En una humareda negra

Cola de fuego me llevaba nueve años. Hubiera querido tenerla en estos momentos, sólo de día, para abrazarla y viajar desde sus vivencias hasta nuestros primeros años que se me hacen borrosos. Su vida fue como la de los poetas malditos. Toda ella era lava hirviente. Nació con una cola de fuego larga; escaldaba a quienes la mirábamos en sus contorsiones dolorosas. Tal vez por eso mamá murió tan joven. El horno de sus neuronas, en corto circuito permanente, la atormentó hasta los treinta y tres años. Como el escorpión, su signo, su propio fuego mordió sus entrañas carbonizándola. Yo le tenía muchos nombres: además de Cola de fuego, le decía Gallinita ciega y Dolorosa. Evocarla es entrar al mismo infierno al que debo tanta escritura.

 
 

En una de sus tantas agonías, que fueron mu­chas (la estuve velando toda la noche), me metí por el camino acuoso de sus ojos y le prometí ser ella para protegerla. No lo pude cumplir, su cola (en los últimos tiempos sobre todo) se interponía constantemente dando zarpazos, mientras yo danzaba (en mi mente) en espera de su sueño. Era hermosa, al estilo Corín Tellado: cutis de terciopelo blanco, pelo azabache largo y ondulado, ojos rasgados a lo Cleopatra, brazos bien torneados; cuerpo escultural, de diosa. Acostada se veía indefensa. Despierta era una leona en celo o recién parida (como cuando le quitaron sus cachorritos).

Toda la noche sostuve una de mis tantas luchas con la fe y el destino. ¿Por qué ella precisamente? ¿De quién era la culpa? ¡Qué fácil es descargar la culpa en alguien a quien pedir cuentas! Epilepsia de la más terrible, esquizofrenia progresiva. Después de aquella caída, de bebé... Como la Loca Luz Caraballo: calle arriba, calle abajo, con sus cuatro hijos descalzos, agarrados de su falda descosida, como una piñata con cuatro hilos muy flacos. No había forma de sentarla. Su necesidad era calle y aire, aceras donde caminar. Tenía que andar detrás de ella sin que lo notara, recogerla del piso y curarle las heridas. Luego había que salir corriendo antes de que despertara su cola de fuego.

Cuando éramos pequeñas, amorosa me mordía los cachetes y me hacía cosquillas en la barriga y me cantaba canciones. Cariños y mimos para la más chiqui de la casa. Por este camino anduvo la hormiga, como estaba lloviendo corrió hasta aquí. Y me hacía cosquillas debajo del brazo. Jugábamos al escondite con las luces apagadas. Ella aparecía con una manta, aullando como lobo; haciéndonos gritar con un susto feliz. Ya acostados pasaba su mano por encima de las sábanas, danzando sus dedos con distintas formas de animales o figuras, que nos acele­raban el corazón. Otras veces nos amedrentaba con el cuadro de las medallas de papá: una especie de serpiente con cinco gordas cabezas. Creo que eran los cinco aliados de la guerra. A cada grito nuestro, mamá corría, y nosotros le prometíamos, a Mela, no gritar la próxima vez y aguantar estoicamente mordiendo las sábanas.

Te vi pasar al otro lado de la vida. Quise detenerte, evaporarte en el éter que te consumía. Sublimé llevarte en el perfume de la tarde, evocarte en tus mejores momentos que fueron muchos.

¿Qué haces en el espacio intangible: flotas, miras, escuchas, sufres? Siento la opresión antigua de tu presencia. Temo cuando viaje… ¿estarás en la oscuridad, aguardándome?

Cuando vienes mi cuarto se llena de vapor sangre. Tengo que saltar para no gritar tu presencia de duende que camina con un padecer negro atado a la espalda. La expresión de tu rostro vuelto hacia mí, aún me tortura… empujándome a un precipicio.

Se fue como toda ella, ruidosamente, en una humareda negra. Si hubiera ocurrido un año antes, estaría sintiendo aún la misma opresión antigua de su presencia y el miedo terrible al sonido de su voz. Me reprocho ahora, en este momento, no haberla despedido.

Se fue pensando que no la quería. La consideré más que a los otros que los sabía anclados en puerto seguro. Le mostré indiferencia, es cierto, su mente desvariada confundía cariño con debilidad. Necesitaba una mano fuerte que la sostuviera. Creo que… en los últimos tiempos, no le dije que la quería; pero cuando dormía, la peinaba con ternura, la acariciaba como a un bebé.

Posiblemente nunca se dio cuenta de su demencia, de sus gritos, sus instantes de agonía que fueron mu­chos. Aquellos escándalos en plena avenida. Ni del sudor nocturno que me bañaba cuando llegaba a mi cuarto con la mente oscurecida, adusta, ceñuda, con los ojos como cuchillos, bus­cando mis nervios con las manos crispadas, exprimiendo mi serenidad. Con el rostro lívido en una sonrisa hipocondríaca.

