Una mazorca soñadora
quiso cambiar su destino inevitable.

Ser  arepa,
chicha,
cachapa,
o bollos tiernos,
no quería.
   

Mientras maduraba
fue hablando con sus hijos,
granitos refulgentes de energía y vida.
   
Todos los días
los despertaba
abriendo su camisón de madre.
   
¡Saluden al señor sol!
—les decía.
   

 

¡Saluden a la señora luna!
–por las noches acunados.

   
¡Miren qué claridad,
qué cielo!
   

¡Miren las estrellas,
qué lejos y qué cerca brillan!
   
Cierren los ojos,
sientan la música del universo,
los grillos,
los pájaros,
incansables viajeros del espacio.
De todos los granitos,
unos cuantos cerraban de último sus  ojos
respirando poesía y canción.

Por las mañanas,
antes que el sol,
mucho antes,
estiraban sus brazos para crecer la piel.

Mazorca madre,
entendiendo el alma
de sus granitos más amarillos
fue aflojando la carne
prisionera de sus niños.
Una tarde,
durante la cosecha,
Mazorca madre fue trasladada
al gran mesón de la cocina.
Los granitos dormidos
fueron preparados
para hacer exquisitas comidas.
Los que siempre soñaban,
no pegaron un ojo mientras se aflojaban.

Saltaron tan pronto comprendieron el destino.

Y, corriendo, corriendo,
llegaron a las estrellas,


se montaron en el sol,

se metieron en la luna,

y
comenzaron a crecer
germinando maná, música celestial,
alimento de ángeles,

llegando
hasta la galaxia
más vital del universo.

 


 

Regresar a cuentos y relatos