MARÍA LUISA LÁZZARO

ÁRBOL FUERTE QUE SILBA Y ARRASA

(1986-1988)

 

 

 





¿DÓNDE AMANECES?

¿En cuál ciudad?
¿Dónde se abren, dónde se cierran tus ojos?

¿Dónde escuchas el primer canto de pájaros?
¿En cuál de las calles que te pertenecen
desperezas  tu cuerpo y bostezas?

¿En qué mesa tomas tu primer café?
¿Quién preludia tu alimento,
quién sirve tu postre preferido?
¿Cuál comida disgusta tu paladar exquisito,
cuál deleitas los domingos?

¿Quién te besa en la frente?
¿Quién te despide, quién recibe tu cansancio,
tus pies doloridos, tu espalda mustia, tu voz quebrada?
¿Quién escucha tus lamentos, tus alegrías, tus éxitos;
angustias de dinero y tiempo?

¿Quién recoge tus palabras,
tu canto derramado en las mañanas?
¿Quién calienta tu cama para la siesta,
quién te arropa en las madrugadas frías?

¿Quién sacude de tus hombros
las primeras canas que van nevando?
¿Quién recogerá tu cuerpo vencido,
quién lo vestirá de cielo?
¿Quién está contigo en este instante…
hipotético…?

 

OFRÉCEME
cuerpo de árbol perenne,
mano de roble o de apamate;
voz persistente de bucare,
de flamboyán o de arce.
Tiempo de cedro, vocación de caoba,
alegría de araguaney florecido;
fortaleza de ceiba milenaria.

No la frágil rosa de agua, perecedera;
instante de jardín o fresca noche
que muere ante los primeros rayos de sol
o lunas menguantes.

Toma la tristeza de sauce,
el sabor de sauco, el tiempo de moriche.
Transpórtalos a extensas raíces de arte,
junto a Mozart y a Beethoven,
Albinoni  y Brahms.

 

NO LA BRISA
que tanto se busca,
ni el agua, ni el fuego;
ni la mano tendida en noches insomnes.

Si me colmas…
¿qué será de la angustia poema?
¿qué, de extrañas sucesiones
agua,  fuego, tierra, viento?

Dame el dulce infierno de Francesca
y la eterna evasión de Paolo;
tan cerca, tan distante, tan próximo, tan nada.

A la mano de Francesca…
hecho sombra…  Intocable.


REGÁLAME UNA

una sola mano.
Tu mano grande
de fiebre,
para llevarla a mi cama
junto al sueño,
debajo de la almohada.

El resto, no importa.

Basta una, una sola mano
carnosa de fiebre,
junto a la soga de otoño.

 

NO ES ESA LA MANO
que busco,
ni ésta, ni aquella lujuriosa
que se ofrece a la vuelta de la vida.

Busco una mano sol
que se trasmute en luna,
que sea violín y clavicordio
y al mismo tiempo
desprenda sándalo y no olvido.

Que me pase con prisa
por el mundo,
que me aleje del valle,
que me conduzca águila
hacia la cúspide de la única montaña
que me conserva altiva todavía.

 

BUSCO
un bol de sándalo
en la copa de una pequeña caña de bambú
enjabonada.
Mi perspicacia predice acto baladí.
Mi corazón insiste en conquistar la cima
de una pequeña caña de bambú jabonosa.

Después de seiscientos años obtengo el bol
y lo llevo a casa, solitaria,
sin paredes, sin techo.
El aroma del sándalo escapa
y el bol es destruido por la polilla.

Transcurren otros seiscientos años.
Me encuentran sudorosa,
intentando otro bol de sándalo
sobre la cima de otra pequeña y viscosa
caña de bambú.

Seis veces seiscientos años asedio.

La última caída:
una hilera de viudas hormigas
alinean hombros, trasladar
porciones de hojarasca sándalo.
Siete veces seiscientos años…
Echada en la grama contemplando comitivas.

Miro el tiempo ciego de mis manos,
oigo el cuerpo de mis lapsos,
miro el aroma, oigo el suspirar del sándalo.

