Ogropá

No sé si necesito un psiquiatra o simplemente escribirte, pá. Tal vez sea yo la única beneficiaria del diván morfosintáctico para los sentimientos-caos. Necesidad de razonarte con el corazón sin escarlata. En casa admirábamos “cada” palabra de tu boca, todo lo que nos trasmitías de cultura general, historia, geografía, filosofía, álgebra, arte, música. Pero... temblábamos ante tu mirada intimidante, ante tus pasos recios, tu voz de trueno; tu afán de “perfección con” la familia. Lo que opacaba la amorosidad que delineabas a manos llenas los domingos, en las religiosas citas de los helados en copas, con biscochuelos crujientes; y en las veladas con la filarmónica italiana.

 
 

Nos asustabas, pá, a pesar de tu corazón grandioso, ¿lo sabías? Violencia de escorpión con pezuñas y garras; aguijón de fuego y puñal punta fina. Intuíamos en lo más profundo de tu corazón, rasgos de dulzura, encubierta por el rol de autoridad que gesticulaba tu boca en lo cotidiano.

Siempre estabas ahí, explicando nuestras preguntas académicas o filosóficas, nuestras expectativas de vivir y estudiar. Llenabas nuestros ratos de ocio con el acordeón y los cantos a coro con la familia. Especialmente recuerdo la atención que poníamos, después de cena, a tus historias de las guerras, como si nos contaras un filme. Nos maravillaban las anécdotas, las peripecias navales de nuestro papá, “Capitán” de varios submarinos “Legionari”, de la Regia Marina Italiana. El que más recordaba era el famoso Torricelli, que nos mostrabas en las fotos tomadas desde distintos ángulos, de lejos y de cerca. Era gigantesco el álbum al que tantas veces recurrías cuando contabas algo, comprobable con el sello fotográfico del instante, suspendido en el tiempo, en una cartulina rectangular blanco y negro. Creo que tendría mil fotos ese álbum, con sus respectivas leyendas y fechas. Ya no está, pá, como si lo hubieran enterrado contigo. Desapareció, quedan una que otra fotografía repartida entre los hermanos. Tal vez fue desmembrado para que cada quien tomara su parte de recuerdos. Dicen que Cola de Fuego murió abrazada a su parte del álbum. Como no las tengo completas no sé cuál fue el que partió en dos el torpedo del “enemigo”, justo cuando te habías retrasado en abordarlo. Lamento haber sido tan pequeña y no recordar los detalles. Me quedan frases, anécdotas de tus viajes a tantos países; lugares que nos recordaron a Odisea, por las dificultades y lo fantástico.

En los esfuerzos que he ido haciendo para rehacerte, he descubierto incongruencias históricas en los recuerdos. Varias confusiones se me han ido aclarando al revisar fechas y lugares de las fotos, y acontecimientos familiares. Había asociado tus “sucesos” en los submarinos, exclusivamente con la II Guerra Mundial, pero inspeccionando las fechas me di cuenta de que algunas referencias históricas se correspondían más a la Guerra Civil española. La otra confusión fue con el hundimiento del Torricelli, creí entender que había sido el de la foto que conservan con claridad mis retinas: hundido en forma de Ve. Indagando me enteré de que los españoles, que tenían de aliados a los italianos, usaban de manera encubierta a “Los Legionari”, al punto que en diciembre de 1936 cuando el submarino C3 fue destruido por “equivocación” de un torpedo alemán (aliado de España), hicieron ver que fue el Torricelli. Cuatro años después, en junio de 1940, Salvatore Pelosi, Commandante del sommergibile Torricelli, informó el combattimento en el Mar Rojo, con tres cacciatorpediniere y dos cannonier britanniche. Como el Torricelli ya estaba bastante estropeado no era posible la inmersión prolongada. Pelosi se vio obligado a emerger. Ahí estaban los británicos. Y, por más contraataque del Torricelli, logrando dañar seriamente el cañonero Shoreham, y que el cazatorpederos Kartoum se fuera a pique al barrenarlo, perforándolo por debajo de la línea de flotación, los británicos, antes de hundirse, le dieron al Torricelli. A los tripulantes les dio tiempo de abandonarlo. Por esta faena, al Comandante Pelosi le dieron la Medaglia d’ Oro.

