María Luisa Lazzaro (2011)
Dedicado a Franklin Pérez Guillén


Había una vez un Rey grande, muy grande, que era chiquito como de tres años. Su traje era de satén rojo con blanco y negro acebrado, su corona de príncipe, sus botines dorados, de corte mediano, elegantes. Aunque por momentos parecía asustado era tan fuerte que podía enfrentarse a un tigre, a un león y a la fuerza de todos los vientos.  

Se llamaba Franfrán pero todos le decían Yocopó, y a él le gustaba porque le sonaba a tierno. Era tan amoroso que cuando se vestía de San Nicolás dejaba que su osito Frufrú le mordiera el dedo pulgar y se lo comiera todito. Menos mal que el dedo le volvía a nacer; después de Navidad aparecía y le decía: ¡Hola, qué tal!

 


Una tarde al regresar de compartir, con sus amigos, colores, canciones, meriendas, juegos, rondas, adivinanzas… apareció. ¡Aparecieron más bien, ahí, en la pared!
 

Ahí estaba la Letra asustada… Mejor dicho ahí estaban por montón, una al lado de la otra. Temblorosas, sin forma definidas. ¡Imposible leerlas!


¿Será una A, será una E, una I, una O,  una U?
¿Será un Efe, será una Ce, una Eme, una Te, una Zeta acostada, sentada, caída? 



Por más que lo intentaba, el Rey Franfrán no podía leer lo que decían. ¿Serán letras? ¿Serán nubes, serán pájaros, delfines; telas de arañas, monstruos, piratas, iguanas?

 

 
¿Estarán sucios mis ojos? —se preguntó Franfrán restregándose la cara con las dos manos. Las letras seguían deformadas, regordetas, temblorosas, arrugadas. Muchos colores mezclados con el negro, con el marrón; naranja, azul, gris, violeta, verde, morado, rojo. Como si se hubieran despintado por partes, como si les hubieran pasado un borrador de lluvia, o se hubieran puesto patines, narices, boca, pestañas.
 

En esas estaba, cuando escuchó a unos niños quejarse: —¡Ay, Ay! ¡Las letras están asustadas, las letras están asustadas!, gritaban los niños muy preocupados.


—¡Mamá, mamá, mira, las letras están asustada! Lloraba una niña, zarandeando a la mamita por la blusa.

—¡Papá, papá, mira la pared, mira, mira! ¿Será una A, una E, una I, una zeta, un delfín, un aeroplano?

Los niños sabían de la existencia del valiente Rey Franfrán, alias Yocopó. Así que cuando lo vieron le dieron la mano y lo saludaron con mucho cariño. Sabían que él ayudaría a las letras asustadas.

Sentado en su trono, el Rey Franfrán, estuvo pensando y pensando… Se rascó una oreja… y ¡zúas!, le llegó una grandiosa y enorme idea: Llamar al Zorro, su amigo. Entre los dos descubrirían el misterio de la letra asustada.

Así que el Rey Franfrán sin esperar ni un minuto llamo por teléfono a su gran amigo. ¡Aló, aló! ¿Hablo con el Zorro? ¿El del antifaz y la espada que escribe zetas (Z) de un solo chas-chás?

—¡Sí, claro, con él mismo habla! ¿Para qué soy bueno?




—Te habla Franfrán, el Rey Yocopó. Necesito que me ayudes a averiguar por qué las letras están asustadas, y sobre todo, a ver cómo les acomodamos sus vestidos despintados.

—¡Enseguida, mi Rey, montaré en mi caballo alazán y estaré en un dos por tres! ¡Arre, arre caballito, arre, arre, a trabajar, vuela, vuela por los aires que ligerito estaremos allá!

 

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El Zorro interrogó  algunas las letras, les hizo  muchas preguntas: ¿Que si les dolía la garganta, la barriguita, la cabeza?


Una sola de ellas abrió la boca para decirle que tenía un pedacito de comida atascado entre los dientes.

Las demás se quedaron calladas como si tuvieran mucho sueño, hasta que… llegaron unos muchachos con tarros de pintura y atomizadores de muchos colores, y comenzaron a retocarlas porque les había llovido mucho la noche anterior. Se habían chorreado como helados.

 

Así se enteró el Rey Franfrán de como habían nacido las letras asustadas y como podían recuperar sus colores y formas.

Como eran días de carnavales y disfraces, el Rey Franfrán decidió celebrar las fiestas carnestolendas disfrazándose de Letra Asustada.

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Unas naranjas chiquitas decidieron disfrazarse de mandarinas asustadas.

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Y se fue a contarles cuentos para que no se aburrieran cuando cayeran las tardes.

Le conto de un niño que por distraído se tragó un sapo verde, que estuvo brincando un rato en su barriga hasta que se aburrio y decidió regresar a la boca, por donde salió volando convertido en un pájaro azul.

El pájaro azul se convirtió en un arcoiris y después en lluvia, estuvo mojando a todas las personas y las casas, y a las letras asustadas pero sin despintarlas.

Al otro día se trasformó en un sapito chiquito quel e gustaba soñar y cantar.

En el siguiente día, al anochecer, se trasformó en una silla para que todos se sentaran por turnos a inventarle cuentos a las letras asustadas.

Como que había una vez una perrita llamada Canela que le gustaba morder sus cobijas hasta hacerlas tiritas. Todos la regañaban y prometían dejarlas descobijada a expensas del frío, pero... no podían cumplir la promesa: el frío era muy frío.

Nunca le habían comprado una cobija roja esa fue la última y la que permaneció con ella muchos años. Canela, con su boca hizo un agujero por donde metió la cabeza y más nunca se quito su capa de emperadora.

 



 


 

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