 

DE NUEVO EL TIPO
de ancha espalda me persigue.
El libro de los sueños informa
de los reveses económicos-poéticos.
El esotérico revela rebeldía
del yang asfixiado de yin.

Mi amiga mística asegura el desdoblamiento
centrífugo de la materia astral en retirada.
Mi amigo el psiquiatra refiere traumas conven-tuales,
de una infancia frustrada entre muñecas y sombras
de padre desmembrado.
Mi esposo… come desaforado
para alcanzar la estatura del tipo de los sueños.

Después de consultar mi propio oráculo,
no dudo en comenzar la novela
de mi próximo personaje.

 

¿QUÉ ERES JUAN?
Tu cuerpo me sigue como brisa de ensueño,
doblando mi estatura.
Tu rostro, Juan, nunca existe en duermevela.
Y me pregunto: ¿qué eres, Juan?
Pareces la eutanasia vestida de euforia,
el otro yo, el  hombro, la mano fuerte.

¿Qué quieres, Juan?
¿Por qué caminas alpino, en silencio, sin sentido?
Sólo tu espalda amplia, adherida.

No pienses en mí, Juan,
regresa a tu mezquita deshabitada.
Vuelve otro día, cuando no esté briznando,
cuando no me dé miedo que caminemos
entre beatas entrañas.

 

EN AQUEL TIEMPO
una silueta cruzó mi camino de encina,
alfarero en bruma.

Se desmenuzó la aurora antes de hacerse roble,
germen de los cantos,
audacia, árbol macizo.
La mirada no es la misma sedimentada
en el aljibe.

El olvido  dibujó bocetos,
personajes,
regodeos nocturnos.

Sigue camino alfarero,
son otros los cantos difuntos.

 

SI TUVIERA LA CERTEZA
espacio de seguridad
donde ubicarme plácida.

Brazos de carnero y tigre,
dorso y envés de las manos.
Ungüento y certidumbre.
Sin ese obstinado contemplar
puertas y ventanas... cerradas.

Aguardaría con regodeo
la proximidad  de los caballos,
los semblantes ,
desde la misma perspectiva emotiva,
sin bradicardia.

 

INDAGO UN ROSTRO
lo intento en yeso, bronce, granito;
sueños, vigilias.
Invoco al cincel los rasgos.
Al amanecer no retengo líneas.
Cierro los ojos,
veo niños en juego, embadurnados,
el aro en la cintura.
La cuerda obliga a saltar cansancios.
Veo risas y llantos,
guerreando.
Veo mis primeras medias de nylon
el rubor… contemplando.

Retoques con gubia y buril,
las manos en la escayola húmeda,
acariciando la tiza y la cal…
No aparece en la pantalla,
ni débilmente se forja
en la transparencia de la llama,
por más que esfuerzo el carboncillo…

Percepción arista, agotado el mirar.
Casi no visualizo,
ya no reproduzco ojos, narices,
bocas, barbillas.
Temo que mi padre
siga escondido en los perfiles.
usurpando otras posibilidades.

Regresa al celuloide
de mi estado  de vigilia.
Arrincona al padre,
aparece en la pantalla de mis días.

 

OTRA VEZ ELLA…  que me apresure.
Abro mi ventana. Veo el bosque de geranios amarillos,
el apamate florecido lila.
Más allá la alfombra de araguaney en la avenida.
El verde no me alegra, ni el amarillo.

Ella está cerca de la reja, ella, la pertinaz.
—Es mucho el tiempo, dice.
Me asedia, quiere taladrar mi serenidad.
Comienza con un dolor intenso,
que hace mover en aguas las ventanas.
—La fosa está dentro… viene a perforar
la escasa homogeneidad.
Trae omisiones, dolencias de hieles, visos, rojos.
Me jala sigilosa al camino…
que me lance a los tranvías, insiste.
—No existen en este puerto, le digo.
—Hay sustitutos, me dice.

El dolor metafísico arrecia…
Ella insiste, me quiebra.
—Nadie te necesita… exhorta.
No quiero oírla…
—Nadie espera… susurra.
Me hace desear dormir, dormir, dormir...