Por los actos de imposición de tus Decorazioni en Barcelona y Messina, de la que quedan, además de las fotos con sus fechas al pie (1936/1939), las dos medallas (en poder del Rey de Fantasía). Una “Al valor y al mérito”, otorgada por el “Generalísimo Francisco Franco”. La otra, “La Cruz de Hierro”, otorgada, “A los militares destacados en Batalla”, por Benito Mussoline (il duce), deduzco tu participación en la Guerra Civil de España, y en la II Guerra Mundial. Son varias las fotos con claras referencias a esta última, como la del battello Ospedale Virgilio, de La Cruz Roja, con la inscripción: “quella che mi salvó de prigionía” (Trípoli, 1941); el buque hospital que te salvó de ser prisionero, supongo que de los británicos.

No recuerdo que te ufanaras de las condecoraciones, pá, guardabas silencio; tal vez por las circunstancias angustiantes de las operaciones de ofensiva y defensiva. Percibía a Mussolini, por tus quejas casi veladas, como un Napoleón posesionándose de los países vecinos. Abrogándose la propiedad, no solo de las tierras, también de la mente de cada habitante; como terminan siendo todos los dictadores. Lo que me parecía inadmisible era que fuesen apoyados en sus comienzos, que creyeran en ellos como “salvadores”. Tú nos decías que era más complejo aún, tenía que ver con aliarse con un tercero para la defensa de éste, pero que terminaba siendo ataque y defensa. Y sobre todo apropiación de puntos estratégicos para ganar espacios de avance. ¿Avance hacia qué me pregunto hoy? ¿Hacia la paz, hacia la evolución del ser humano, su bienestar?

¿Desertaste, pá? En una de las fotos, que se salvaron del naufragio familiar, estás con el uniforme de los castigados por la Regia Marina Italiana; camisa y pantalón de rayas azules y blancas. Recuerdo haber escuchado que retrasaste la estadía en tierra, en uno de los desembarcos, por quedarte más tiempo, del que te correspondía, con mamá. El Submarino partió sin ti. Pocas horas después un torpedo enemigo le dio en el centro, partiéndolo en dos. Recuerdo esa foto hundiéndose en forma de V. Te apresaron, pero salvaste la vida. Creí que se trataba del Torricelli (no tengo la foto, pero mi memoria la tiene registrada con claridad). Después de analizar las fechas y los sucesos entendí que se trataba más bien del C3, que fue hundido en 1936 por los propios alemanes (aliados de Italia, España y Japón). A menos que haya sido el Archimedes, del que tengo menos recuerdos. Según referencias históricas, el Submarino alemán U-34 hundió al C3 en la bahía de Málaga. En 1941 el fuerte contraataque británico terminó con casi toda la flota italiana.

Presupongo que luego de cumplir el castigo reglamentario, por el amago de deserción, te absorbieron para las nuevas misiones (ya de la II Guerra Mundial) que no culminaron en 1940. Lo que no he logrado corroborar del todo es hasta cuándo estuviste expuesto a torpedos y barrenadas. Me hubiera gustado saber por qué mares y en cuáles misiones te enrolaste, mientras iban naciendo tus tres primeros hijos, hasta el fin de la guerra en 1945. Tampoco he podido rellenar por completo la laguna del 45 al 48, año en el que nació la segunda de tus hijas (la cuarta de la camada). Te embarcaste solo, en junio del 47 hacia el Mar Caribe, entrando a Caracas por el Puerto de la Guaira para residenciarte hasta el fin de tus días en Venezuela, donde nació tu última hija, Laly. El resto de la familia entró por Puerto Cabello en abril del 49. Ya eras empleado de la empresa de chocolates, donde comenzaste a fraguar tus ideas de otra fábrica, pero de caramelos.

La mayoría de los países que nos mostrabas en el mapamundi eran de África y tenían mucho que ver con España. Lejanamente recuerdo Trípoli, Túnez, Trieste, Addis Abeba, Etiopía, Namibia, Nairobi. Y de España: Tenerife, Barcelona y Málaga. Las ciudades relacionadas con tu país, que aparecen en las fotos son: Cefalú, Stretto di Messina, Agrigento (donde naciste). Las fotos de mamá decían Villabate o Palermo. Con cada suceso que contabas nos ibas mostrando las fotos con el nombre del país o provincia, y la fecha al pie de cada una. Lugares de los que no puedo hacerme idea porque nunca los he visitado. Añorabas todos los días a tus hermanas, prometías en voz alta llevarnos a conocerlas, también las calles, los monumentos de tus país, pero no tuvimos tiempo, se nos fue licuando; en mí por los miedos a la mafia y la posibilidad de un molde de violencia generacional por las marcas de las guerras, las carencias o la filia cultural. De cualquier manera, tu nostalgia amorosa de los tuyos nos dejó un boquete ávido de “nuestra” tierra sangre circulante.

