Para empezar a vivir

La noche anterior a mi primer ayuno de cuarenta y ocho horas (nunca fui capaz de ayunar más que media tarde), soñé con doña Elisa. Me decía que era tiempo, tocándose el abultado vientre con una mano mientras con la otra se sostenía la cintura como si le doliera para caminar. Desperté avergonzada. Nunca más había pensado en ella. Ni siquiera revisé sus papeles atados con una cinta blanca ancha y una roja fina. Las pocas líneas que leí carecían de un trabajo literario riguroso y desbordaban emotividad. Como toda carta de amor, tonta para todos, menos para quien la escribe.

 
 

Confieso que no insistí en desatar los legajos, tenía miedo de que allí estuviera mi propio encanecimiento y que al llegar al último párrafo del último legajo descubriera mis manos arrugadas de muerte.

Durante el resto del día no comí impresionada por el sueño y la tentación de hurgar una vida que podría pertenecerme de manera congénita. Sostuve una lucha con mi natural escepticismo. Me dije que debía darle una oportunidad a la voz de Doña Elisa, la misma que les he dado a los habitantes que reencarnan personajes.

¿Y si resultara verdad lo que ella profetizó en su lecho de muerte? ¿Cómo es posible que una intelectual, culta como yo, venga a caerse a mentiras? Pero, ¿y esos sueños tan palpables, tan simbólicos? La imaginación mijita, la imaginación, ¿por qué crees que los escritores novelan? Y cuídate. Pobre del escritor que no pueda diferenciar después, cuándo es él y cuándo sus personajes subterráneos. El problema es que tú te entregas demasiado, te vuelves habitante. Tienes que aprender a engendrarlos y sin sentimentalismos borrarlos, tacharlos, asesinarlos antes de que se posesionen de ti, y ya no vivas ni pienses, te disuelvas en el molde de otras vivencias. Tienes que vivir tu propia vida, la otra, la nueva. Que sea insignificante, es otro problema. Viviendo vidas ajenas no se resuelve. ¿Y si no es ajena, y si es genotípica?

Así permanecí dos días sin salir de mi habitación, sentada en la cama, con las piernas en posición de loto sin probar siquiera un poco de agua. Como si estaba en trance de nacer personaje (s). De un momento a otro saldrían sus cabezas húmedas. ¿Fantasía de otras mentes que me posesionaban?

Exactamente a las cuatro y cuarenta y cinco de la madrugada, desperté sobresaltada de mi aletargamiento. Otra vez el espasmo, Doña Elisa entró. La vi con una pequeña maleta. ¿Más papeles, nuevos legajos, o la ropa de su bebé? Me dijo que me apurara, ya no podía esperar más, había llegado el momento.

Me eché una ducha de agua fría, como ella misma me había explicado hacía exactamente un año, me senté frente a mi escritorio con la libreta abierta y el lápiz en actitud de espera, como siempre. No tuve que hacer mucho esfuerzo de concentración, al contrario, me dio la impresión de que me volvía a dormir. Fui cayendo en una suerte de entumecimiento, creo que olvidé quién era y qué hacía sentada allí a las cinco de la mañana. Había un abandono absoluto. El cuerpo se iba haciendo cada vez más liviano, las manos se iban empe­queñeciendo, apenas sobresalía un poco de mi cuello. Era como si viera a través de un lente de aumento a miles de kilómetros y a unas dimensiones grotescas. Las extremidades apenas eran centímetros en un cuerpo de grandes proporciones.

Creo que comencé a desaparecer, no me sentía. Me convertí en una hoja, empecé a volar. En lugar de Doña Elisa venir a mí, como me había avisado, era yo la que iba a su encuentro. Al menos así me lo pareció.

Siempre creí que el día que volara se me iban a tapar los oídos, no ocurrió así. Durante el viaje fui encontrando a muchos seres extraños, como si fueran híbridos de hombre y cosa. Estoy casi segura de que eran amigos y amigas, o al menos, conocidos. Recuerdo dos hombres sin cuerpo de hombre, compartían el mismo brazo y la misma pierna. El brazo no tenía forma de brazo ni la pierna de pierna. Me asusté mucho y quise gritar y correr, pero no tenía boca, ni piernas.

