A Liz Lázzaro Estévez

Un Pajarito y una Pajarita tropezaron una tarde, se miraron y se impactaron de inmediato. Ella sintió en su estómago algo así como una alegría de flauta dulce, y le dieron ganas de llorar de felicidad y aferrársele al cuello, pero era un desconocido todavía. Se contuvo pensando que sea él quien desande la emoción primera.

Pajarita regresó a casa en una alfombra de nubes rosas con plateadas estrellas, de la que se lanzaba y lanzaba, como queriendo serenar la bulla y el fuego que le estaban naciendo en el corazón.

¡Es mi destino, es mi destino! —se decía,  recordando las palabras de las ancianas del pueblo:

“Cuando sientas tu estómago arder, ése es”.

Él, no se sabe lo que sintió porque no lo dijo ni lo expresó. Pero, a partir de aquella mirada herida empezó a encontrarla, por casualidad. Ella estaba demasiado entretenida con el alborozo que había en su interior.
Comenzaron a frecuentarse, primero todos los días, luego una vez a la semana, una vez al mes. Después…. se perdió la cuenta…

Al principio paseaban rozándose las alas y el pico, recogían flores, se untaban miel hasta las orejas, respiraban la aurora y escuchaban juntos el quejido de los búhos.

Cuando pasaron tantas lunas la primera vez sin él, Pajarita se quejó del frío, de la soledad, de la noche, y se ofreció a acompañarlo en esos “viajes” que lo alejaban.

Pajarita sintió una acelerada tristeza que no terminó de entender. Algo muy adentro le murmuró que iba a sufrir y no poco. Pero hoy —se decía— hoy soy  feliz. Él está aquí y puedo rozarlo sin disimulo y retozarme en su pico.  ¡Claro, después que él me roce primero!

Y de un tirón borró cualquier asomo de duda. Lo que importaba era que su estómago ardía todavía cuando llegaba, por casualidad. Sin embargo, había algo que no andaba bien, como un sentimiento que le impedía estrujarle  el pico a su antojo y alborotarle las plumas, como era su deseo.

Por eso no se atrevió a decirle que debajo de su ala izquierda una orquesta con tambores, clarinetes, trompetas y un millón de instrumentos más,  desataban una fanfarria cuando lo sentía llegar.

En cuanto levante sus alas para abrazarme —se decía Pajarita— me desbordaré en piquitos de besos.

Antes, recordaba Pajarita, nos lanzábamos desde un tobogán de pétalos azules, patinábamos sobre nubes de algodón. Pegados de espaldas nos arrojábamos a la grama carcajeando. Él se acomodaba sobre mis sueños hablándome, mientras yo lo arrullaba entre mis alas. 

Ahora, las casualidades se iban haciendo países insalvables de Babel. 

Pajarita no encontró el momento para decirle que la orquesta se estaba empezando a morir… ojalá dormir, nada más.

Esa tarde  tuvo el presentimiento de que era la última vez. Le rogó sutilmente  que no la dejara a merced de la noche, del frío. En respuesta, Pajarito demoró mucho más en regresar.

Esta vez, el tiempo transcurrió demasiado lento, Pajarito venía decidido a permanecer junto al regazo de aquella Pajarita, que era modosita hasta que…

Medio levantaba mis alas para abrazarla… entonces se me tiraba al cuello hasta casi asfixiarme, si me descuido me quiebra los motores del vuelo. Si no estoy atento me echa resina en el cuerpo para pegarse como sombra. ¡Qué va!

Recordando a Pajarita empezó a sentir debajo de su ala izquierda, una sinfonía de cien mil sonidos distintos, que lo recorrían estrujándole fuertemente la barriga como si le doliera un dolor feliz.  Se sintió radiante, apuró el regreso. Quería ver pronto a esa Pajarita suavecita como un níspero dulce.

Debe estar en el mismo sitio, esperándome, como siempre, recién bañadita en rocío, como por casualidad.
Seguro de que ese era el lugar, volaba y volaba, y no daba con el sitio de mucho apamates jóvenes. Estaba totalmente despoblado.

Venía tan emocionado que no había notado los estragos de una tormenta de hacha y fuego. Cuando captó realmente lo que había acontecido en su ausencia intentó llamarla a gritos, pero se acordó que nunca le había preguntado el nombre.

Como yo seguí de cerca la historia le presenté a otra Pajarita,  con plumaje digno del más exigente Pájarorrey. Él no quiso mirarla. Guardaba la secreta esperanza de que Pajarita le seguía los vuelos, y en cualquier momento lo hallaría por casualidad. Entonces no la dejaría escapar, la mimaría, la arroparía con la manta de la perdurable emoción. Pero… no aparecía.

Voló varios días con sus  varias noches por los alrededores  sin hallarla. El dolor sabroso y triste en su barriga se fue haciendo un caldero a punto de fritar.

Estuvo haciendo piruetas al contorno de un poste de luz, lanzándose de un tobogán que ni siquiera imaginaba ya. Su canto semejaba un oboe  lloviznado de nostalgia. De vez en cuando se abrazaba al poste frío, pegando su pico. Todos pensaban que se había desequilibrado de soledad.

Como sentía mucho frío se acomodó más cerca de la bombilla y se fue quedando dormido. No hacía otra cosa que dormir. Se veía un tanto inquieto pero feliz. Con una extraña pasividad de ensueño que conmovía.

Es que Pajarito sueña, sueña que Pajarita lo encuentra y, sin esperar a que él la autorice, se le cuelga al cuello, le estruja el pico,  le echa goma al cuerpo y se le adhiere  como otra piel, sin casualidad.

Así parece que lo encontró Pajarita,  quien lo contemplaba desde un árbol rosado inventado en el aire de los sueños. Como si nunca le hubiera perdido la pista, lo seguía  por los campos de nubes donde volaba. Quería encontrarlo bien convencido, además.

Entonces, sin pensarlo dos veces, cortando el viento como si fuese un dulce de leche recién extendido, se abalanzó sobre Pajarito y, sin darle tiempo ni consideración, le vació todo el frasco de goma que desde hacía mucho venía preparando en su imaginación.

Desde ese anochecer parece que dos orquestas retumban y embriagan: trompetas, saxos, guitarra, tambor y bongó; en una armonía de percusión y jazz, casi, casi, sin casualidad…

 

 

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