Al ver la película “La mandolina del Capitán Corelli”, rebobiné tus historias, entendí la participación de los italianos en las guerras. Mientras los alemanes vigilaban e intimidaban a los habitantes, los italianos hacían fogatas sentándose en derredor con sus mandolinas, acordeones o guitarras, incitando a los pobladores a sumarse al grupo. Cuando los alemanes decían Hail Hitler, ellos decían Hail Puccini. Eran más sentimentales que guerreros. También tú, en una de las fotos, en el submarino, apareces tocando guitarra ¿entre tregua y tregua? En otras, apareces leyendo o escribiendo. Lamento no haber retenido en mi mente cada milímetro de lo que nos contabas de las misiones encomendadas. Era tan niña, apenas me quedan hilachas, más sentimentales que históricas. Recuerdo de tu boca el nombre de Albania, ¿estuviste ahí en 1940, cuando ocho mil albaneses, y griegos, le dieron una “paliza” a los catorce mil italianos? Por alguna razón intuyo que se dejaron vencer para dejar a Mussoline “en feo”, como decimos en Venezuela. Tuvieron que llegar los alemanes a terminar la tarea, y de la manera más fría, al punto que no se dejaron alertar por algún sentimiento de solidaridad cuando asesinaron a los aliados italianos en Cefalonia, en 1943. Para los italianos el único armamento, su artillería, era cualquier objeto que produjese sonidos musicales. Especialmente amaban la música sinfónica, la ópera, Puccini, Verdi, Donizetti. Cómo no creerlo así, pá, si tú nos despertabas los domingos con esas voces e instrumentos emanada de tus discos 78, de vinil. Repetías una y otra vez a Madame Butterfly, de Puccini, La Traviata, e Il Trovatore, de Verdi, Don Pasquale, de Donizetti. ¡Cómo no verte en ese retrato de 24 fotogramas por segundo, del Capitán Corelli!

Incluso, tú fuiste más allá, nos estimulaste la sensibilidad auditiva y del corazón con la Carmen, de Bizet, Carmina Burana, de Orff, Las cuatro estaciones, de Vivaldi, los Valses de Strauss: El Danubio Azul y el Vals del Emperador, que me estremecían, todos me estremecían, pá. A Lilí Marlen la recordé desde la gigantesca memoria de Remolino, entre su mente y mi mente fuimos rehaciendo la memoria de la casa. ¿Sabes cómo conseguimos la Condesa (Remolino) y yo esos nombres? Aunque éramos muy pequeñas, nos quedaron los sonidos, los acordes, la batuta imaginada dirigiendo cada composición y cada arreglo. Decidimos indagar con los oídos atentos, diciéndonos esta no, esta tampoco... ¡Esta!, esta sí. ¿Cómo no perdonarte, pa, con tanto regalo para la piel del corazón?

Los domingos tocabas acordeón y cantabas Cuore ingrato, de Claudio Villa, y Torna a Sorrento (Surriento), con mamá, o ella sola... canciones en italiano o en dialecto siciliano o napolitano; dulces, espirituales, como cánticos para ascender a los cielos, purificarse y regresar al día a día, con sus vicisitudes y sus maravillas. Recuerdo frases de una de las canciones que cantaba la mammina, la ¿historia de María Magdalena (o Martha o María, las hermanas de Lázaro) y Jesús? No sé cómo se llama. Remolino se encargó de mantenerla viva repitiéndola una y otra vez como una oración, para que no se nos olvidara nunca: “Sola soleta andai pei campi paseggiando, al improviso quando io vide e un bel pastor, allor chi domandai ¿perché mi vieni a prezzo? Lui mi rispose adesso: “Figlia da a me il tuo cuore”. Il cuore non posso dárvelo per che non so chi siete; lui pure un cuore avete, quello vi puo a bastar. “Figlia mi fai penare si el cuore a me non dai. Io ti amo e tu non sai: sono el tuo Dio d’ amor, quello Dio che tanto ti ama, quello Dio che ti creó”. Allor sentendo questo io mi butai in ginoquio, con le capelle solti, chi domandai perdón. Con le capelle solti, chi domandai perdón”. Hermosa historia. Ella cuenta que sola, solita, andaba paseando por los campos, de pronto vio a un bello pastor y le preguntó, ¿por qué me vienes siguiendo? Él le respondió: “Hija dame tu corazón”. El corazón no puedo dártelo –le dijo ella– porque no sé quién eres. “Hija me causas pena si el corazón no me das. Yo te amo y tú no sabes: soy tu Dios de amor, aquel que tanto te ama, aquel que te creó. Entonces, oyendo aquello, ella, se arrodilló y, con los cabellos sueltos, le pidió perdón.