Me despeja un colibrí, helicóptero verde azul.
Busca saciar su hambre en mi jardín.
Me recrimina ausencia de cambures,
pomarrosas, guayabas, higos.
Depongo la expiración,
la entierro junto a semillas de granadas,
guayabas y nísperos.

¿Te encontraré siempre, colibrí?

 

RESCATAR EL ANONIMATO
si pudiéramos.
Curtir en mares lejanos
la blancura de nuestra piel
conocida.

Ser dependiente
de cualquier bodega,
la última, de Manicuare.

Vender
tres cuartillos de kerosén

amando...

 

PROLONGAR LA NARCOSIS
de la brisa…
quince… noventa años.

Después…

se hará tiempo
para regresar a la brillantez
de la ascesis,
abluciones mentales,
corazón tranquilo.

Sin zumbidos de abejas,
ni grillos en noches enlunadas.
Sin serenatas de antaño,
ni bebidas de dioses.

Manos desenlazadas.

 

TARDES
sin peso en las manos,
sin precipitaciones de agua,
en los ánimos.
Que los años lleguen
y no me encuentren dormida
con rollos en el pelo
y cremas nutritivas.

Miedo,
no de las arrugas
de alguna sonrisa…
… de las que hacen surco
en el olvido.

Ser himno amado,
compartir la única primavera,
la poesía.
Dar el cristal sereno,
confundir la lluvia
con la certeza de ser.

 

ES POCO EL RUEGO
De las veinticuatro horas… una.
De los siete días de la semana
no seis, ni tres.
Sesenta segundos detienen el tiempo
del transcurso inasible.
Sustentan nueva memoria
sin barro que enlode la pureza del aljibe.

Es tan poco el tiempo que se pide,
pensando en la aridez
por venir.

 

MIS MANOS TEJEN
miradas estrellas,
mi boca enrosca hilachas dormidas.

Bordan, desbordan: caminos, corbatas,
nudos, idiomas, hechizos.

Mis manos planchan:
frentes, barbillas, pechos, olvidos.
Mis manos lavan heridas hormigas,
barren pesares antiguos.

Cocinan entremeses,
entrehoras, entrepalabras.

Mis manos cosen, insumisas,
retazos de alegría sin hastío.

 

ADORO MIS MANOS SENSIBLES
saben tejer tapices
accesibles.
Labran peces, cosen soles,
ponen luces, curan hambres,
acunan fatigas.

Siembran pájaros,
gladiolas, trinitarias
y sensaciones  amarillas.
Cosechan mariposas,
abejas y rizos.

 

SI NO TUVIERA MANOS
ni boca, demacrado esqueleto
deambularía por autopistas sin sentido.

Tendría que alimentarme
con los hombros, con los brazos;
con toda la extensión del cuerpo.

¿Cómo hacer saber el hambre?

Los ojos remisos…
Concentrar los sonidos
en los canales auditivos
de las manos.

 

TU MANO KINGSAIS
–con almohadones–
para mi pequeña mano aturdida,
que se hunde
cómodamente instalada,
cuando no recorre los infinitos caminos
de líneas y pliegues tibios,
que se palpan sobre tu guante de obrero.
Nunca tiene tiempo
para que mi mano descanse
en su lecho de carne
oloroso a crisantemos imaginarios,
que nacen de boca ocupada
en órdenes de movimientos,
que prensan el tiempo de otros
menos el mío.
Solitario, sobrado en horas,
para echarse a reposar
en su kingsais.

 

MI ÁRBOL PEQUEÑO
negado a crecer junto
conmigo: pájaro de sueños.

Tantos años
has sombreado mis soles,
escondido mis lunas.

Árbol mío,
sin tronco ni ramas enhojadas.
Sin flores que ahuyenten
las nostalgias de geranios amarillos.
Enroscado abundante en mis ventanas,
sin frutos que inunden la boca famélica
de sabores y texturas.

Tú, mi pequeño,
negado a remontar con mi forma de pardillo.

 

NUBE ÁRBOL
remontarme  vuelo.

Constelaciones no inventadas,
planetas, estrellas,
auroras boreales,
luces de bengala en lluvia, 
vapores de fuego.
Sin ciénagas,
algarabía de amor.

