A René Rolando Guillén Lázzaro
(1974-1991)

 

Cuando yo era grande y usaba pantalones largos estudié y leí mucho para ser poeta. 

—Mamá, ¿se puede estudiar para ser Poeta?

Escribí muchos poemas y me fui al mercado y alquilé un puesto. Entre naranjas, tomates, cebollín y berro acomodé mis versos. Enseguida llegó una señora y me preguntó:

—¿Joven, a cuánto están las papas, y las zanahorias?

Después  vino un señor y quiso saber: –¿A cuánto… el tomate, las naranjas?

Cayó la tarde y quedaron mis versos, nadie preguntaba siquiera para qué servían.
Al día siguiente, volví a la carga con mi poesía. Mientras una señora escogía las mejores papas, su niña jugaba con mis versos. Tomó uno diciéndome: –¿Me lo regalas?

—¡Es tuyo!, ¿para qué lo quieres?

—Para volar —dijo la niña.

—¿Para volar? Me quedé perplejo.


   
—Sí, para volar —insistió la niña. Voy al patio a menudo,  está muy solo por las tardes. Cuando hay mucho viento como de tormenta me dibujo en un papel, así como tú lo haces.  Después, hago un avión y desde la mata de guayaba lo lanzo. Algunas veces vuela lejos, muy lejos, hasta un patio desconocido, otras veces llega hasta el patio de mis vecinos, ellos me ven y se sonríen. Pero… la mayoría de las veces cae al pie del mismo guayabo. De cualquier manera, yo… habré volado, ¿no te parece?, terminó diciendo la niña.
   
   
   
   

 

 

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