Desprovista de imágenes

Siento desprecio por mí misma. No me quiero. No me acepto. Ni siquiera mi nombre. No sé cuándo reír. Sonreír es mi gran conflicto. ¿En qué momento? Cuando papá murió, reí hasta ser golpeada. Cuando mamá, perdí la memoria y su rostro.

He pensado repetidas veces en la ausencia de normalidad. En el comportamiento de las chicas de diecisiete años. Los vestidos, accesorios, zapatos, peluquería. Mi hermana ensayando la perfecta forma de caminar de una señorita: un pie delante del otro, siguiendo la línea del recuadro del piso de granito. La primera, en la cuadra, a la moda. Como el valor de poner la cabeza sobre la mesa de planchar; sacrificio en aras de un bello pelo liso. Yo admiraba su valor, mi gran necesidad

 
 

Me gustaría que alguien acertadamente me dijera qué hacer, cómo, en qué momento, dónde. Tampoco sirve. Soy poco moldeable. Me he guiado por intuición, instinto tal vez.

—¿Le parezco demasiado complicada, padre Azursa? ¿Quiere que le cuente mi infancia?

Es triste, no recuerdo nada, absolutamente nada. Me duele. Es como haber nacido por generación espontánea. He tratado de volver, alimentarme de ella. No pude. Me es difícil bañarme en los sonidos familiares. No recuerdo los rostros más cercanos, los vecinos, mis compañeros de escuela, de liceo. Nadie que cuente de mí cuando pequeña. En mi esfuerzo por atrapar el tiempo anterior, he comprendido el valor de los abuelos y la necesidad de largas existencias.

Cuando se ha llegado a cierta edad hay necesidad de escuchar; vuelco al pasado que no se fijó a profundidad. Hay momentos, soledades, en que surge la infancia como una sombra, y el deseo de aclararla nos fustiga. ¿Siempre fue así? ¿Qué pasó? ¿Por qué los desencuentros con los afectos, la ira, los maltratos con la palabra y los gestos? Los que se me acercan están igual o más desorientados.

Siempre un andar sola, tragando libros, algunos ni siquiera los digiero. Lo urgente es mantener la mente en la dimensión del equilibrio, como si fuera un salvoconducto. Me compenetro tanto en los personajes que me olvido. En las noches hay elementales que no duermen. Se ensañan conmigo. Comienzan preguntando quién soy, por qué vivo, para qué. Permanecen hasta el amanecer, instigándome a la locura. Tengo que levantarme, sudada, a encender la luz. Los libros están ahí, fieles. Empiezo a viajar. Cuando tengo serenidad en los latidos me miro en el espejo con la esperanza de hallar el retrato de mi primera comunión.

Desprovista de imágenes, sin memoria, sin el tiempo que corre apacible en los parques, me voy haciendo de pedacitos de historias olvidadas. Un vegetal en espera de la lluvia del sol. Con la raíz extendida hacia el vientre de la tierra, de realidad aparente; rogando un poco de luz y un poco de sombra. Cada vez mi laberinto se hace más profundo y la transposición de mi generación me llama. ¿Dónde el grito contenido, el silencio, la sonrisa practicada ante el espejo, la pureza cuidada con esmero; el cuerpo y su velo amarillo? La voz… casi un susurro, un suspiro; los ojos… apagados, sin brillo.

—Doctor, ¿debo ir a un psiquiatra, un psicólogo, tal vez? Quiero salvarme. Una sombra a mi costado izquierdo me señala el abismo. Me golpea. Me toma de la mano y me dejo llevar. Y no protesto.

Algo me detiene. ¿Premonición? Más que darnos es aceptarse. Algo más allá me espera. Algo grande y hermoso. Más allá de las colinas de nieve. Deseo ir hasta ese tiempo, apurar estas horas para beber el néctar que me será ofrecido; me iluminará el rostro desde una mirada profunda y amplia. Un caminar erguido. Un tiempo de seguridad en la palabra y en el gesto. Un saber discernir el devenir.

Estoy confundida. Todo sale de las mismas certezas noveladas. No tengo otra mirada que esta compleja distorsión. Es mi verdad de ahora. No puedo ser distinta a la oscuridad de mi sol interior.

Hay seres transparentes, mensajeros de sosiego y equilibrio. Los he visto pasar, los he seguido de reojo. Sin notarlo, me han hecho cavilar sobre la existencia de otra verdad distinta a la mía. Me han hecho descender a mi propio laberinto en busca de otra posibilidad. Buceaba en mi interior, cabizbaja, cuando observé a unos jóvenes que se expresaban, con propiedad, de la vida. Llenos del inquieto sosiego de la sabiduría, hablaban de cambio y transformación; de presencia y permanencia.

Era la época de la izquierda cristiana, de la Congregación Mariana, de las reuniones en “Jericó” donde se sacaban en esténciles los comunicados y se discutían las lecturas. Eran tan jóvenes, no llegaban a los veinte. Yo los observaba en silencio y los seguía. En medio de una profunda seriedad sonreían. Sus ojos brillaban como los del anciano que había cruzado a nado el lago azul adolescente. Después de conocerlos ya no podía seguir siendo la misma: complicada, preocupada por conflictos ficticios. Mientras ellos, en medio de sus necesidades económicas más elementa1es, se afligían anhelantes por una sociedad distinta, por un hombre nuevo, germen del nuevo mundo. Desde sus pocos años, discernían sobre la vida cotidiana. El padre Azursa escuchaba. Afuera la droga se paseaba incitante, carcomiendo a los adolescentes.

Desde entonces, asocio sonrisa y trabajo con mundo interior. Y me propuse construir mi propia barca para explorar desde el centro mismo de las aguas. Así me encontré al padre Azursa. Él me escuchó paciente, noche tras noche durante la restauración de mi adolescencia, hasta que le di muerte nombrándolo. Ya no estoy segura si alguna vez percibí su voz: El ser necesita escucharse. A medida que se escucha, encuentra lo que sólo él sabe anda buscando.

Desapareció el padre Azursa, lo enviaron a una tierra lejana, tal vez donde no hubiera jóvenes con las mismas inquietudes “insurrectas”. Existía el peligro de que inventaran una nueva religión, donde Dios bajara de su pedestal y se sentara en el suelo con nosotros, a discutir cómo despertarnos de nuestras interminables quejas, incertidumbres, dudas. Los ideales, ya surcos, se dispersa­ron en busca de otras vías donde arraigar. Conmigo quedó un nombre cargado de sentido, sin rostro, sin voz.

De la mano de Siddhartha intenté otras exploraciones. Configuré nuevos Maestros con infinitas voces. Desde entonces me desdoblo en todas las voces que me van llegando. Pregunto por mí y todos contestan: Está en la barca todavía.