 

AQUEL PULSO SALINO
desarticuló el latido primero,
envenenó la circulación
de las arterias.

Aquella sangre,
interrumpió
la perfecta armonía de las venas.

El salitre amargo
removió las pulsaciones,
desequilibrio de vísceras.

 

DUELE EL DESAPEGO
de pieles que se necesitan sin sed.
Las noches taciturnas,
los techos donde arman
arpegio nuevos.

Ambiciones absorben miradas,
suavidad de arpista en los dedos.

Hacia atrás,
movimiento en desuso de puertas,
calles que desdibujan siluetas de pájaros.

Duele el cuerpo desgritado.
No logra engomarse al cáñamo de la flor.

 

INCORPÓREO EL SILBIDO
el viento…
Toco una forma consistente.
Entrebusco… no hay puertas.
Echo un vistazo por las únicas calles
que no transito,
posadas sin techo.

Cuando coinciden las constelaciones,
estoy dormida otra vez.

Un soplo en mi ventana
silban junto a un farol rojo
del siglo pasado,
con la sonoridad de flores extrañas,
y la misma fuerza
arrasa bosques desde la raíz.

 

CUÍDATE
Custódiate,
despierta sosegado,
con la lucidez del alba.
Cuídate de los excesos de luz,
de los excesos de sombras.
No te hagas arcaico en primavera,
ni te descubras niño pateando arcoíris.

Atiendo mi piel y mis soles,
celo el cuarto de sueños
de candiles extraños.

Las palmeras…
que no crezcan tanto,
que a tu regreso el tiempo
no parezca bastante.

Custodio las ilusiones y espero.

 

QUIERO SEÑOR
que sea el aguafuerte que abrasa,
quiero que nunca
pueda llegar a decir
que es fácil olvidarnos.

Quiero que ande taciturno,
cuando no esté cerca,
cuando le asome en mis ojos
ausencias sombrías;
cuando ni siquiera lo mire
y finja estar ocupada
en situaciones oscuras.

Olvido de otros rostros,
otras citas, otros cuerpos,
casas, calles, vidas.

Quiero perturbar su siesta,
la concentración en su trabajo
trastornar quiero.
Su soledad y sus noches tranquilas.

Quiero que sea mi sombra,
mi inquietud, mi desasosiego,
el aguafuerte que quema,
la brasa que hiere,
el ascua que escalda la carne
y ansia.

Quiero que nunca…
pueda llegar a decir…
que es fácil olvidarnos.

 

REGRESEMOS
al pozo de los deseos,
lancemos la moneda a dos manos.
En aquél sueño faltó historia,
la misma fuerza en la garganta.

Regresemos
al mirador de mariposas
tejidas en las manos.

 

HOY NO IRÉ A LA CAMA
prefiero que seas tú el que desespere
buscándome entre sueños,
creyéndome extraviada.

Hoy dejaré que des vueltas,
mirando el reloj,
parado en una esquina del sueño;
pensando que algo grave
impidió a mi cuerpo correr hasta ti.
Sintiendo que llegó el hastío,
el cansancio de correr sin pies,
rogar la permanencia de un rostro
inexistente en vigilia.

Tampoco iré mañana,
permaneceré insomne
hasta verte exigir mi cuerpo
y desgarrarte como yo.

 

INOPORTUNA
siempre llego tarde.

Las mesas están servidas,
los comensales sin hambre.

Es mi faena, llegar tarde.
Inoportuna marcho
sin alegría en los bolsillos.

 

OSTRA MISTERIOSA
apenas se entreabre dejando un halo
de brillo que no sé si es perla o ambición
de esplendor, flama que refulge sin tersura.

No he podido desentrañar
la parcela de hábitos, ostra misteriosa.
No sé qué piensas cuando está cerrado el nácar.

En mi país de sueño
son las tres, o las cuatro de la madrugada.
En tu ciudad acuática pasan las horas;
no sé en qué se desgastan.

No sé qué haces ahora cuando suenan
las campanas de la iglesia próxima.

Siempre te veo bajo un farol difuso,
pensando, rodeado de peces;
apenas atrapo la punta de un copete enroscado.