No supo que estuve en su mismo camino, con la mente en blanco y la misma fatiga. No preguntó nunca por qué mis ojos amanecían abultados y rojos; por qué la tristeza mirando hacia arriba. Era mi adolescencia, la época de mirarme en el espejo. Permanecía largas horas de pie, de la cocina al lavadero. Por confidente tenía un delantal que enjugaba de cuando en cuando mis impo­tencias. Algunas veces mantenía largas conversaciones, no eran monólogos: mi fantasía recreaba verdaderos diálogos. Eran los momentos en que mi cuerpo se llenaba del combustible necesa­rio para seguir existiendo. De madrugada, cuando el silencio invadía el espacio, solía escribir desgarradores poemas. Tenía que destruirlos… quemaban.

Ella, la mayor, enferma del Gran mal; parte del tiempo lo pasaba durmiendo su sueño alucinante de barbitúricos. El resto, para mí interminable y fatídico, robaba mi energía dejándome al borde del vértigo. Cuando la gallinita ciega despertaba, así la llamaba tácitamente, un temblor se adhería a mis piernas; las manos se me entumecían. Sentía miedo, pero levantaba la barbilla como Ana Bolena, sacaba el pecho y fijaba la mirada en un punto lejano entre sus cejas. Dentro, mis vísceras se agitaban. Por las noches dormía con sus hijos encima de mí para aplacar el frío interno que me consumía. Al amanecer estaba empapada hasta los cabellos. Con los ojos inyectados de sangre, sin haber dormido.

Deseé salir de aquel hastío, de aquel aspecto de amargura. Anhelé dormir un largo sueño de locura o de muerte. A veces, hecha un sollozo de lástima pensaba, en mí, en la niña para la ternura maternal. Un día, agotada, le pedí que se tomara todo el frasco de pastillas, silenciosamente (consciente que después lo haría yo, luego de entregarle los niños a la bestia que los había engendrado). No quería; casi la obligué. Impaciente, le acerqué uno de los dos frascos recién comprados. Me senté frente a ella mirándola, como a la espera del último acto para salir a tomar un poco de aire en los trasmundos. Cuando la vi entre los estertores de la muerte que le azulaban el rostro, con los ojos inmóviles y la respiración entrecortada, sentí lástima de su miseria y de la mía. Miré al cielo y como siempre, sólo una masa azul con formas blancas.

En el hospital fue recuperando poco a poco el rictus de arrogancia en su voz ronca y penetrante. Recuperó su fuerza de neurótica, y su media sonrisa… dulzura de niña. Era un ser empeñado en atravesar las calles de la vida donde y cuando su inconsciencia la empujara.

Seguimos viviendo en la misma casa y de la misma forma. Mi fantasía ya marcada buscaba un escape. Maquinaba acabar con aquellas cabecitas de vientres caídos, minados de parásitos, que nunca se quejaban, como muñecos descosidos que hubieran perdido todo el algodón. Después, con el valor de la conciencia dormida, acabaría con ella y conmigo. Imaginariamente corría nuestra sangre, veía a la justicia llegando, con los ojos vendados para no tenerme lástima, justo antes de extinguirme para impe­dir mi fuga cobarde. Quedaba muerta-viva contemplando mi obra sanguinaria y llevando la escena a la vejez más prolongada. Algunas veces llegué a dudar de mi cordura. Ya no sabía si ella era yo, o yo era ella. Tal vez ella era el espejo donde yo me reflejaba, o de tanto mirarla se había hecho en mí.

Una noche de luna, hermosa como de amor, sus manos llenas de cicatrices se levantaron para golpearme. Un silencio apocalíptico me hizo correr. En su boca había una mueca de ironía amistosa. No pude sostener su mirada ácida. Esta vez olvidé la estampa de Ana Bolena; corrí sin saber a dónde. Entré a una casa. Sentí que me iba a quedar dormida de pie. Tenía mucho sueño.

A golpes, sin piedad, se la llevaron. Los niños estaban en la esquina. No sabían si llamarla o llamarme. Parecían no tener miedo; hasta daba la impresión de que bostezaban. Me di cuenta de que la quería. Parecía una niña buena. Con los ojos cerrados era apacible. Se veía indefensa en su ajena maldad.

Miré la luz que ya se asomaba en el cielo y sentí rabia de aquellas enseñanzas: hágase tu voluntad y no la mía. Te ofrezco esto en descuento de mis pecados. El sufrimiento purifica a las almas. ¿Y los cuerpos?