¡Cómo no idealizarte, pá! cómo no rehacer el mantón de la memoria con los retazos de gozo, con cada ramal de canción que nos llega, pedacitos de voces acompañadas con tu acordeón, la fisarmónica de los domingos y toda la familia a tu alrededor cantando, Mela, Nico, Pepo, Remolino y yo, Laly, haciendo coro al papá y a la mamá convocando al amor filial, cantando todos Chillallá Chillallá, mo va dicendo che me vo lassha... Quando tu sei partita, mi hai donato una rosa, oggi è triste e sfiorit, come questo mio cuor... Scrivimi, non tenermi più in pena. Una frase, un rigo appena calmeranno il mio dolor. Il Primo amore, Terra straniera, ¡Quanta malinconia!, Non ti scordar di me, la vita mia legata è a te, io t’amo sempre più, Per un sogno d’amor, Emigrante, col tuo nome nel cuor. Credevo di morir di nostalgia volevo ancor baciar la bocca tua. Granada, la cantaban Rey de fantasía y Rey Augusto, a due voce, emulando a Claudio Vila, Enrico Caruso y Mario Lanza. Y... Santa Lucía, Oh, Diosito, Santa Lucía: Sul mare luccica l’astro d’argento, placida é l’onda prospero é il vento. Venite all’agile barchetta mia! Santa Lucía, Santa Lucía! Y nuestro mantra de mil perdones, en tu voz: Mamma son tanto felice perchè ritorno da te. La mia canzone ti dice, che é il piú bel giorno per me. Mamma son tanto felice, viver lontano ¿perché? Mamma, solo per te la mía canzone vola (¿Ves, por qué yo decía vola, en lugar del vuela que tanto me corregían?). Mamma, sarai con me tu non sarai piú sola... Quanto ti voglio bene, queste parole d’amore, che ti sospira il mio cuore, forse non s’usano piú. También ‘O Surdato ‘nnammurato, L’immigrante italiano che in America arrivó, un sacchetto sulle spalle solamente si portó. Piano, piano poveretto la famiglia sua fondó, notte e giorno a lavorare e il lavor mai lo stancó. Y, La donna è mobile, Non ti scordar di me, Marechiare. Especialmente Si maritau Rosa, en la voz dulce de la mammina.

Y tú te salvaste de morir, pá, entre los cuarenta tripulantes del C3, por esa muchacha que desde los doce años (cuando empezaste a embobarla) quería transfigurarse en un convento, y tú le giraste el albur con la irresistible labia de galán de cine. Te imaginé Lancelot, en la batalla de Badón Hill, en su caballo, con arnés de Caballero del Rey Arturo, entrando con el jamelgo al Camelot-convento y, tomando a Ginebra-mamá por la cintura, arrebatándosela al claustro ante los ojos atónitos de la Abadesa-abuela. Mejor, sin otra armadura, ni sayo, ni peto, ni almofar, casco, yelmo, ni visera, ni siquiera un jubón acolchado... solo la piel cálida y sensual.

