Después del despertar

¿Quiere que le cuente lo poco que recuerdo, padre Pepe? Es maravilloso, estoy metiéndome en mi infancia. Era miedo lo que tenía. De pronto surge como la luz de una casa perdida en el bosque.

Morris vivía cerca de la plaza, en una casa con patio interior con piso de barro duro. Alrededor se disponían las habitaciones. Un cuarto permanecía cerrado. Era el laborato­rio del padre muerto. Despertaba un mundo de fantasía y misterio. La madre, dulce y conversadora. En este momento creo ver su rostro, es de los pocos que me acompañan. El de Morris se me ha hecho imperceptible. Me queda su cara roja, su bicicleta, su cuerpo robusto, un poco su voz.

 
 

Poco recuerdo del padre a pesar de que el hijo hablaba de él con veneración: ¿un químico?, que le había dejado una máquina de producir jugo de naranja sin naranjas. Cuando la patentara obtendría jugosas ganancias. Teníamos que casarnos pronto. Su mamá estaría pronto muy mayor, necesitaría quien la acompañara mientras él trabajaba en los experimentos; además, precisaba que le hiciera la comida.

Pensativa, miraba la silla donde tenía que montarme para lavar los platos; sería preciso acercarla a la cocina. Sentía ya salpicar el aceite en mis pies. De todas formas comencé a interesarme por las comidas que preparaba mamá. Compré un gordo cuaderno, lo forré y le puse en letras grandotas: Recetas, 1960, Laly. Creo que él tenía doce años, yo nueve. Habíamos hecho un pacto juntando la sangre de los dedos meñiques: ¡Hasta que la muerte nos separe! Ni la muerte, decía Morris. Iba a preparar una sustancia que la impediría.

Tendríamos siete niños. Uno de pelo castaño ojos miel, doctor. Otro ojos verdes, policía. Otro de pelo negro, misionero. Otro, pelo rizado, bombero. Y tres hembritas gemelas, piel canela, ojos verdes, pelo castaño; una, bailarina, otra, cantante y otra, estrella de cine. Por las tardes nos sentábamos en el sofá grande, los pies me quedaban colgando. Nos poníamos a mirar revistas de labores y decoración, de mi hermana mayor. Nos transportábamos a jardines de ensueños. Lo invitaba a cerrar los ojos y sentirnos dentro de las estampas. Después nos contábamos lo que habíamos vivido.

En esa época se decía que el Cometa Halley volvería. Esta vez caería en nuestro pueblo. Ahora es una ciudad grande. Con su humor de siempre, Morris comenzó a pensar rápidamente en cons­truir un colchón que al apretársele un botón subiera hasta la luna. Allí haríamos una casita de madera y sembraríamos frutos y hortalizas

Después del despertar noté que Morris no era como el muchacho de las películas mexicanas. Las monjas del colegio tapaban los besos y los abrazos, pero los domingos íbamos al cine Atlas o al Rialto. Cuando cumplí diez años me dio un beso sonoro en la mano. Como un caballero de la Corte del Rey Arturo, inclinándose me dijo: Mi reina, un año menos para nuestra dicha. ¿Será eso pecado? ¿Y por qué mis padres se reían de las ocurrencias de mi “novio”?

Pensar que la más pequeña se nos va primero.

Mira que eso empaba, replicaba mi hermana mayor.

Mamá, que acostumbraba a explicarnos muchas cosas, nun­ca mencionó que fuera malo tener amigos o novio. Yo siempre hacía preguntas. Esta vez aumentaron mis dudas. Mamá me explicó que cuando se es niño no se siente la necesidad física de abrazar y besar.

—Para comunicarse es más importante la palabra, al gesto. Además, un hombre y una mujer se besaban para tener hijos.

—No, mijita, ahora sí que no entiendo ¿Quiere decir que si Morris me besa empiezo a tener los siete niños?

—Lo que debes saber es que sólo los que se casan como Dios manda, pueden tener intimidades, ¿entiendes?

—Mamiii... Y... si no se casan... ¿los castiga Dios?

—Eso es lo que nos han enseñado.

—¿Quién?...

—¿? ...

—Mamiii... ¿es… pecado... mortal… o venial?

—Mortal.

—Y... la penitencia, ¿es muy... grande? ¿El... infierno...?

—¿? ...

—Mamitaaa... ¿las niñas chiquitas como... yo... pueden... tener... niños?

—No.

—¿Entonces por qué el señor cura creyó que yo podía tener pecado tan mortal?

—¡Ya cállate! Ninguno de tus hermanos ha sido tan preguntón. Acuérdate que el silencio es de las almas prudentes y sabias.