Despejar la pista para la cordura

El castillo donde transcurrió nuestra infancia no ha podido ser habitado. Dejó de pertenecernos cuando papá se cansó de amasar caramelos y decidió levantar las piernas sobre las nubes para descansar los pies. Esta vez no precisó que Remolino y yo fuéramos a quitarle los zapatos; una por un lado y la otra por el otro. Tal vez nos llamó, pero estábamos distraídas buscando tejas para hacer nuestras vidas.

¿Será que nuestros muertos no permiten que el castillo sea habitado? Fue mucho lo que sudamos y sufrimos, tapando goteras, mientras él iba pegando bloques sábados y domingos.

 
 

Remo­lino y yo soñamos una vez a la semana con el castillo. Ella sueña los viernes, yo los martes. Los domingos nos contamos las pesadillas en el parque. Es extraño, siempre soñamos lo mismo; es posible que sea porque dormíamos juntas de pequeñas. Nos sentimos rodar por las escaleras como si alguien nos empujara, o nos vemos envolviendo caramelos con las luces apagadas. A nuestro lado un fantasma, vestido de rojo con capa negra, hace círculos con uno de sus pies hasta desprender un agujero en el suelo, por donde sale una lengua de fuego. Muestra del infierno, decía Remolino en el sueño. La entidad levantaba el pavimento y nos mostraba a papá y a mamá enterra­dos debajo de la fábrica. Otra noche soñamos que se nos había olvidado cerrar una puerta, y por la que comunica con la escalera que lleva a nuestro piso, subían unos elementales que nos amarraban por los cabellos y nos tiraban escalera abajo. No aparecían nuestros hermanos por ningún lado. Estábamos solas en el edificio encantado.

Cuando nos contábamos los sueños, quedábamos asombradas por la descripción, se trataba de las mismas descripciones. Decidimos casarnos con hombres muy fuertes para que nos defendieran por las noches y no nos permitieran ir hasta el castillo, a miles de kilómetros de distancia. Una que otra vez nos atamos a las camas, pero siempre salíamos a envolver carame­los. Creemos que la responsable de la pesadilla era la escalera. Comienza en la planta baja, recta, siempre recta, como las escaleras que conducen al cielo, una encima de la otra, con los descansos como otro escalón más. Tal vez fue hecha de arriba hacia abajo. Por eso los demonios, duendes y fantasmas.

Hace un año invité a Remolino a enfrentarnos de día con el edificio-castillo, era la única forma de terminar con esos sueños. Pasaron cinco años, hasta que por fin decidimos ir a Maturín, es ese tiempo era un pueblo, ahora es una ciudad pujante. Cuando llegamos a la calle Azcúe, sigilosamente nos fuimos aproximando casi en puntillas al número 38.

Se veía tenebroso, a punto de caerse sobre sí mismo. Nos dio lástima, un dolor agudo en el plexo solar. Está en las últimas. Parecía haber sido incendiado por dentro. ¿Sería el círculo delirado? Por fuera se veía sucio, despintado, abandonado. Remolino no soportó más, echó a correr hasta que se detuvo a vomitar no solo el pretérito simple, también el compuesto con su participio, el copretérito y hasta cualquier futuro o imperativo del subjuntivo. Yo estaba segura de que, mínimo, debíamos mirar la escalera unos cinco minutos. Desde afuera se podía ver su alargado e interminable fin o comienzo. La puerta era de barrotes, igual que la entrada a la fábrica, donde se exhibían los dulces. Justo ahí comien­za el agujero del círculo.

Tenemos que entrar, Remolino, ¿quieres estar toda la vida soñando con esta escalera? Me acerqué lo más que pude y me quedé contemplándola varios minutos; tal vez fue toda la mañana. La reja permite mirar hasta la entrada del tercer piso. Yo creo que la puerta de la calle también tiene la culpa. No es como las demás puertas: compactas, de madera o de metal, pero compactas. Esta es una reja solamente, no había intimidad al subir las escaleras. Todo el que quisiera detenerse desde la calle, podía vernos cómo subíamos o bajábamos. Y el espectro se podía meter por los listones de hierro, sin dificultad. Las prisiones también tienen rejas y permiten ver hasta la bacinilla que tiene los reos.

Vamos a entrar, Remolino; tenemos que curarnos. ¡Vamos! Ya verás cómo el fantasma deja de aparecer en nuestras pesadillas. ¡Mira qué fácil, cedió la puerta! ¿No te lo dije? Es bien insegura. ¿Cómo papá nunca se dio cuenta? Lo que pasa es que él era de esas personas sin malicia. De esos que cierran las puertas entornándolas y poniéndoles una silla detrás. ¿Te acuerdas que él decía que en esa época no había ladrones? Sigamos, confía en mí. Quizás no encontremos al fantasma, o al verlo desaparezca para siempre, como el miedo a la oscuridad. Es importante enfrentarlo. Si no de noche, de día. Tal vez tengamos que volver al oscurecer, a media noche, sin luna llena. Podemos regresar al hotel por la cruz de zábila. ¿Te acuerdas, aquélla con la que despertábamos cada amanecer, espantándolo?

Mejor entremos, comencemos por la fábrica. No seas cobarde. Dame la mano. Tenemos que recorrer el castillo pal­mo a palmo. Hay que visualizar cada rincón con mucho detenimiento, hasta que desaparezca. ¿Te acuerdas de las dos puertas, la de la fábrica y la de los pisos? Entremos por la de la fábrica.

¿Recuerdas el baño? Este es el salón donde vendíamos caramelos. Allá está la puerta que conduce a las pailas donde se derretía el azúcar. ¡Qué calor! No te vayas. El infierno es más caliente. Mira el fogón, la paila, el mesón para enfriar el melado; la batidora gigante para los bocadillos de leche; la paila gigante de cobre para la jalea de guayaba. El piso, igual de grasiento, mezcla de parafina, almidón y melaza. ¿Viste que no aparece el espanto? No te sueltes, ven. Cuando uno muestra coraje él se retira a su hueco. Vamos a subir. No tenemos que salir, acuérdate de la otra puerta que comunica con la escalera, por aquí. ¡Mira, igualita!, aunque sucia. ¿Te acuerdas cuando limpiábamos los sábados los escalones? ¿Cuántos eran? Tantas veces que los contamos al bajar al colegio, saltandito. Veinte... un descanso, el primer piso. Veinticinco, otro descanso, nuestro piso. No te amilanes, ven. ¿No entiendes que no debemos escapar? Tenemos que llegar hasta el final, recordar hasta el último rincón. Entremos al primer piso. Las dos puertas, una diagonal a la otra, como si abriéramos las manos quedando unidas por las muñecas. Empujemos. ¡Las ventanas! ¿Te acuerdas? ¡Cuántas veces soñamos que nos caíamos por ellas! Demasiado bajas, nos dan por las piernas. No voltees, mira bien, nos dan por la cintura. Ves como en los sueños se exageran las dimensiones, por eso nos caíamos en los sueños; papá nos lanzaba un hilo muy fino para sostener­nos, y nos subía, ¡qué alivio! Mira los cables de la luz; tan cerca del ventanal. ¿Te acuerdas cuando soñábamos que nos sosteníamos de ellos? ¡El aviso luminoso! no nos dejaba dormir con el tintineo de luz. Se encen­día abajo, detrás de la puerta de la fábrica. Tú lo hacías muchas veces, a mí nunca me mandaron; los muchachos iban siempre. Por la mañana papá lo apagaba. Es largo, desde el último piso hasta el primero. Y con los venta­rrones se estremecía rugiendo. ¿Será ahí donde se esconde el esperpento?

Mira el salón, aquí las mujeres envolvían los bocadi­llos y se cortaba el papel. Vamos al otro, por la otra puerta, tenemos que comparar bien las dimensiones; cada rincón, cada curvatura, cada elemento. Los mesones, donde las mujeres envolvían caramelos no están ahora, pero no hacen falta, se ve igual. ¿Te acuerdas de los cartoncitos para hacer los paquetes de sorpresa, y el palito de madera que forrábamos con el papel de volador? Se metía por uno de los extremos dejando el otro para las grageas y las sorpresas: un relojito, un anillo, un carrito, una metra; metíamos de a dos, para que al abrirlas supieran que era hechas por nosotras, las casi gemelas.

