Reposando el pan para la cena

Tenía dos años cuando mis padres se trasladaron de Caracas, a un pueblo de oriente, poco habitado en ese entonces, Maturín. Las calles eran de tierra, no había edificios, sólo casas. Creo que fueron seis los años que vivimos en una casa con un patio grande donde papá hizo una alberca para los patos. La mayor parte del tiempo los patos estaban fuera y nosotros dentro, chapoteando. Los do-mingos, después de misa, papá se acostaba en el piso y nos levantaba en vilo con sus pies, sosteniéndonos por nuestras barrigas, haciéndonos sentir un vahído de susto sabroso.

 
 

A la hora de la siesta mamá nos mandaba a nuestro cuarto a jugar en silencio, pero en cuanto podíamos, Remolino y yo, por ingenio de ella como siempre (totalmente absoluto), con mucho sigilo le hacíamos una cola de caballo con nuestras ligas de colores en el pelo lacio de papá. Era divertido verlo con una mata de coco, o una fuente luminosa en su azotea. Otras veces, Remolino inventaba (¿o yo?) untarle las mejillas y la boca con el carmín de mamá. Él, daba manotazos para espantar a las mosquitas que perturbaban su descanso. Algunas veces le atábamos los cordones de los dos zapatos entre sí; cuando despertaba tarde y tenía que correr al trabajo, no le gustaban nada nuestras bromas, y menos cuando se le enredaban los pies y se caía de narices (ciertamente absoluto). Nosotras nos tapábamos la boca y respirábamos fuerte para no soltar las carcajadas.

Mamá siempre estaba como sobresaltada, era muy nerviosa, tal vez el cansancio. Se levantaba de madrugada con su libro de meditaciones, de Kempis, y los ojos húmedos. Se acostaba tarde haciendo oficios. A pesar de todo, siempre estaba sonriente, atenta a quien la necesitara. Sus ojos brillaban todo el tiempo como lamparitas de luz. Era muy linda, muchas personas creían que era nuestra hermana mayor.

Trato de ver el rostro de la madre reposando el pan para la cena. Enciende el horno. Nostálgica piensa en el trigo, en la tierra que surcó su padre amoroso. Un incendio en el tiempo hace olvidar la tierra, el grano, el pan, la cena. Hace algunos años mi memoria también se estacionó en el tiempo. Comencé a llenarme de experiencias nuevas. Recuerdo el último sueño: una caída demasiado prolongada, un vacío en mi estómago, un nunca llegar. Los miembros de mi cuerpo se dispersaban. Me he dedicado a recoger los pedazos, subir por el mismo hueco, regresar al mismo sueño y despertar en la misma cama. Vuelvo a la escuela del brazo de la misma madre. Llego a la vejez sin la historia primera.

Papá nos contó que en Addis Abeba, los hombres se calmaban los dolores de muela enterrándose un clavo en la planta de los pies; este dolor atenuaba al otro. Mi mente era tan fantasiosa que al acostarme sentía un clavo oxidado en la planta de mi pie, con su correspondiente chorro de sangre, que al llegar a mi mano desaparecía del susto que me daba.

Cuando alguno de nosotros se cortaba, o magullaba un dedo, papá nos curaba. Tenía un libro de primeros auxilios. Nos dijo que en la guerra se desinflamaban los tejidos infectados, por alguna herida, con tomate maduro. Así pues que cuando se nos levantaba un pedazo de la cutícula y se ponía tenso y caliente el dedo, papá cortaba los restos de piel desprendida, nos lavaba con agua oxigenada y nos colocaba un pedazo pequeño de tomate maduro, atándolo con una gasa desinfectada. Al día siguiente, con una aguja esterilizada en fuego nos pinchaba, limpiando la secreción verde que salía casi a chorro. Al otro día el dedo estaba sano.

Al darse cuenta de que me estaba leyendo todos los libros de la biblioteca, papá creyó conveniente advertirme, después de manifestarme ceremoniosamente su admiración por mí, que podía leerme todos los libros, a excepción de aquél, de lomo rojo, aquél que está bien arriba. No era adecuado a mis pocos años. Más adelante me explicaría el porqué. Todos los días miraba y miraba el grueso volumen. No tenía paz. Ya no me llamaban la atención los otros libros, habían perdido su atractivo. Me decía que ya los había leído todos. Miraba a lo alto, a la espera de un rapto de soledad para subirme entre los anaqueles si fuera necesario. Un día tuve la oportunidad y me fui al baño con él. No era gran cosa. Más fue la ansiedad del mes de espera. Palabras que no entendía: Cortesanas, diestras en perfumar y acariciar cuerpos con aceites y leches aromáticas. Rito que comenzaba desde los pies y que debía hacerse con la punta de los dedos, suavemente, rozando apenas la piel. Lo mismo hace una mamá con su bebé, no veía el misterio. Tal vez sea la palabra “diestra”. Tendría que memorizarla para buscarla en el diccionario, igual que la palabra “cortesana”. Voy a probar con la leche de la nevera, pero tendría que calentarla. No, ni caliente sirve. Es muy aguada. Probaré más bien con crema de leche. La verdad es que se siente algo. Una sensación agradable. Es como si la punta de los dedos le diera vida a la piel. Hablaba también de los Eunucos, señores que cuidaban de las mujeres. Esta sí la pude memorizar aunque es bien enredada. Hombre que guarda el lecho. Más complicado que el mismo libro. Con razón papá me pidió que no lo leyera. Él sabía que no lo iba a entender. Al momento de confesarme lo incluí “mentalmente” entre las desobediencias, sin más explicaciones. No necesariamente había que desmenuzar las faltas; era válido englobarla en las generalidades. Bastaba con sentirme tranquila. De todas formas el asunto no fue absoluto. No leí todo el libro, sólo las primeras páginas y ni siquiera las entendí. Bueno… en realidad no estaba del todo tranquila. Eso de los perfumes y las cremas con la punta de los dedos...

