Doña Elisa y su audición de amor

Capítulo 1

Doña Elisa, honorable dama de la ciudad, acaba de abandonar el espacio mágico de la vida a la ansiada edad de los ochenta. Antes de morir envió por mí. Lúcida, en su lecho de muerte, tomándome las manos con sus últimas fuerzas, me dijo: La llamé porque vi su anuncio en el periódico. ¡Mire, aquí está! Lo recorté de inmediato: Se buscan vivencias extrañas, paranormales, absurdas, tormentosas, irrepeti­bles; historias de amores imposibles como argumentos para hacer literatura. Me pidió que sacara de su mesita de noche varios legajos de papel atados con dos cintas de raso: una delgada roja y otra ancha blanca.

 
 

Como el amor, me dijo, normalmente predomina el rojo, pero en mi caso, como ve, es lo contrario.

Los primeros atados, carcomidos por el tiempo, corresponden, uno a su infancia y adolescencia hasta los veinte años cuando contrajo matrimonio: comienzo y razón del tercer legajo que concluye con la muerte de su marido.

Murió cuando apenas empezaban mis cuarenta años, cuando más se necesita de un compañero; especialmente si no se tienen hijos, sino veinte años de recuerdos buenos y malos compartidos con equidad. En el matrimonio se entreveran cintas de todos los colores. A las rojas y blancas se intercalan las marrones, las grises, las negras y, hasta las naranjas- fuego cuando comienzan las palabras a enrojecerse de ira y salpican espesas gotas de incomu­nicación. Algunas veces cuando cae la noche la cinta roja empieza a tejerse en torno a los dos cuerpos; al día siguiente, la cinta blanca iza su bandera, minimizando el orgullo y el desamor.

En el otro cartapacio, continuó Doña Elisa, están mis otros cuarenta años. Es ése el que quiero que lea primero. Estoy segura que le sabrá sacar provecho. Soy una escritora frustrada. Describo mi vida desde que tengo uso de razón. Lo anoto todo desde entonces. Hasta los hechos aparentemente intrascendentes, como el saludo de alguna persona no recorda­da al momento y que después desencadena recuerdos tácitos que se olvidaron apresuradamente, por algún inconfesable temor. Todo para mí fue y sigue siendo importante, incluso la más insulsa conversación con el verdulero, a lo mejor nos amamos en otra vida. Todo ese trabajo lo pongo en sus manos. Es mi herencia. Lo único que atesoré a lo largo de mis ochenta años.

­­Como puede ver, dijo haciendo un alto para tomar aire, viví con modestia. Por eso quedó tiempo para mí. Siempre fui práctica. ¿Para qué acumular objetos que después hay que quitarles el polvo; o dinero que quite el sueño por temor a perderlo? Con la pensión me bastó para una buena ración de comida, y una taza de café siempre humeante al lado de mi máquina de escribir. Mi única manía ha sido cambiar las sábanas todos los días. Placer indescriptible acostarme en una cama olorosa y fresca. Mi lujo ha sido el jabón y un poquito de agua de colonia que ponía detrás de mis orejas al acostarme.

Este último manojo, señalándolo, está divido en cuatro partes. Cada uno abarca diez de mis últimos cuarenta años. El destino quiso hacerme ciclos decenales. Cada década algún suceso daba un vuelco a mi existencia, comen­zando espontáneamente con un cambio en el color de los cabellos. Lo más extraño es que se daba una total mutación en mis gustos y disgustos, en mis anhelos y deses­peranzas, en la forma de utilizar el tiempo y los espacios. Lo único que nunca varió fue el hábito de escribirlo todo. En mis primeros años fui apasionada de los cuentos de hadas. Era, en mis ensueños, una de las heroínas y siempre quedaba con el extraño mendigo hijo del rey, o con el príncipe hechizado en el glamoroso gusano que me servía de brazalete. De los diez a los veinte años devoré las novelas rosa de Corín Tellado, trampolín para los clásicos que comencé a leer en soledad mientras escuchaba música. En un año ya podía distinguir a Strauss de Beethoven, a Liszt de Chopin y Mozart, a Shubert de Shumann, a Wagner de Brahms y a Johann Sebastián Bach de Carl Philipp Bach.

A los cuarenta me quedé sola, completamente sola. Nada perturbó mi silencio y mi soledad. Me dediqué a leer libros de orientación filosófica y de teosofía. Leí los tomos de Madame Blavatsky, Leadbeater, Yogananda, Ramacharaka, Ramakhrisna, Annie Besant, Ous­pensky-Gurdjieff, Paul Brunton, Hermann Hesse, Krishnamurti, Carlos Castane­da, Kierkegaard, Heidegger, Freud, Jung; el San Francisco de Kazantzakis, el San Martín de Porres de las Ediciones Paulinas, las Teresas Santas, San Juan, Clímaco, Casiano, Lutero, San Ignacio de Loyola. Entre los que vienen a mi memoria después de casi treinta años.

Así fui navegando por las religiones orientales y occidentales y pude entender la humana diferencia entre el Budismo Zen y el Budismo Tibetano; entre el Catolicismo y el Judaísmo.

Entonces, continuó, haciendo una extensa pausa, igual que le sucedió a Siddhartha, elegí ir al ruido del mundo, empaparme del festín mundano, del smog y del corrientismo populeo. Justo a los cincuenta años, cambié al librero todos los libros esotérico-místicos por las últimas novelas del boom latinoamericano. Se despertó en mí un ansia nueva, maravillosa, de vivir y sentir. No podía pensar en casarme. Comenzar por ahí no me entusiasmaba; aunque algunas veces estuve tentada de escribir al “Correo del Amor”. Sabía lo que era compartir los días con alguien. Por mucho amor, desajusta el desorden incontrolable: la pasta de diente apretada por el medio, desbordada por el lavamanos; colillas de cigarrillos esparcidas dos minutos después de haber limpiado; soñar que estamos dentro de una nevera mientras él, o ella, está arropado con nuestra parte de la cobija…

Una noche, continuó Doña Elisa bastante fatigada, se me ocurrió acostarme con el radiecito debajo de la almohada. ¡Figúrese!, yo, que siempre he sentido alergia a las propagandas y a las voces estrepitosas. Durante dos horas estuve escuchando un programa de música romántica: La noche y tú. El locutor debía estar perdidamente enamorado, y de un amor imposible. Enviaba mensajes secretos anunciando canciones. Y con ellas mismas se podía desentrañar la ilación de un sentimiento de alto nivel de intensidad. Desde entonces soñé que era yo la causa de tal denuedo. Cada noche asistía religiosa­mente a mi cita de amor y decodificaba cada palabra, cada frase, cada canción. Hasta escuchar sus propagandas turbaban mi ansiedad. Aquel aparato tan pequeño, aquella voz inconfundible, aquellas canciones románticas, fueron alimentando mi cuerpo y mi desasosiego. Me sentí rejuvenecida. Procuré no mirarme en el espejo: mentalmente conmigo persistía el rostro de mi adolescencia. Vehemente, como una quinceañera en su primera ilusión, contaba las horas que faltaban para escucharlo y, como una novia todavía con el olor del bouquet de azahar, me instalaba perfumada en mi cama, con la voz amada. Algunas veces sentí la tentación de ver su rostro aunque fuera de lejos, pero temí desilusionarme. Su imagen era la del amor y eso ya era bastante.

Cada día, en respuesta a sus mensajes amorosos yo escribía cartas y poemas de amor. Allí en ese legajo están. Puede leerlos y publicarlos si lo cree conveniente. Ya le dije que son suyos. Esa audición de amor sólo duró cinco años. Los últimos programas eran desgarradores. Percibía la estaca hacien­do de las suyas en el corazón de Alcides, el locutor. Una honda pena acongojaba a este hombre enamorado. En la víspera del fin de su programa radial repitió varias veces Adiós Mariquita linda, y Vaya con Dios, en versión de Nat King Cole. Y en verdad, las campanas del desamor sonaban tristes.

Cómo las recuerdo, a pesar de tantos años transcurridos: Se llegóoo el momento yaaa de separarnos. En silencio el corazón dice y suspira. Vaya con Dios mi vida, vaya con Dios mi amorrr. Las campaanas de la igleeesia sueeenan tristes y parece que al sonar tambiénnn te dicen: vaya con Diooos mi vida, vaya con Diooos mi amor. A donde vayas túuu yo iré contiiigo. En sueños siempre junto a tiii eestaré. Mi voz escucharás dulce amor mío; pensando como yo estarás, por siempre en el ayer...

Al día siguiente lo encontraron sin vida. Tirado en su lecho de soledad. Abraza­do a una agenda colmada de cartas de amor nunca enviadas. Sin destinatario. En un pequeño grabador tenía una cinta con las mismas canciones, repetidas como la angustia martillaba su alma atormentada: Adiós Mariquita linda, ya me voy porque tú ya no me quieres como yo te quiero a ti… Ya me voy para tierras muy lejanas y ya nunca volveré. Adiós vida de mi vida, la causa de mis doloooreees, el amor de mis amores, el perfume de mis flores para siempre dejaré.

Cuánto lloré su muerte… Fue el fin de mis citas de amor, de mi quimera. El fin de una voz dulce, de un ser sensitivo, hermoso, que pudo hacer feliz a cualquier mujer. Fui a su entierro, lloré en su tumba. Hasta me sentí culpable por no haberle confesado la atmósfera de ensueño que había moldeado en torno a su concierto de amor. Tal vez se hubiera burlado, o disgustado; también pudo haberse reído, sentirse importante. Se hubiese aferrado a la espera de otra oportunidad al amor.

Durante un tiempo estuve deambulando dentro de mí buscando un nuevo aliciente que me sostuviera. Recurrí a las novelas policíacas de Agatha Christie, a la Billo’s Caracas Boys con su “Quisqueya”, que me mataba de muerte lenta y gozo. A “Mi puerto cabello, pedacito de cielo...”, de Ítalo Pizzolante. En especial los boleros de “cortarse las venas” de Felipe Pirela: Quisiera abrirrr lentamente mis venaaaas, mi sagreee toda verterla a tus pies... O los desgarros de vísceras del corazón estomacal, que recordaban el primer baile cuando el chico que más nos gusta no nos saca a bailar. Desgarradura sazonada, de cuchillos atravesando en gozo el vientre: Afuera es noche y llueve taaanto, quédate siempreee me dijiste, hoy tu mirada es como un manto, un manto tibio de amistaaad. ¡Ay! mi Felipe querido... cuánto te lloro todavía. Es que eso de enamorarse es un dolor artístico, un ir punzando el bronce para dejar salir el rosal con sus ramas, y sus espinas lamentablemente.

No obstante, Felipe no me ayudó, definitivamente, a combatir la inercia vital que me abatía. Tuve que apelar a los Cantos Gregorianos para salir de las euforias orgásticas de la piel sin baile, sin piel.

En una de mis tantas caminatas noté que un cincuentón me seguía. Más joven que yo, imagínate. Me esperaba casi todos los días cerca del portón, aprovechaba cualquier oportunidad para demostrarme su caballerosidad y admiración con una sonrisa de busca-compa­ñía. Yo me hacía la distraída. No era eso lo que ansiaba. No podía imaginarme viviendo un romance a mi edad: sesenta años. Y sin amor, ni pensarlo. Siempre tuve miedo de enamo­rarme, por eso de que las ramas vienen con sus espinas incluidas. Miedo de sentir ese dolor físico en medio del pecho. Como si me clavaran una estaca y anduviera con ella para todas partes y me acostara y me levantara con ella clavada, y todo el mundo se diera cuenta. Por eso preferí el amor blanco, intelectual, romántico; de profundas soledades. Al menos ese nadie lo nota. Es una herida que va sangrando de a poco por dentro. En el fondo, en el fondo de todos los fondos... más bien sangro por la llaga abierta, como una cañería que nadie usa por miedo a que después quede goteando dolor.

Tenía que encontrar urgentemente otra voz que me ayudara a sobrevivir. Estuve buscando en varias emisoras, deseando que se inventara algún otro medio donde pudiera escribirle a alguien y leerlo al mismo tiempo; sintiéndonos, escuchándonos. Quizás hasta viéndonos desde nuestras soledades. Al cabo de un mes encontré una nueva audición de amor, menos intensa que la anterior, pero desbordante de mensajes secretos; aunque poco evidentes a simple oído. Volví a sentir la ansiedad de la espera de las horas. Volví a sentirme causa y efecto del amor. Un día, pronunció mi nombre, qué dulce en su voz: Para ti Elisa este “Concierto de Amor”. Dos lágrimas corrieron por mis mejillas, mientras escuchaba a Richard Clayderman interpretando Para Elisa, de Beethoven. Estaba segura de las casualidades en mi destino, pero mi fantasía insistía en que no había otra Elisa en el corazón del locutor de mi audición del amor.

