Entre la superposición
y la resurrección

Todos esperan que el ser taciturno que se aísla en la pupila de su ojo, con una máquina de escribir, a cuenta de exagerar sucesos “extraordinarios”, de un momento a otro se deshaga. Es posible que se perciba la figura superpuesta, recostada como un pájaro negro en el hombro izquierdo.

Era demasiado pequeña, seis años, cuando pensé por primera vez en la superposición. Fue cuando mamá habló de la virtud de la obediencia: Los hijos deben estricta obediencia a sus padres. Tanto, que si se les pide que se tiren por el balcón, deben hacerlo en absoluto silencio.

 
 

Acerqué el taburete al ventanal, empinándome con cierta dificultad. Sufro de vértigo a las alturas, no obstante me asomé. Quedé largo rato contemplando la calle que comenzó a danzar como si fuera un río caudaloso. Arrastraba hombres como piedras que bra­ceaban. Entre lágrimas pude ver mi cuerpo en fracciones de piernas, brazos, cabeza. El río pastoso y oscuro subió hasta el tercer piso tumbando el taburete, que salió corriendo a esconderse dejándome suspendida del alféizar de la ventana.

Tuve fiebre. No quise volver al colegio. La amaba demasiado ¿cómo desobedecerla? ¿No te haré falta madre?

Yo era el carnero de las estampas. Mamá me ofrecía en un canasto sobre un mantel inmaculado, entre cirios y flores. El carnero busca el pecho, abre la boca ávida sin encontrarla. Vestida de monje con blanca capucha la madre prepara la vasija, donde recoger la sangre, cantando el Tantum ergum. De cuando en cuando va diciendo: ¡He cumplido, he cumplido!

Entre tantos disparates, mamá tuvo una fuerte crisis de llanto que me hizo resucitar.

Una vez, y muchas veces, he sentido una tibieza de madre posarse en mi niñez, tomándome me conducía por un largo pasillo lleno de espejos mágicos donde transcurría el tiempo sin espa­cio. Me llevaba enlazada como una sombra de colores. Por instantes era un abrigo terso, otras una luciérnaga verde plata que se posaba en mi boca, dejándome encendida el alma de todas las sustancias.

La mayoría de las veces era una daga que se abría justo en el lugar donde amamanta, dejando manar un agua color vino que desanda los traspiés de la memoria.