Como si fuera un puente

La maraña de cabellos por la propia mano, el rostro enrojecido, los ojos inyectados de espuma desde el mismo cuerpo. ¿Por qué?

Si pudiera volver la página, aquella primera, y reparar la infancia y echarla a andar. ¿Dónde comenzó el caos? ¿Dónde están los rostros? La muerte, una posibilidad. No soporto tu nariz, tu pelo, tus manos, tu cuerpo todo. Me eres odiosa. Tienes un halo de antipatía que percibo sin recurrir al marco plateado. Así, frente al espejo, compruebo la mentira respirada. Sí, sé la solución, demasiado cómoda para ti. Prefiero cargar contigo como una madre que no tiene otro recurso. Si quedaras entre los pedazos me atrevería. Doy vuelta, tú también.

 
 

Giro en constancia hacia la palabra Dios. Vengo y voy hacia ese mismo círculo de silencio y fuego, como si fuera un puente. El significado, ¿qué importa? Dios, la gente, los seres que me huyen, me aman, me atan, me desprecian, me llaman sigilosos con el índice. Los perros que se desgarran en la calle. El dolor físico de mi piel, mi pecho, mi garganta. Las lágrimas, ¡qué estupidez! Los hermanos que se entierran los dedos y se jactan comparando las marcas, como cuando miden el aceite del motor del auto. Los padres que violan a sus hijas y sonríen en la foto del periódico. Un niño, una niña, el juego previsible de la infancia. Silencio, palabras sin sentido. Maletas que se hacen y deshacen. Niños tristes, agresivos, egoístas, dulces. Silencio de capilla de colegio en mes de mayo. Casa, grito, llanto, odio, amor, escalofrío.

Podría vivir en una montaña, en una caverna, en el centro de la tierra. ¡Si pudiera ser mueble! Tampoco sirve. Miles de patadas desahogan cualquier ira. Hay días en que nadie quiere comer, hay mucha tristeza. Como por los demás y me alimento de sus miserias.

Está lloviendo. Éxtasis. Me domina, me hago pequeña. La lluvia y el amor nacieron el mismo día y de la misma madre. Llega y se va, ahoga y libera; hace crecer y destruye. Hay que correr a poner los baldes. De nuevo la infancia, el sonido del techo de zinc, me despiertan las gotas, el amor, el encantamiento; a las cinco de la mañana. La abuela mamá y yo, tres generaciones. Tres momentos difíciles se consuelan con el tantum ergum veneratum. La misa, la comunión, la casa, el infierno, el paraíso. Papá, mamá, la abuela, tres voces; maletas que se hacen y deshacen.

Una niña con la cabeza hundida en su vientre cuenta los puntos negros del piso de granito blanco, perdida en la capillita del colegio, en su casa. Una corona luminosa en su cabeza. Sus pies se han despegado. Se sienta en un lecho de algodón en el azul del universo; ángeles coloreados desde su cuaderno tocan el arpa anaranjada. Abajo llueve y hace frío. Silencio místico, humano, divino. Dios, ¿dónde? De nuevo el puente, la palabra, el sueño; la historia de inventada cada noche para dormir. El silencio eleva, ahoga. Afuera un calor frío altera la historia sagrada con sus estampas. Las manos juntas, los ojos cerrados, y una hostia escapa, vuela, se posa en mis labios y vuelve. Todos se arrodillan ante mi figura de cera, me piden milagros. Soy la Madre, levanto las llagas con cuidado y las traspaso a mi cuerpo.

Es la hora de la comida… hasta la noche o la tristeza. Mañana seré Ruth o Betsabé, o José vendido por su hermanos, con sus siete años buenos, siete malos. Después Martha y María. Una, halagaba a Dios fregando, la otra, contemplándolo.

O Judas, que no quería vender a su amigo, su padre. Una fuerza extraña lo empuja. No quiere. Una voz le dice:

—No te resistas, tiene que cumplirse la historia.

—¡Pues, búscate a otro, yo no quiero figurar en ese libro!

—Eres tú, tú el elegido.

Quiso arrancarse las orejas, los ojos, la lengua; no tenía manos.