Quise apalear al culpable, pero ¿a quién? Como siempre mis ojos estaban en callada espera de un movimiento de nubes en el cielo, donde se inscribiera una palabra de aliento, o una presencia de luz, o viento, que descendiera a permanecer como un bastón en mi corta visión de caminante. Ni esa noche ni las otras fueron de paz. La sombra de mi hermosa hermana se paraba en el marco de la puerta y sonreía dulce, mostran­do sus manos en garras escabrosas. Los niños no querían llorar. Era preferible secar sus ojos a verlos llenarse de la otra mirada, resentida.

Así pasaron varias noches. El dinero se agotaba. A menudo iba a la Unidad Vecinal, pero no tenía el valor para enfrentarla. Desde afuera velaba sus gritos y su voz metálica de aceite caliente.

Llegó diciembre, me notificaron que podía traerla a casa; ya estaba bien. Como si las neuronas atrofiadas pudieran regenerarse. Me armé de coraje y fui en su busca. Crucé un gran patio. Dos construcciones se enfrentaban; una de hombres y otra de mujeres, sin más separación que unos cinco metros de terreno árido. El corazón me palpitaba fuerte, la cara la sentía caliente, las manos frías. Tenía sueño, sed. Quería dormir, que alguien me abrazara fuerte. Era tan niña… dieciocho años… fungiendo de adulta. Se me hacía largo el camino. Casi todas las celdas estaban abiertas, sólo algunas enmarcaban a unos seres que parecían animales feroces en espera de una función de circo. Salían enfermos de todas partes. Desgarrados, como si se hubieran mordido. Desnutri­dos, en la promiscuidad más espantosa. De pronto, un hombre feo y repugnante me detuvo.

El vesánico se bajaba los pantalones mientras sonreía bue­namente pensando tal vez en un plato de comida. Se acercaba autómata. Ordené a mis piernas que corrieran pero no obede­cían. Quería gritar, estar en mi cama, aunque fuera en pesadilla. Descargué en él toda la impotencia de mi adolescencia frustrada. Nadie me miraba, era como si yo no importara. Todos corrían hacia el hombre aterrorizado que se revolcaba de dolor.

Regresé a la casa de brujas donde vivíamos miserablemente. Cuando hacía mucho viento, el techo desprendido de un costado se levantaba crujiendo como si alguien comiera galletas de soda mientras estornudaba. Los niños me esperaban sentados en el mismo sitio y en la misma posición, tal como los había dejado. Como pude, en medio de mis pocos años, fui tejiendo en los pequeños un poco de sosiego para salvarnos, mientras alcanzábamos alguna orilla. Pero la amargura, y tal vez el destino, iban bordando a la par en nuestros rostros puntadas oscuras.

Un día apareció. No quise creer que fuera su última presencia. Vino a buscar a sus cuatro chiquitos, ya estaba bien. Iría a buscar a su amor para decirle que se había curado para siempre, para que le buscara una casa junto a él. Casi me quedo dormida mirando el camión que se alejaba. Atrás, al descubierto, apenas listados tras las barras, iban los niños, entre muebles, colchones y ollas, en busca de la fibra sensitiva del padre, quien solamente se acercaba para dejarla sembrada de un nuevo niño.

Todo fue tan rápido. Me entretuve mirando el gorrito de lana lila, recién tejido (era tan buena con sus manos bordando cuero y lana; adornando tortas y haciendo platillos exquisitos). Cuando desperté de mi aletargamiento, sentí frío, pensé en el páramo y el camión sin cubierta. Aunque gritara nadie me oiría. Pensarían que yo era ella y seguirían durmiendo. Otra vez hubiera querido golpear a alguien, tal vez para que me abrazara más bien. No había nadie a mi lado, nadie que me permitiera golpearlo hasta quedar agotada y dormida.

El padre recibió a los niños y los repartió entre sus mujeres. A ella no quiso verla. Comenzó a deambular sin sus cuatro hilos de piñatas; calle arriba, calle abajo, pensando en la ilusión de la casita donde iba a vivir con él. Antes de partir me había dicho: Mira mi cabello largo otra vez, como le gusta a él. ¿Verdad que todavía soy bonita? Apenas tenía treinta tres años… y una enorme ansia por ser feliz junto a su amor, él único. Por tercera vez el carro negro se estacionó frente a la familia.

Tiempo después nací a una nueva vida, trabajando duro para sembrar herbaje nuevo en mis haciendas más socavadas. Seguí mirando hacia arriba, pero esta vez contemplaba con los ojos cerrados mi propio centro, donde se funde la materia con el espíritu en lucha por resistir. Necesi­taba pronto restablecer el bosque de anhelos. Quería ver el lago azul que visualicé en el momento del naufragio. No fue fácil. Había el simple deseo de sobrevivir. La violencia sin embargo, desperdi­gaba piedras como recuerdos, pero las rosas azules crecían en sus silencios. El cielo era entonces una fuente donde se reflejaba la armonía o el desequilibrio de las personas.