La respiración de la rutina

En verdad no sé por qué estoy aquí, padre Pepe. Hace mucho no me confieso y no me agrada la idea de hacerlo. Niego su poder liberador. Al contrario, ata a la otra persona; después no se sabe quién habla, quién escucha, quién lleva la carga.

Me sentía aburrida de los mismos pecados: He dicho mentiras, malas palabras; he desobedecido a mis padres, he sido egoísta, he tenido malos pensamientos: que el diablo y el infierno no existen. Y de la misma penitencia: Cinco Credos y dos Yo pecador.

 
 

Una vez un Cura me preguntó: ¿Y no tienes más pecados? Me detuve a repasar: He dicho mentiras, malas palabras; he desobedeci­do a mis padres, he sido egoísta, he tenido malos pensamientos: que el diablo y el infierno no existen.

—No —le respondí.

—¡Qué extraño! ¿Seguro no tienes más pecados? ¿Tienes novio?

—Sí, sí… Recordando feliz a mi novio Morris, que siempre me encontraba a la salida de la iglesia; las piernas me temblaban, las manos me destila­ban sudor y el corazón me hacía tucutucu rapidito.

—Entonces te manoseará. ¿Tú te dejas tocar?

—¿Sabes que es doble pecado callar? ¿Cómo puedo absolverte si callas?

—Dime, ¿te ha tocado?

—¡Niña… regresa! No has quedado perdonada.

Terrible ser despojada de la pureza del abandono a los años tiernos. Juegos del instinto aún dormido (Tal vez la mampara, mi voz de mujer)