Cuando vi la foto del matrimonio (Palermo, Sicilia, 1939) los imaginé casándose en un pueblo Celta. Por los fragmentos que he ido analizando siento que tu alianza primera fue con el amor, por eso, no le encontraste sentido a una guerra que no te pertenecía por convicción. De igual forma, pienso que te quedaron marcas de muertes y miedos, por eso los sobresaltos, los insomnios, ese andar de madrugada caminando por la casa, con mirada oscura. Tal vez las fuertes vivencias navales... ¿De ahí tu genio, tu carácter, Ogropá, del encarnizamiento de las milicias, su beligerancia; ese exponer, y exponerse, a la muerte tanto tiempo, con la orden de matar o morir? Percibía en tus ojos las emociones desencontradas de lo que ibas contando, especialmente cuando se te volvía introspectiva la mirada. Esto me hizo ver más allá de tus rabietas, de tus descontroladas exigencias y órdenes intimadoras. Conmigo eras un carnero juguetón, paciente, delicado. ¿Porque era la más pequeña? ¿Porque presentía que la guerra te había dejado una zanja consecutiva entre la espalda y el pecho? Siempre te disculpaba: está cansado... déjenlo, entiéndanlo; su genio, su nerviosismo; su facilidad para estallar en cólera... Tiene mucho trabajo, preocupaciones económicas... recuerdos de torpedos, barreneras, muertes, y castigos de padre con historia de castigos. Necio arqueo de entender demasiado la escoria humana, la atadura cáustica a la emotividad desenfrenada; ese repetir los castigos recibidos como único sistema de “enderezar” a los hijos. Estricto, aparentemente irreprochable, pero, cuántos reproches callamos hasta ese último diciembre tuyo, en que, por designios desconocidos te removimos actitudes pasadas. Sin embargo, pá, ya estabas derrumbado por ti mismo, por la soledad, tanto que fue la manera (que decidió el destino) de despedirte, tal vez para ayudarte a completar el regreso “hacia el atrás” que hay que hacer para morir en paz. Y te amamos, pá, te seguimos amando y admirando en esas cosas (las más, pero menos ruidosas) que nos inculcaste, como el tesón, el amor y la entrega al trabajo sea cual sea.

Son muchos los recuerdos que fueron quedando, como aquel momento en que mis piernas se entumecieron con tu partida, y no volví a caminar hasta que regresaste con tu maleta y tus cosas. Tenía siete años, era mi forma inconsciente de manipular la desunión. Diez años después, nos quedamos los dos íngrimos en aquel caserón, yo tenía dieci-siete. Los hermanos y hermanas se habían ido a completar sus propias vidas. Mamá se había cansado de tantas tristezas y misas de perdón. Su cuerpo de cordero empezó a transformarse en tela transparente y biliosa; dejó que aquella enfermedad fuera carcomiendo su cuerpo. Sé que empezaste a despedirte también, lo percibí en los desganos, en dejar que los usureros se fueran llevando las máquinas que tú mismo diseñaste. Tus ojos se tornaron lagañosos. No obstante, tus pisadas no dejaron de sentirse en el viaje nocturno hacia el cuarto del fondo, de la empleada. Era sigiloso tu regreso, pasabas por mi habitación, recogías mi almohadita (que aún conservo) y me arropabas.

En esos últimos años nunca me viste llorar, ni cantar, ni reírme. Esta hija mía es rara, te escuché decirle a uno de tus amigos, además de retraída, es como lenta; me preocupa que nadie quiera casarse con ella. ¿Por eso eras distinto conmigo pá, más suave, más condescendiente; menos duro, más flexible? ¿Me tenías lástima, pá? Esta hija mía... tan extraña, tan poco sociable. Habla con las hormigas, con los perros, con los árboles. No exige, no reclama. ¿Qué mundos se enroscan en su cabeza? Todavía habla con sus muñecas, o con algún duende o fantasma. Me confortaba hablar con ellas; de porcelana, de trapo, de goma. Necesitaba ser escuchada, tenía tantas cosas por dentro, tanto miedo, tanta lástima. Revolvías mis cabellos, era tu manera de decir el amor; en silencio la voz. Me gustaban tus manos, tenía miedo de tocarlas. Miedo de tu voz, del ruido fuerte de tus pisadas en los escalones. Cuando empezaba a encontrar serenidad en compañía de las muñecas decidiste mandarme a la universidad. Me despedí de ellas y de la almohadita. Me había propuesto desapegarme de la necesidad de abrazarlas para dormir, intuía que no era saludable para empezar una nueva etapa, pero me quedé con una sensación de opresión. Cuando supiste que lloraba en la otra ciudad por la almohadita, me la trajiste, sin regañarme. Tus cartas eran tristes pero cariñosas, siempre me pedías que me vistiera con colores alegres, incluso cuando podías me mandabas telas hermosas para que mandara a hacer vestidos o faldas. Mis diecisiete años no terminaban de pasar.