No sé qué haces
a las ocho, a las nueve de la noche.
No sé siquiera cómo es el cofre de tu cuerpo.
No he podido dibujar los sitios
que detienen tus pasos de peregrino en aguas.

Veo funerales, bodas, mares
que camino hacia ti. Veo auroras,
mediodías, mediastardes, mediasnoches.

Tú, permaneces flequillo sombreado.
Tal vez en tu ciudad también
sea de madrugada siempre.
Y no te desvelen campanas,
ni faroles, ni serenatas.

 

PARTO DE POEMAS
No he podido salir
de la sala de parto de poemas.

El entorno enmarca cejas, caras,
verdades, mentiras; arrojo,  intrepidez.
Se detienen los pasos
sin extender una mano siquiera.
Se desacomodan las horas
de hábitos apacibles en sobresaltos.

Un cálido frío exige aprisionarme.
Desde entonces, entro y salgo de la sala
de partos de poemas.
Con melancolía, con fruición,
me voy llenando tormento y regocijo,
que llevo a la insólita morada del tapiz.

 

ME TRASMUTO
en el maletín depositario
de toda suerte de objetivos,
confidente de fábulas,
amuletos, papeles que embrujan
o desalegran con despedidas.

Maletín aprisionado,
sentado en las piernas,
acostado en un rincón de la cama,
sirviendo de almohada.
Con asa para las manos,
o mejor sin asa:
abrazarlo con fuerza al pecho.

Ubicable, tocado todos los días.
Sabe de textura, olor.

 

REENCARNAR
brazo o pierna amante.
¿Rehacerme mano inutilizada
en un rincón de los olvidos?

Cepillo de dientes indejable…
estrujan, masajean,
rozan boca festejada…

(­tantas veces al día)

 

NO IMPORTA MAÑANA
préñame de mil estrellas,
luceros, lluvias y lunas inventadas.
Neblina todas las historias,
conjuros, puertas cerradas mañana,
clausuradas de colibríes.

Caminemos por el parque
bebamos el rocío que encontremos al paso.
No importa si mañana no hay agua,
ni parques, ni figuras estelares.
No importa si después hay que caminar
las mismas calles descalzos,
desguarnecidos, descuartizados.

Condúceme a tu onda de voces,
obliga a mi rostro, arrogante huido,
intentar sucesos sin paraguas.
Detén mis hombros, mi cuerpo
insolente castillo desatento a rayos
que perforan la quietud aparente.

Sujeta con fuerza las manos,
desdóblalas masa dócil
con tu aguafuerte y mi harina.
Amásalas cuerpo con cuerpo fuego,
ata cada instante, adhiéreme mucílago,
que desborde el cauce, ultimátum voraz.

 

ETERNIZAR A JURO
las formas frescas de las rosas.
Permanecer idénticas al primer día
de asomo en el afán de los jardines.

Solemne asiento,
muerte paulatina de las rosas.

No desperdiciar los capullos.
Olfatearlos silenciados los ojos.

 

VIVIR…
sin la fuerza de halcón
sobre su presa.

Hubiera preferido
azor que se estaciona firme.
Conduce a las alturas
y no deja caer al vacío.

Aprovecha huesos, pieles, uñas.

 

SE QUEBRÓ
la necesidad de no usarla,
fueron cayendo una a una las palabras.

Se resquebrajó la calidez de ondas,
la suavidad de las membranas,
la lentitud de asistencias que arden.

Las paredes quedaron sin muros…
desguarnecidos­.
Las ventanas y las puertas se derrumbaron,
el cemento se enmustió arena,
el polvo se volvió viento y se fue.

SOSIEGO
creciendo milímetros, tal vez.
Ya no conmociones ni premuras.

Ha crecido el des-apego,
el sosiego volvió a llenar los espacios.

Ya no importa el minutero
en su carrera loca, lenta,
para leyendas,
colección  de recuerdos  que desvelan.

Ya no nudillos en cerraduras,
ni ventanas sin cortinas.

No se estira el tiempo del vértigo cotidiano,
sólo transcurren los días, sin afanes.

Lentamente me levanto, tomo café,
peino mi cabello,
escucho la campanilla de los pájaros,
sin esmero, espero cinco veces;
ningún temor,
ninguna voz en lamentos.