¿Te acuerdas del globo colgante donde se hacían las grageas, las almendras cubiertas de caramelo? Metían los maníes o las al­mendras y los hacían dar muchas vueltas mientras se iban cubriendo de caramelo. ¿Escuchas la algazara?, las mujeres están envolviendo; hablan todas al mismo tiempo. Unas cantan, otras lloran, otras ríen a carcajadas; cuentan sus penas, sus alegrías; de sus hombres, de sus hijos, de sus necesidades. Mira las bandejas de bocadillos de leche y de guayaba, y las galletas de soda para rellenarlas con la jalea en cuadrito. ¿Te acuerdas cuando hacíamos los paquetes de galletas rellenas? Tenían que quedar con el papel bien templado; le echábamos pegamento con la brocha y estirábamos hasta quedar bien pegadas las dos puntas.

Vamos al tercer piso. ¿Cómo que no quieres? ¿Qué es suficiente? ¡No, tenemos que seguir! ¡Vamos, arriba es donde está lo más importante! Es del tercer piso que nos lanzan escalera abajo. ¡Sube!, no mires hacia atrás de la escalera. Abre los ojos. ¿No será que la culpa la tiene el vértigo? A lo mejor no fueron los fantasmas. ¿Será por la escalera que nadie ha podido vivir aquí desde que nos fuimos? Sigue, no te quedes ahí parada como una estatua. ¡Ya vamos a salir! ¿Te acuerdas las veces que soñamos que la escalera se hacía interminable? Subíamos y subíamos y nunca llegábamos al tercer piso; el descanso estaba siempre lejos. Nunca nos acercábamos lo suficiente, pasábamos toda la noche subiendo y nos despertábamos cansadas, transpi­rando y, con mucha sed de tanto llamar a mamá para que viniera a ayudarnos a terminar de llegar. Mamá aparecía vertical en el rellano de la puerta, su piel era azul grisáceo, y demasiado adherida a sus huesos. Se hacía a un lado para que pasáramos; pero, cuando ya íbamos a entrar, la puerta se hacía un punto muy lejano, casi una avenida interminable; entonces rodábamos escalera abajo, caíamos a la acera de enfrente. Acuér­date que la escalera comienza en la calle.

¡Sigamos! No, no voltees, sube conmigo, tenemos que despejar la pista para la cordura. Empuja la puerta. Viéndolo bien ¿no te parece que la culpa la puede tener esta puerta? Fíjate, está justo al terminar el último escalón. Quienquiera que venga del tercer piso con apuro, nos puede hacer rodar hasta el último escalón. ¿Te acuerdas cuando soñamos que la puerta nos empujaba? Habíamos llegado hasta arriba y al intentar abrirla, nos lanzaba escalera abajo. ¡Mira! el piso de granito, de cuadros grandes negros y blancos. Ya no está como cuando lo pulíamos, nos quedaba brillante. ¡Mira el salón!, no es descomunal como lo pensamos de niñas.

¿Te acuerdas de la fiesta de tus quince años? Había un conjunto musical, casi una orquesta. Se acomodaron aquí, al pie de la escalera que va a la platabanda. Esa nunca nos asustó, ¿verdad? Nunca nos hizo caer. Tiene un ventanal hermoso, lleno de luz. Todavía oigo el Danubio azul, de Strauss. ¡Qué linda te veías bailando con papá! Después dices que no te quería, que no era bueno contigo. Y todos los reales que le hiciste gastar, porque la fiesta fue a todo trapo. Catorce damas del cortejo esperaban en nuestra habitación para salir a encontrarse con los catorce caballeritos que iban saliendo del cuarto de los muchachos, y esperaban con la mano extendida. Te rodeamos justo cuando comenzaba el vals El Emperador. Los trajes eran azules de tiritas y lazos. Tuviste que darme media botella de vino, mis pies se hicieron ligeros como los de Aquiles, mi carne se volatilizó y me transformé en Isadora Duncan. ¡Al carrizo el cuerpo! Parecías una rosa blanca, rodeada de catorce rosas azules. Parecía una fiesta de ricos. En eso te parecías al Rey Augusto, les gustaba lo mejor de lo mejor, mientras más caro mejor. Hasta saliste en la página de sociales. Y yo escondiéndome de las fotos, por pasjuata. Lo único que me faltaba era un par de gafas para parecer una maestrica pacata. Vamos a seguir, no vaya a ser que el fantasma nos enganche. Me siento bien en este salón, tiene ventanales, está lleno de luz y de armonía. Durante muchos años estuve buscando los valses con que papá nos dormía. ¡Qué alegría sentí al descubrirlos! Por la mañana nos despertaba con música venezolana, arpa, cuatro y maracas, los fines de semana nos ponía a Verdi. Le decíamos que nos dolían los oídos con tanta gritería. Los domingos, papá tocaba acordeón y mamá cantaba canciones italianas. Se veían felices, éramos felices. ¿Cómo que no te acuerdas? Tú siempre recuerdas lo malo.

Vamos a los cuartos, empecemos por el de mamá, el de allá. Todos los cuartos están en una sola hilera como un hotel. Este, que da a los ventanales del frente del edificio no me gusta, en mis sueños está cargado de gritos, ¿no escuchas? Creo que no tengo valor para entrar, hay algo, no sé. Hay un vocerío suspendido de las telarañas, entrecruzados con algún acontecimiento. Me flaquean las piernas. Cierro los ojos y veo adentro, la cama, las mesitas de noche, la peinadora. Pero, hay algo que no sé explicar, es como si ese cuarto del tercer piso no tuviera la pared que da hacia la calle y uno pudiera caerse. Como si estuviera envuelto en una niebla extraña. Nadie murió aquí, fue en la otra casa, pero los difuntos rondan sus cuartos. Tal vez vinieron a recapitular como nosotras. ¿No oyes? Papá y mamá están orga­nizando nuestro futuro, la abuela no está de acuerdo. Mejor sigamos para otro lado, esto se pone feo. ¿Sabes qué pienso?, que cuando dormían aquí, ya habían fallecido todos.

Éste es nuestro cuarto, justo al lado. Abre los ojos, desde hace rato te observo con los ojos apreta­dos. El otro, es el cuarto de Cola de Fuego, ¿o era éste? ahora dudo. Abre los ojos te digo. ¿Te acuerdas cuando Cola de fuego se fue de casa? Desde entonces comenzó la tragedia, ¿o fue antes? En esos días ellos se volvieron larva disecada, la abuela regresó a reclamar convertida en halcón negro. ¿Te acuerdas que todos decían que nuestra hermana fue hecha a imagen y semejanza de uno de sus gritos? Desde entonces este castillo se llenó de telarañas y vocerío. Nunca más volvimos a encerar el piso ni a limpiar las ventanas, era preciso que fueran opacan­do las risas. Había necesidad de un poco de penumbra. Mamá desamparó lo cocina, papá dejó quemar el azúcar en las pailas. Pero, yo creo que no empezó ahí, sino mucho antes; desde la cocción de los primeros ladrillos, o entre las arenilla del cemento. O tal vez mucho antes, cuando teníamos un solo ojo y éramos cíclopes, y Hera nos andaba persiguiendo para que Zeus nos engullera de un solo bocado familiar.

Mejor sigamos, este era el cuarto de los muchachos, cerca de la escalera problema. Aquí jugábamos damas chinas, ludo, barajas, roba montón, carga la burra, truco y retruco. El que más me gustó fue el monopolio. Compro cinco hoteles y cuatro casas. Retroceda diez espacios hasta el ferrocarril Caracas-La Guaira. Vendo dos hoteles. Quedé en bancarrota. Arca comunal. Adelante hasta el ferrocarril Caracas-Valencia. Retroceda tres espacios. ¡Oh Dios! caí en Prados del Este, ¿cuánto tengo que pagar? No me alcanza. Te vendo Colinas de Bello Monte, la plaza Morelos y la plaza Venezuela. Casualidad: Retroceda dos espacios. ¡My God! el Country; me arruiné. Coge los hoteles, los ferrocarriles y todo. No sigo, hoy no es mi día. El que no tiene suerte en el juego debería tener suerte en el amor.