Muy pronto se golpearía de nuevo mi sensibilidad, trastabillando de nuevo mis espacios. Tus sesos quedaron desparramados en una gandola detenida sin luces en la carretera curva. Casi eran mis vacaciones. Supe lo que era en verdad la soledad y el silencio físico. Diciembre llegó como una casa grande y oscura para un solo habitante; llena de estertores de fantasmas. Intenté borrar las tristezas lavando los pisos, las paredes y las ventanas. La casa ya no podía cobijarme, nunca supe por qué, ni hice algo para defenderla. Estaba ocupada destejiéndome para empezarme a tejer. Conservé tan sólo la pequeña almohada, como si fuera mi ángel de guarda y escucha.

En mi peregrinar por una nueva forma de sobrevivir, fui descubriendo palabras, metáforas, personajes; historias ajenas que pudieran salvaguardarme de los miedos. Para dormir, pá, inventaba sucesos insólitos, mentiras, historias de gnomos que me elevaban de un lago oscuro y pegajoso, llevándome al final a un bosque de geranios que manaban leche fresca. Hubiera preferido una salvación más plena y real, pá. Un oyente que obligara a mi boca a alimentarse de palabras edificantes, esperanzadoras. Un día creí encontrarlo. Estaba ensimismada como siempre, me miró y lo miré. Me habló con entusiasmo en el corazón, acarició mis cabellos con ternura, pero no estaba preparada para querer y dejarme querer con la sencillez que requiere el amor.

Me casé con el primero que insistió con más vehemencia. En la primera salida fuimos a tomar un granizado de fresa que pidió con rudeza en la voz y en el entrecejo. Allí, en ese simple acto intuí que eras tú quien regresaba de la ultratumba familiar. No por alguna fisonomía física. Era el tono intimidador, los desafíos impositivos. Suficientes indicios para hacerme huir, exilarme a otro firmamento de ser posible. No obstante, se paralizaron mis defensas naturales del sosiego. Quedé atrapada en sus delgadas manos, siempre cerradas y en puño. Permanecí impávida durante años, aceptando una violencia gestual y verbal mucho más tormentosa y desquiciada que la tuya. Permanecí atascada en una melancolía depresiva, repitiendo historias de perdones y lástimas; igual que madre. Tal vez, sus angustias fueron más hondas y asfixiantes. No tuvo, como yo, la bendición de una lámpara en las palabras y las frases, para releer las equivocaciones en el resurgir de los abismos, y reprogramar los días y las noches ubicando con claridad el norte de la paz.

No fue fácil, en los primeros intentos, cuando me fortalecí para cambiar la historia, otra niña, como aquella de las piernas entumecidas, se aferraba a las piernas de su padre, pegada a su cuerpo, adherida a sus manos con la misma admiración, suplicándole deshacer las maletas.

Seguí un tiempo obnubilada por la impotencia, sin preguntarme ya por la ausencia de risas en las caras. Fui más esforzada que el odio y la lástima, me di tiempo para encontrar el camino hacia el bosque de las tantas formas de verde. Primero tenía que escalar las propias crinejas de princesa encerrada a cielo abierto, y liberarla de su propia flaqueza de trenzas largas, y atalayas sin faros ni salidas; repetidos por adherencias de estirpe y pasividad. Las hijas de las hijas de la madre tienen más instrumentos a mano; cortan a tiempo los cabellos que se desparraman en misericordias inútiles. Ellas saben de los balcones de la individuación.

Con los ojos abiertos, te restauro, lo restauro, humano, padre, hombre, sin justificar desde lástimas ni perdones que no me competen. Comienzo la cuenta de rehabilitarme en mi propio espejo concentrado en clorofila. Siembro rosas púrpuras en las ventanas de mi emancipación, me eximo, me redimo, me rehago; permito que renazca en mí la fuerza de la nueva mirada. Y me libero de repetir historias demarcadas por sangre antigua que no me pertenecen por ganancia.

Ahora, todo me conduce y me hace levantar el rostro hacia el espacio sagrado de la vida. El día, con su fuego y el mundo reducido a cenizas que quieren vivir. La noche, con su silencio y sus ropas ligeras sin cordón. El alba, con su frescura, y la brisa de palabras que crecen en mí. Los niños que hacen mil figuras en mi vientre y cosen pedacitos de historias para hacer una estrella donde jugar. La humildad, que me hace reconocer los miedos posando todavía en el cuerpo agachado y sin piel.