Comencé de nuevo a escribir. Cartas y poemas fluían del manantial de mi desvarío. Ahí en los pliegos están. Nunca fui capaz de destruirlos. Fui extremadamente fiel a mis sentimientos. Algunas veces sentía indiferencia en el locutor, o no había recados amorosos. Otras veces dureza en la voz admirada; entonces mi sensibilidad se encogía, no encontraba palabras para nacer más cartas. La mayoría de las veces era suave, tierno, como cuando enviaba los mensajes en clave y las canciones eran todas románticas:

Dedicado a la persona que amo. Qué se puede hacer con el amor Sin ti Qué voy a hacer con los sueños Una canción Para ti Elisa Extraño Matrimonio de amor Sé que me escuchas Pienso en ti Piensa en mí Los impulsos del corazón Nos encuentran Nos vemos Nos alejamos Adiós Historial del amor No me dejes Las hojas muertas Revive el amor El amor es una cosa esplendorosa Aquí se habla en amor Para Elisa Mi querencia Regresa No me dejes nunca Te quiero tanto Ámame tiernamente Amémonos Sin verte te adoré Dale un tiempo al amor Por amor Para mí es algo más Historia de un sueño El amor te hace linda Como violetas Soy el último ro­mántico Lisa la de los ojos azules No importa si son aguarapaos Si te vas Madrigal Te espero La fuga del tiempo La hora azul Piensa en mi Mujer abre tu ventana Te regalo mis ojos Mi voz Pequeño gran amor ¿No notas que estoy temblando? Ámame Qué pasará mañana Cuando despierte fantasía Cuando tú no estés Puente sobre aguas turbulentas Temo tu olvido Si pudiera verte Aunque sea un instante Caballo viejo Uno no se da ni cuenta El carutal reverdece guamachito florece La soga se revienta El corazón se le desgrana Si pudiera escucharte Una eternidad Me lo dijeron tus ojos Esta mañana Cuando nos encontramos Por casualidad Cuando me diste la mano Dónde estás Por qué tardas Ven Te necesito Fantasía de amor Aunque no te llame Te amo te amo.

Como en todo matrimonio de amor, mi espacio radiofónico se fue enfriando. La voz se hizo cada vez más insignificante, menos impresionable. Se acabaron los mensajes secretos, la seducción. Las canciones románticas fueron sustituidas por música-disco, rock y salsa, especialmente esta última anunciada a gritos, lo que distaban mucho de mi sensibilidad. Seguramente mi amante enamorado, o el muchacho de los controles (el musicalizador como le dicen ahora) que parece ser quien selecciona toda la programación, al llegar a su casa encontraba la comida calientica y a tiempo, y las pantuflas cerca de la puerta. Ya no necesitaba mandar claves misteriosas; tendría la certeza de encontrar siempre la puerta entornada.

Como un pajarito sin árboles me fui entristeciendo. Comencé a sentir mi piel marchita y arrugada. Enfermé de soledad, pero sospeché que la muerte demoraría largo rato. Entonces me sobrepuse. Ahogué la radio en la tina del lavadero, me conseguí una pareja de Pekineses y, viéndolos reproducirse, se me fueron los últimos años, compartidos con el retorno a la preocupación ontológica, al igual que en Siddhartha. Mi vida, desde entonces, transcurre en absoluto silencio, observando simplemente la película ya vivida. Ni siquiera la música clásica tuvo cabida. Como ve, preparo el terreno para aceptar, sin resistencia, el eterno absoluto y la próxima eterna claridad.

Llévese los legajos, son suyos. Si usted cree conveniente quemarlos, hágalo. No se sienta obligada conmigo. A cambio le pido que después del próximo año, para la fecha del aniversario de mi muerte, se concentre en mi nombre y mi rostro. No después de las cinco de la mañana y habiendo ayunado el día anterior. Yo tendré dispensa para ese entonces y podré acercarme a su nivel mental. Cuanto viva, por favor, escríbalo para completar las páginas en blanco. Después, la memoria formará parte de las tantas ilusiones, y yo pasaré al plano de las alucinaciones, de esas extrañas impresiones que dejan sabor de autenticidad.