Ellos me dijeron que si tenía miedo para qué había ido. Pasaron muy rápido como si un ventilador los hubiera removido a toda velocidad, en sentido contrario al mío. O tal vez el ventilador apresuró mi vuelo. El paisaje era gris, las rocas, el agua, los árboles, todo era gris y de una consistencia gelatinosa. Yo era Alicia en el país de las medusas.

Seguí volando, aterricé en otro paraje no muy diferente del anterior, aunque tenía entremezclado en el gris un perceptible tono rosado. Vi a mi padre, estaba de pie, lacónico, realizando un trabajo como si pilara tierra. No me miraba. Intuí en él la misma ternura que sabía escondida detrás de su voz grave y sus fuertes pisadas. Todavía retumban en los pechos de cada uno de sus hijos. Era el chis, chas, chis, chas de sus pesados zapatos frotando los escalones de la larga escalera sin fin, escalera que nunca se podía subir porque sus dos extremos terminaban abajo. Sin mirarme, me dijo que no me olvidara de mandarle su café de todas las mañanas, como lo hacía mamá desde el tercer piso: llenaba un frasquito con café caliente, lo metía en una cesta pequeña y lo mandaba en el hocico de Loby. Luego lo regresaba vacío con el mismo mensajero. Papá me dijo que se acor­daba mucho de Loby, pero no podía distraerse ni un segundo, le faltaba mucho por hacer. Hasta que no terminara su trabajo no podría pasar por mamá que lo esperaba desde hacía tiempo en un lugar no muy distante, pero de más luz y menos trabajos forzados. No sentí tristeza, sí mucho amor. Yo sabía que ella era capaz de demorarse en sus tareas para esperarlo.

El ventilador me arrastró hacia otro paraje, tal vez hasta otro tiempo. Vi una masa amorfa como si fuera una maleta grande, gris o marfil, babosa. De su hendija, que intuía era la boca porque se abría para hablarme, escuché unas palabras que no entendía bien, su expresión no era sonora. Presentí que no era bueno permanecer ahí, pero el viento no me movilizaba. Mentalmente sentí que era la Gallinita Ciega, mi hermana Cola de fuego. Últimamente le empecé a tener miedo. Quería decirme algo, pero no me llegaba su mensaje o yo no tenía la suficiente comprensión para captarlo; tal vez el miedo me impedía abrirme a su voz. Intenté acercarme para hacerle un gesto de ternura, abrazarla. Cuando estuve a punto de tocarla abrió su hendija como con intenciones de tragarme, o tal vez abrazarme. El viento se formó rápidamente como cintas babosas. No me quería ir sin escucharla. Sentí dolor, mucho amor doloroso, miedo, impotencia de ayudarla. Mi cuerpo estalló en miles de fragmentos que como estrellas de luz cayeron sobre la almeja maleta.

De pronto la vi como la había conocido: bella, dulce, con su pelo azabache por la cintura, y su cuerpo de reina de carnaval. Me arrodillé a sus pies y la abracé llorando, diciéndole que la amaba. Entonces ella era mi madre amorosa y me llevaba de la mano, vestía un traje de otra época, descendíamos una escalera rústica de piedra. Cuando levanté la cara para ver su rostro, sólo vi una forma ovalada sin ojos, ni boca, ni nariz.

Sin darme tiempo para reflexionar, el aire me trasladó a otro lugar donde las personas compartían partes del cuerpo. Algunas, un pie, como un grillete. Debían caminar las dos al mismo tiempo. ¡Ah buen Karma!, pensé. Está bueno para los celosos. También aquí los cuerpos eran albuminoideos. En realidad, no sé cómo digo que compartían el mismo pie si no tenía forma de pie. Es como una especie de discernimiento intuitivo.