 

CUELGO LA FUERZA DEL VUELO
dejaré en manos del azar
la travesía,
que sea él quien dirija
los infiernos y los cielos.

Estaré despierta
para recibir las notificaciones
del bien o del mal.

Mantendré
desocupado el sentido albedrío.

Los designios de ganar o perder
resistirán la experiencia
de vivir morir viviendo.

 

FRAGILIDAD DE RAPSODA
como si fuera agua tibia que abraza.
Y es brasa la inseguridad en quiebra.

Utopista trovador,
arrulla a la muerte y juega con ella,
próxima, 
retorna siempre posiciones de nudo,
cuerda y llovizna.

Paladín de montañas escarpadas,
desciende a los infiernos,
excluye lo nítido,
las asperezas del fuego,
la incandescencia amarilla...

Después, ovillo vacío…
guitarra sin cuerdas, ni rodillas.

 

TACUATZÍN
mi bestia alada sin alas, ni siquiera te defiendes.

Ya no crees en la flor de amate,
te volviste escéptico también.
Ya no quieres creer en el movimiento orbicular.
No en el pellejo sensible,
dudas del canto y la palabra.

Ay Tacuatzín,
¿qué haremos con tanto descreimiento,
con tanta mina sin garganta, piel sin hueso?

Y se empezó a secar, Tacuatzín, la tierra.
Le eché agüita y la lloré… que no se muriera de raíz.

El tiempo se fue haciendo nube, no termina de pasar.

Mi Nahual, mi perro callejero,
déjame  inadvertida como antes, cuando no sabía morder.

 

CARNERO DESBOCADO
Podrás correr todo lo que quieras
y desencantar cotidiano.
Silencio de hacha y castigo,
alargar los pies mientras huyes.
Agregar ciclos mortales, demasiado posible…

Pero... el agüero dice
padecimientos en la ciudadanía interior.
Nadie podrá heredarlos.
Nadie, la locura justa de los  hilos de Ariadna.
(Sólo una fibra pegajosa, delgado cordón de sinrazón).
Lo demás,  cangrejo y pozo para encharcarse.

Y no quiero que seas el carnero del oráculo,
cejas, lana blanca purísima;
abrigar los tiempos del venir.
No quiero tu albardilla,
se ha embadurnado de prisa y descuido.
No quiero expandirte, patas suaves…
tenazas de cangrejo, que se alimenta de la nada.

Te siento andar agazapado y no quiero.
Te percibo en el umbral a diario;
figura obstinada en la memoria.

No quiero seguir espiando sombras de perfil,
insegura asistencia.
No quiero carnero a cuentagotas.
Ni oráculos ni visiones.

 

MAJESTUOSO HIELO
Esparce caricias, roces, risas.
Sin morir… majestuoso hielo,
desbordante agua seca, sin piel.

Ahora es limo,
adherido al muro deshebillado.

CADA VEZ que alguien
besa mis mejillas, rozando mis labios,
mis cabellos, mi piel, te odio Juan,
porque no eres tú. 
Permites que mi cuerpo
se lo lleve el silencio atroz de la voz,
los abismos, esponjas sedientas.

Golpeo la presencia ventilada de los sueños,
donde ni siquiera el poniente
se hace cuerpo y silba llamándome.
Te detesto cuando resignas
que sea estrujada por otras manos.
Deseo aniquilarte cada vez
que alguien siente derecho a poseerme;
pretenden ocupar mis zonas hieráticas
y me toman huesos
para o l v i d a r
te
aborrezco 
Juan.

 

NO PUDE ASIRTE ROJO
la magia concluyó su historial de ciclones suaves.
No pude asirla en tanto guijarro.
La memoria agotó el almacén de las cobijas.
Tampoco la luna quiere llevar pliegues
enlutados; se obstinó de abatimiento.

El sol se hizo perenne,
se instaló en las medias noches y  neblinas.
La llovizna no repitió hechicerías y burbujas.
El calor de mediodía se posesionó en los trasnochos.
Tiempo envejecido recién comenzando
a pintar conciertos coloridos.