¿Te acuerdas cuando le tapábamos los ojos a Cola de Fuego con el pañuelo para jugar la gallinita ciega? ¿Y aquellos sustos cuando empezaba a contorsionarse, danzando de manera extraña los pies y las manos? Al principio creíamos que era broma de ella, hasta que la vimos echando espuma por la boca. No sabíamos si quitarle el pañuelo o meterle la cuchara de palo entre los dientes, o rascarle los pies con el cepillo. Vamos al comedor. ¡Tanto tiempo! Casi no lo recordaba, ¿y tú? No es grande, pero siempre estaba lleno de comensales. Aquí está la comunicación con la cocina; es amplia y llena de luz. De largo a largo hay ventanas. Aquí comíamos. ¡Asomémonos!, como en aquellos tiempos. Busca la silleta, ¿tienes miedo?, yo también. Siempre hemos temido a las venta­nas y a los taburetes. Al principio nos asomábamos con auda­cia, luego con miedo. Tú también has soñado que nos empujan al patio de los vecinos de atrás desde la cocina, y que caemos entre los árboles quedándonos colgadas toda la noche, hasta que por la mañana nos descubrían al tender la ropa. ¿Recuerdas cuando veíamos desde lo alto a los niños jugando de mamá y papá? Hacían una casa con cartón, almohadas y sábanas y hacían cositas. Desde la cocina se veía todo. Oye, se nos olvidó asomarnos a los ventanales del frente. Dirigimos toda nuestra atención al cuarto de mamá y nos olvidamos del patio de la casa de enfrente. Ese, con muchos árboles y animales. E gallo no lo he podido olvidar, picoteaba bestialmente a una gallina en la cabeza. Llamé a mamá a gritos. Me explicó que eso era normal y que a la gallina no le dolía aunque corriera mucho para que no la alcanzara. Si no pasaba eso la gallina no podría tener pollitos. Mamá nos explicó que después que el gallo la picoteaba le daba fiebre y se acostaba encima de sus huevos para empollarlos; luego se rompían los cascarones y salían los polli­tos. ¡Tener que pasar por semejante fiebre para tener hijos! Sentí tanta aprehensión que estuve varios días sin querer jugar, hasta que le pregunté a mamá cómo entró la semillita de papá en su barriga. Me dio unas explicaciones científicas comprensibles, pero yo le insistí que cuando papá le volviera a poner la semillita, me avisara para ver cómo lo hacía. Y sabes qué me dijo mamá, que ya no tenía más, que se le habían agotado. Años después, vi el juego amoroso de los gatos. La gata, melosa restregaba su lomo en la caja de refrescos. En sus ojos había como una extraña indiferencia, De pronto, con toda su bestialidad demoníaca, el gato se abalanzó sobre ella, mordiéndole el cuello, inmovilizándola de la manera más cruel por veinte minutos. Ella maullaba desgarradoramente. Yo quería matarlo, pero estaba en casa ajena. La dueña se esmeraba en tranquilizarme con una infusión de toronjil, explicándome que era normal y que la gata estaba más que contenta. No lo quise creer hasta que al cabo de dos horas reinició el ronroneo amoroso incitándolo al juego anterior. ¡Oh, no! A quien hay que castrar es a la gata, ¿cómo es posible que no se haga respetar, y que acepte por segunda vez a esa bestia de gato?