No recuerdo con claridad por qué papá vino a esta tierra tan lejana. Cuando tuve la oportunidad de preguntarle no lo hice. Recuerdo (por referencias auditivas) su comienzo en la capital como simple ayudante de una fábrica de chocolate. Cuando aprendió el oficio nos mudamos a la otra ciudad. Con elementos rudimentarios y ayudado por mamá montó su propia fábrica de dulces originales. Mamá en un reverbero pequeño montaba una paila con azúcar, le echaba colorante, esencia de frutas y glucosa. Le colocaba el termómetro para el punto de la chupeta o pirulí, vaciándolo con guantes especiales en vasitos forrados con celofán. A los diez minutos cuando comenzaba a cuajar le colocábamos una paleta en el centro de cada vaso. Al enfriarse se empaquetaban. Forrar los vasos era todo un ritual. En un molde de madera que tenía la cabeza del tamaño de los vasos, inventado por papá, se le colocaba el papel celofán como un manto. Luego se le introducía el vaso, se subía el papel sobrante y se apretaba para que quedara bien ajustado. El papel se compraba en grandes resmas. En una guillotina los hermanos iban cortando los distintos tamaños, ayudados con un molde de cartón.

El acto de envolver los caramelos era un ritual casi místico. Nos sentábamos en un mesón largo con una caja entre las piernas. Del lado izquierdo se colocaban los caramelos algo “entalcados”, con polvillo de almidón para que no se pegaran, del lado derecho un montoncito de papel transparente, o de colores brillantes de acuerdo al tipo de caramelo. Con la mano derecha se tomaba el papel, al mismo tiempo con la izquierda se tomaba un caramelo que se colocaba en el centro del papel. Y mientras con la mano izquierda se daba vuelta hacia abajo, con la derecha se volteaba hacia arriba, en movimientos rápidos. Se dejaba resbalar el caramelo por el delantal de “saco de azúcar”, hasta la caja. Al llenarse había que suspender para empaquetar en bolsas. En los carnavales, época de grandes demandas, nos quedábamos hasta altas horas de la noche en la fábrica.

Eran días de fiesta para toda la familia. Se dejaban las labores de la casa para dedicarnos desde la madrugada a envolver y a empaquetar, mientras papá y los muchachos batían el caramelo para darle consistencia. El procedimiento de elaboración del caramelo que tenía listas claras entre oscuras era distinto. Lo lanzaban con fuerza hacia un gancho de metal, embadurnado en parafina. Se dejaba colgar un poco y se estiraba con fuerza con las manos enguantadas para luego volver a lanzarlo hacia el gancho, tantas veces como hiciera falta, hasta que matizara.

Al llegar la hora de ir a la cama estábamos todos cansados. La demanda era cada vez mayor. Aumentaron los empleados, pero tampoco eran suficientes. De todas partes del país llegaban camiones con pedidos; gustaban los llamativos caramelos, y tenían un precio solidario. Eran piñas diminutas, mandarinas, limones, peras, manzanas, uvas, guayabas, mangos; berenjenas, pimentones, tomates; tigres, tortugas, palomas, vacas, sierpes; zapatos, libros, lápices, carros, muñecas. Todo lo que se le ocurriera a papá. Hacía un dibujo y se lo llevaba al herrero o al carpintero. Toda su maquinaria era rústica, ideada por su imaginación. Lo primero que inventó fue una mesa larga, creo que de aluminio. Debajo de la superficie tenía un depósito para agua fría que se hacía circular por medio de una palanca de mano que se movía para enfriar el caramelo. En la mesa, untada con parafina, papá echaba el caramelo caliente mientras alguno de nosotros movía la palanca de un lado para otro. Él, con sus manos enguantadas amasaba el caramelo que se iba espesando hasta hacerse un delgado cordón que luego metía a través de un rodillo como de lavadora. Cada rodillo tenía ahuecada las distintas formas de caramelos. De piña, de tigre, de flor. