De nuevo el puente la palabra
el sueño

Hoy Anaís Nín me lleva con sus amigos a las tertulias. Me acuesto temprano para aprovechar toda la noche. Vamos al Café París, allí, en una mesa está Juan. Me lee y comienza a escribirme en su Diario de viento y fuego. Mi agua no borra las imágenes, emergen del fondo de otros océanos, distintas mon­tañas que se elevan al unísono, con la misma fuerza, hasta alcanzar el mismo sol.

Leemos a los poetas malditos. Ellos escuchan con benevolencia mi agua, mi fuego, mi tierra. Después desayunamos debajo de un puente. Regreso a casa justo para llevar a los niños a la escuela.
Anoche se derrumbó mi casa, en pie quedaron las colum­nas y el techo. Trabajé toda la noche con mis hijos de bloques.

 
 

Al amanecer me hice pájaro y volé, recorrí otras casas derrumbadas. Desde entonces la cuido de noche y de día desde las ramas del árbol que sembró mi madre cuando éramos inocentes.

Él me empuja por un mundo de cayenas alucinantes. Arrastro los pies mientras hierve el agua del té y pongo la mesa con ramas verdes. Hicimos un conato para reconstruir el canto de los grillos; cuando lo conseguimos cada laguna recogió sus aguas. Idealizado desde los cuentos de hadas, donde temblorosa de frío espera al hombre suave, amoroso, fuerte. Desde la cruenta realidad: tosco, conquistador de mujeres como de tierras donde clavar su apellido; ebrio de posesión sobre cuerpos sin huesos.

Me quejo en rebeldía, me resquebrajo. Conforme, me uno en amistad a compartir la enmienda, mientras se va agotando la superficie verde. Queda una casa reconstruida, unos pasos por las noches, unos niños desocupando la prisa, un sollozo de hombre en mitad del precipicio. Y el pergamino aquél, prueba de la decencia se quemó en mi cadáver ambulante por playas y colinas. Una tregua más para la gente que señala, implacable, aso­mada a las ventanas. Frente a la iglesia, sin olor a incienso, sin evangelio, sin fe, la desesperación material humana se consumía. Adentro, un corazón de niña sepultaba sus últimas esperanzas, respiraba lluvia, asimilaba tierra y agua para no parecer más desvalida.

Se dispuso otro encuentro de soledad y fábula. Admiré su palabra, seguí mi camino. Los girasoles son majestuosos. Prefiero la rosa blanca, le dije. Me entretuve en su perfume, escuché su hermoso canto y seguí mi camino. Necesito que te hundas en mi río caudaloso sin miedo a morir, me dijo desde la mirada abatida. Su cuerpo tiró un girasol al comienzo de la historia. Lo tomé, lo llevé conmigo y lo alimenté en mi pecho. Cada día crecía haciéndose una criatura milenaria. Fui al sonido esa noche, subí sus escaleras. Cuando vi la mancha de mi refugio, corrí en dirección contraria al fuego. Por un momento quise retocar las facciones del estilo de un rostro, al propio tiempo palpar su latido para traducirlo. No sé si fue su soledad o la mía que se tornaron en sílabas. Ya era demasiada noche. ¿Volveremos al origen de los lagartos? Las raíces se hacen pesados troncos difíciles de llevar. Habíamos alcanzado el éxtasis de la palabra sin el habla, el rumor de una fuente vacía. Había dejado un signo de vida en la pared de mi cuerpo. Con la sangre dibujé la ilusión en el espejo. Hermosa obra de arte que niega la muerte.

Estoy hambrienta de la opalina mirada. Estoy desnutrida de historia. Esta noche quisiera buscar las cenizas enterradas en los tiestos, observar su perseverancia junto al implacable tiempo que va arrugando la piel.

Cuando el tiempo pase miraré con la claridad del mar, tomaré la savia para confeccionar mi pan. Y cuando la noche ya no sea noche, y él no me ciegue, comenzaré a contar la otra historia.