¿Te acuerdas Remolino de aquel hombre que cuidaba el solar de enfrente? Le teníamos miedo. Cuando él andaba por ahí nos apartábamos rápido de la ventana; llevaba un gallo o un gato por dentro. Con razón nunca me gustaron las peleas de gallos. Menos mal que después vino el cortejo del palomo con la paloma. Él, todo un caballero, gentil, tierno; danzando de manera muy distinguida, como si le dijera: Anda, dime que sí. No, ya le dije que no; ella toda coqueta y arrebolada. Anda, no seas pretenciosa; no ves que estoy a punto de sucumbir en el oleaje de la intranquilidad; ninguna paloma podría suplir la pasión que tu timidez esconde. Ay, no insista, señor palomo, ya le dije que... recuerdas

¿Recuerdas los carnavales? Desde aquí se veían todas las carrozas y nos tiraban caramelos. ¡Figúrate, los mismos que envolvíamos la noche anterior! Esas fiestas se acabaron, se fueron con papá. Mejor… ¡tantas desgracias! La gente se golpeaba, se acuchillaba. ¿Te acuerdas cuando fuiste reina, no quieres acordarte? Pues tienes que hacerlo, ahí puede estar el fantasma. Después que te pasearon en la carroza por todas las calles y te sentaron en el trono —todos suspiraban por ti— afuera a papá le metieron una pico e’loro, desde el estómago hasta la espalda. Alguien le dijo que el Rey de Fantasía estaba peleando. El muchacho tenía un tubo, papá se metió a separarlos. El otro papá se tiró casi con los ojos cerrados acuchillando a papá. Cola de Fuego fue la única que se lanzó a defenderlo. No le importó que se le levantara la falda, ni la sangre que manaba de su brazo herido. A mordiscos hizo que el hombre soltara el arma. Y se acabaron las fiestas de carnaval, se murió la risa del pueblo. Los caramelos (los carnavales) se convirtieron en signo de desgracia.

¿Seguimos a la azotea? Ya no vale la pena ¿verdad? Arriba nace el sol, nuestro aliado. De todas formas subamos. No podemos dejar ni un rincón sin visualizar. De lo contrario continuarán en nuestros sueños. Hay un sitio que recorremos en las noches de nuestros viajes, la terraza. Acuérdate que por ella fácilmente se pasa al edificio de al lado, el que está sin terminar. Sólo colocaron los bloques anaranjados a medio pegar. Cuatro pisos de bloques desnudos, con una escalera sin terminar. Entre ese castillo y el nuestro no había más separación que las platabandas. En los sueños saltábamos el muro y descendíamos por la escalera oscura del lado de allá. ¿Por qué será que ese castillo nunca lo encalaron? ¿Será que los dueños se quedaron secos preparando cal? Ahora que lo pienso bien, estoy casi segura de que los fantasmas vienen de allá...

También hemos soñado que mientras bajábamos por esa escalera el edificio se venía abajo, ¿recuerdas? Mira los bloques enmohecidos, impresiona el abandono. ¿Recuerdas a nuestros vecinos? Flacos de hambre y tristeza; como nuestros fantasmas. Nunca permanecían en un trabajo, en cualquier negocio que emprendían fracasaban; les iba mal. Uno de ellos era gordo, de estómago, las piernas y los brazos parecían fideos. ¡Y cómo golpeaba a los niños!, al mayorcito especialmente; pobre, parecía tarado de tanto garrotazo. Lo peor era que pasaba el día en una silleta de cuero, mirando cómo se iba enmoheciendo la tarde; sordo y mudo frente al vaivén cotidiano. Mejor nos vamos, ya estoy sintiendo los débiles quejidos del muchachito, como si en vez de boca tuviera eco en los moretones. ¿Nos regresamos a nuestra platabanda? Ya no podemos detenernos ni echar para atrás. Esta escalera no es recta como la nuestra. Se va cerrando en la oscuridad a medida que descendemos. Mira qué miseria, cuántos cuartos, como fosas vacías, sin las maderas de las puertas y las ventanas; herméticas, como cajones. ¿Por qué? ¿Se quedarían los obreros encerrados entre el cemento y los bloques? Mejor seguimos. Mira, utensilios de cocina que deben tener unos cuantos años sin ser usados. ¿Te huele a cementerio, croar de huesos, lamento de almas? Con razón ni siquiera el fisco le ha echado el guante; y a nuestro castillo en ruinas, menos.

En el pueblo se comenta que las dos familias están enterradas en los pisos, o entre las paredes sosteniendo los muros, haciendo de columnas.