ¿dime, cómo hiciste mi forma de muñeca, mi cara, mi nariz, mi cabello?

—Mi linda —dijo—, toda tú te fuiste haciendo maravillosa y mágica dentro de mí. Mis ojos nunca pudieron ver lo que ocurría paso a paso. Pero, te puedo asegurar que algo extraordinario acontecía. Algunas veces escuchaba como si una ventana con tu codo tocabas, diciéndome:

—¡Epa, epa! Me estás aporreando, ¡Acomódate! Siéntate mejor.

Cuando yo amanecía algo triste, o preocupada, sentía que suspirabas fuerte. Pero, cuando yo reía, tus carcajadas  retumbaban en mi vientre, como silbatos y serpentinas y bombas de colores, y bullicios de niños apaleando una piñata. Entonces, yo cerraba los ojos y te imaginaba con tu carita embadurnada de crema y chocolate.

   

Al enterarse Mamá de mi preocupación me llevó donde la costurera, porque, como la misma señora dijera:

—Este trabajo es… de alta costura, tienes que dejar tu almohada-muñeca en mis manos unos tres días.

—¿Puedo ver cómo va naciendo la cabeza de mi niña?, quise saber.

—¡Claro! Puedes venir todos los días, así me ayudas a bastear —expresó la señora de la alta costura.

   
Así fue como en un forro de tela color piel, de forma ovalada, después de dibujar el rostro lo rellenó con algodón planchado. Hizo los ojos con botones que previamente había pintado. La nariz, con una bolita de tela, y la boca con satén rosado. El cabello lo tejió con barbas de mazorca, también las cejas  y las pestañas.

No hizo falta hacerle orejas. Entre las dos tejimos unas crinejas, a la almohada-muñeca, que enrollamos en un moño-teléfono, a los lados de su cara.

¡Qué hermosa iba naciendo mi niña!

   

Ya en casa le puse la dormilona de cuando yo era bebé, y la acosté en un cajón que le había forrado con retazos de crepé esponjado,  regalo de la costurera.

Arropé a Josefita con toda la ternura que ya estaba  naciendo en mi corazón. Desde ese día fui la mamá más feliz de mi pueblo; más, mucho más. Era la mamá más alegre del planeta Tierra, del universo, de todos los astros del espacio. ¡Qué más podía pedir, si lo tenía todo con Josefita!

   

Una noche,  la sentí toser, estuvo bastante  inquieta. La pasé a mi cama. Temía que se cayera de su cuna. Josefita tenía mucho frío y tosía sin parar. Fui a la cocina y le preparé un jarabe de limón con miel, y un té de cebolla morada con zumo de limón y un puntito de azúcar moscabada de panela. Josefita no quería tomarlos, apretaba la boca de satén rosado, y volteaba la cara para los lados. 

 

—Es muy bueno para la garganta y el pecho, le dije. Y nada que me hacía caso, cerraba la boca con más fuerza, y se tapaba la nariz con sus deditos de guantes.

Le expliqué, con mucha paciencia (lo mismo que me explicó mamá cuando era más pequeña): que además de sabroso el jarabe casero, el limón mata los microbios, la miel alivia el ardor de la garganta y el té de cebolla descongestiona el pecho. No abría la boca. Tuve que explicarle qué eran los microbios. Era muy terca mi niña. Aunque después de un rato aceptó tomarse los remedios, sin protestar.
Josefita era muy preguntona, bueno, como todos los niños; siempre pedía explicaciones, quería saberlo todo. Cuando llegaba de la escuela quería que le contara lo que había aprendido cada día. Nos estábamos mucho rato hablando y hablando sin parar. Que si los experimentos con semillas, que si el aire puro del campo, que si éste es el araguaney amarillito, éste el bucare naranja.
—¡Josefa! —le dije un día— hoy  vimos al abuelo de todos los árboles del pueblo. Es grueso, muy grueso, y alto. Me quedé contemplándolo por media hora mientras pensaba en lo chiquitas que son las semillas y en lo tanto que puede crecer un árbol.
   

Otro día le dije: ¿Sabes, Josefa?, algunas plantas nacen también sembrando los tallos, y si se pega un tallo de rosa blanca con uno de rosa roja, crecen rosas matizadas: con hilitos rojos y blancos. ¿No te parece fantástico?

—¡Mira, Josefa,  te traje hojas del parque!  Algunas las recogí  del piso. ¿Sientes cómo crujen de secas? Otras las tomé de los arbustos. ¡Ah!, pero no creas que las arranqué de un tirón. No señorita. Le pedí permiso a cada una de las plantas, explicándoles para qué las necesitaba.

—¡Fíjate Josefita!... todas las hojas son diferentes. Unas acorazonadas, otras lobuladas. Algunas tienen dientes, otras hendiduras, rayas, manchas. Qué prodigio es la naturaleza, ¿no te parece? 

   

Al principio, cuando me iba para la escuela, Josefita se quedaba brava o triste, y hasta lloraba; pero, yo la senté en mis piernas y le expliqué  seriamente, pero con ternura, lo importante que era para mí ir todos los días a la escuela.

—Tengo que aprender un oficio, Josefita, para después trabajar.

De momento no entendía eso de oficio, pero después me daba un beso en señal de comprensión. Después me esperaba todos los días contenta y me contaba lo que había jugado durante el día.

 

 

Algunas veces… no estaba segura si Josefita me entendía cuando yo le hablaba. Me parecía que sí, porque yo sentía que ella me hablaba también… con sus ojitos de botón, y amor.

 

 

 

 

 

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