A Natalia Pietrosémoli

Natalia, menudita, de cinco años, piel canela clara, y ojos muy expresivos como su palabra. 

Un día, después que su mamá le leyó Mamá cuéntame un cuento que no tenga lobo,  le dijo muy seria:

—Llévame a conocer a la señora que escribió esos cuentos.

Ya en la casa, Natalia dijo:

—Vive en una casa como todas las casas.

Cuando conoció a la señora que escribió los cuentos, expresó:

—Es una señora como todas las señoras.

Quiso verle las manos, y luego de obser­varlas detenidamente por el dorso y por la palma, señaló:

—Sus manos no son diferentes a las manos de las demás personas.

Y mirando­ sus menudas y recién espigadas manitas, exclamó:

–Algún día escribiré muchos cuentos.

Natalia se sentó en las piernas de la señora, y al cabo de un breve instante, otra vez seria, mirándola a los ojos le pidió:

—Quiero que escriba un cuento de una niña que se chupa el dedo.
La señora le contestó que tenía que darle tiempo para pensarlo. Pero, Natalia, impaciente, insistió que lo quería de una vez.

Bueno, si tú me ayudas, lo haremos entre las dos.

Está bien,  respondió la niña.

Entonces la señora buscó un lápiz y un papel, y le preguntó a la niña: 

¿Cómo empezamos el cuento?

 

Había una vez una niña que se llamaba Natalia, que por las noches dormía abrazada a una suave almohadita y se chupaba el dedo gordo de esta mano. Señalando la mano derecha —escribió la señora en el papel.

Y con la otra, —continuó Natalia—, hacía rosquitas en su pelo.

La nena se quedó pensando un rato. Se rascó la oreja,  y por último la rodilla.

Tosió, carraspeó su garganta,  tomó aire, y levantando bien alta su cabeza de rizos castaños comenzó a dictar:

 

Cierta mañana, al despertar —prosigue la señora—, Natalia observó que su dedo pulgar estaba arrugado y pálido. Los demás estaban rosados y con la piel bien estirada. Muy preocupada, Natalia mostró el dedo a su mamá. Esta, tomando sus manos con amoroso afecto le dijo:

—Este dedo está muy enfermo Natalia, le falta oxígeno, la sangre no le puede circular apretado entre la lengua y los dientes, y remojado en la boca se arruga.

Natalia se quedó mirando su dedo gordo; pensativa lo apretó a su corazón. Y no dijo más nada. Se fue al patio. Estuvo hablando con los claveles, apenas en capullos. Cuando entró a la casa ya oscurecía. Se acercó a su mamá y le dijo que se iba a dormir. La mamá le preguntó si quería que le contara un cuento, pero Natalia dijo que quería dormir. Entonces su mamá la arropó y le dio el beso de las buenas noches.

Natalia, medio sentada en la cama, juntó sus manos y rezó: “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos guardan mi alma. Ángel de la guarda dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día. Ángel de la guarda ruega a Dios por mí”. Se acostó, tomó su almohada pequeña, y se fue quedando dormidita.

 
Al día siguiente, apenas salieron los primeros rayos del sol, Natalia despertó muy contenta. Se cepilló los dientes, se peinó, se vistió cantando y ordenó su cuarto. Fue a darles el beso de los buenos días a su mamá y a su papá.

Y a su hermanito Daniel
corrigió Natalia.
Quien también chupaba dedos, pero no el pulgar, sino los dos dedos éstos: señalando los dedos índice y medio.
 

Como todos los días, después que su mamá se iba al trabajo, el dedo pulgar quiso subir hasta la boca de Natalia. Cuando ya casi llegaba muy cerca de la barbilla, la niña lo bajó guardándolo dentro de los bolsillos de su braga.

Natalia estuvo toda la mañana jugando con sus muñecas. Por la tarde coloreó en su cuaderno de figuritas.

Al anochecer, después de que su mamá le leyó unos poemas de Aquiles Nazoa, Natalia abrazó como siempre su almohadita, ya para dormirse. El dedo quiso de nuevo entrar a su boca, pero Natalia le dijo bajito: ¡No! Ya te dije que nunca más. Ahora tú no lo entiendes, pero has de saber que es por tu bien. Si sigues remojándote en mi boca, sin oxígeno y sin sangre, te quedarás para toda la vida, chato, pálido y arrugado.
Y Natalia metió su dedo debajo de la almohada, hasta el otro día.
 
 

 

 

 

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