No pude asir los rojos en los blancos.

 

NO QUIERO SEGUIR CORRIENDO
tras  el desierto de huellas.
No quiero dibujar ya,
carboncillos de fuego que engañan color.
No quiero, digo, no quiero descubrir
agua dulce que ahoga.
No quiero dormir y despertar asustada,
sombra  descabezada.

Borrar memorias de fuego,
asfixiar formas entre almohadas de viento
sin fundas, desdignadas,
inventándose quietud  salada que flota,
madre que protege sin calmar la sed.
No sabe donde seguir escarbando.

Cuarto de espejos enloquecidos, desquiciados.
Desmembrar el agua impetuosa salada,
reventada de cauce crece
y no quiero nadar para salvarme.
Me clavo al fondo,
dejo que el agua torrente invada,
permito el desgaje de las compuertas,
apago el fuego, la grandeza de la estirpe
de las aguas. Que duerma y olvide.
Tardes que no se sabe si fueron,
fuego distraído, agua  evaporada, negligencias de limo.
El agua salada crece inventa  jorobas en su espalda,
le corta una pierna, lo pone a saltar como rana.
­Borra las manos y los embrujos,
le delinea lentes de miope,
cutis encraterado, repleto de musgo y moho.
Por las dudas, el agua arde y consume.
Monstruo que fuerzo para suprimirlo perfecto.
Sigo indefensa, se rehace voz y llama.

El agua sigue y ahoga,
se forja hacha de doble filo,
al mismo tiempo estaca  los cuerpos,
los desangra ciénaga… Nunca más.

 

RECOGIENDO LAS VELAS
para el naufragio duelo, subiendo
las rodillas hasta el pecho,
ocupar menos franjas.

Empieza el discurso de retracción…
salvar de la demencia,
reflejo de luces apagadas…
reparando el vestuario gris,
el sombrero de alas caídas,
el foso, la cubierta de la mirada,
la euforia de los días en ánimo.
El desierto permanece imperturbable
entre puñales y salivas.

Estaba disponiendo... cuando llegó la frecuencia
sonora, como campanas de iglesias
anunciando conciertos de órganos.

Retumban cantos gregorianos,
me suben altísimo, hostia y un vitral.

 

YA NO INTERESA
perfilar un rostro, fisonomía admirada,
encontrar una piel: patrocinio de sueños.

Veo un halo de luz índigo o rosáceo;
alegría de aurora o poniente.
Lo percibo aproximarse lento,
con sonrisa de anciano que ha jugado
al escondido, vestido de niño impaciente.
Me veo anciana de recuerdos
desde la mecedora fiel en su espera,
en aquel rincón, mientras nos perseguíamos
hasta que el patio se incendió de sol y nos cegamos.
No vimos más. Regresamos encandilados.

Entonces fue que apareció el balancín,
la ventana. Sin ojos­ vernos partir.

 

SIENTO HOY no sé si mañana
que he desempequeñecido
amargura desorbitada
en círculos concéntricos hacia otros.
Callada de fiestas,  urgida,
empujando con golpes de aura verdinegra.

Mujer ojuda, extremo boreal de otros rastrojos,
desechada en un rincón de la gran celebración.
Ensotanadas las des-enormidades
de cuerpo astral ulceroso, esperpento.
Ha roto la sumisión del silencio,
descabezado el yugo esposado, levitando
con fuerza de tigre despierta
jaula que no es su casa,
comida que no es su alimento,
aflicción que no ha desarañado la memoria.

Después de reverse en el único espejo que sirve,
de burlarse del desfleco de luces,
discoteca loca que gira la fuerza y la exprime;
dolerle las mejillas de tanto desleírse obligada
transformación teatrera,
carnavalesca, fantasmagórica.

Se ha echado plácida,
después del último bostezo interior… en el rincón
menos mojado, ahumado, terrado, soplado:

con la cabeza bajita cuando quiere,
con los ojos entornados,
con la boca entreabierta,
con la voz suavecita,
con la piel caliente cuando quiere,
con el cuerpo desapegado,
con la mano en puño,
con las uñas en garra,
con las manos cerradas,
con los pies plantados cuando debe y quiere.