Volando llegué a una gruta donde corría un río también gris rosáceo. Varios entes me llamaban por mi nombre armónico, Mammm, y extendían sus brazos para tocarme. No escuchaba sonidos, pero mi cerebro registraba voces y sentidos. Presentía que eran mis amigas difuntas: María, Melina, Graciela, Florinda, Irene, Melva, Violeta. Me pedían agua. Todas las mañanas debía tomarme un vaso de agua fresca por ellas. Me pareció paradójico que teniendo un río pidieran agua. Cada una de ellas me enseñó un pequeño regalo que yo les había dado; querían que supiera que aún lo conservaban. Un pañuelo de lágrimas, una toalla empapada de pesadillas, un dolor de cabeza, una oración al sol, una arruga de tristeza, un pensamiento largo y prolongado.

Antes de entrar a la Gran Corriente fui reconociendo cada rostro dejado atrás hace miles de años. No sabía cuándo los había conocido, ni dónde, pero estaba segura de haber compartido el mismo oxígeno alguna vez. Entre esas personas estaba mi amigo Sergio, bueno pudo llamarse Pedro, Juan, Luis, Francisco, José. El nombre era lo que menos importaba, ni él mismo lo recuerda. Casi veinte años han transcurrido y permanece con el mismo rostro leucémico pidiéndome el beso que no quise darle en la antesala de su púber muerte. Le repito lo mismo que le dije entonces: No es por tu ojo amoratado, ni por la sangre espesa que escurre lenta de tu nariz; dentro de mí no vibran las campanas de Esquilón. Esas que comienzan timbrando en la mirada para terminar cimbrando todo el cuerpo desde la espadaña de los labios. Yo tenía dieciocho años, tú un par más. Y tuve el valor de darte la extremaunción con un discurso cerebral y ridículo sobre el beso y el amor: El beso no se pide, se da. Cuando existe la necesidad de pedirlo es porque se duda de la vibración de las campanas del otro. Pobre de mí, cuánta teoría aprendida de memoria para ahuyentar al amor. Yo te quería y te lloré; pero faltaba que­rerme a mí primero. Aceptarme, para aceptar la posibilidad del otro. Tú penas, y yo peno por distintas razones encontradas. Mientras tú vagas buscando el amor negado, yo voy armando historias con pedacitos de comienzos de otras vidas; todas las que desprecié por timidez, por miedo a lo desconocido, a ser dejada en un rincón del salón de la gran fiesta de la vida.

Recuerdo unos ojos muy cerca de mi garganta, unas manos que se enmarañan en mi tobillo furtivamente. Unas voces que me llaman por las noches, unas cejas que se enmarcan; una boca enroscada apri­sionando historias y suspiros. De día, todos desco­nocen mi piel.

Una Gran Corriente me condujo entonces hacia un lugar lleno de colores. Otro río transparente, con el agua azulada, evadiendo promontorios de piedras pardas. Yo contemplaba desde un alto, paralela al curso del agua. Alguien me empujó, era él, tenía la costumbre de empujarme a cualquier corriente. Una dama con traje de baño rojo me fue indicando cómo debía mover en el aire las manos como alas, para caer justo en el único sitio del río que no tenía piedras. Era un agujero pequeño, para un solo cuerpo. Guiada por ella caí en un remolino de agua que me sorbió llevándome a otro espacio totalmente rosado. Hasta las personas eran rosadas. Delante de su máquina de coser estaba mi madre. Hacía vestidos con hojas de árboles rosados, que medían cerca de un metro de ancho por dos de largo. Los adornos los hacía con las parásitas que también eran rosadas. Lo único que tenía otro color, marrón claro, medio verdoso, eran sus ojos.

De pronto desapareció, en su lugar estaba Doña Elisa frente a su máquina de escribir. Por segundos era Eneida. Sus ojos eran los de Madre. Desaparecía una, para dar paso a la otra y viceversa. Era como si jugaran conmigo al escondite, se reían sin mirarme. Me ignoraban con picardía. Mirándolas bien observé que no tenían cuerpo ni extremidades, ni rostros. Eran óvalos suspendidos a nivel del vientre. Cuando aparecía mi madre el óvalo era agujereado. Cuando era Doña Elisa o Eneida el óvalo era liso y compacto. Al fin se cansaron y me dijeron al mismo tiempo, riéndose, sin palabras, que regresara, que todavía no era tiempo.

Se borró el paisaje y, como un bebé desnudo, la extraña corriente me regresó al escritorio para empezar a vivir.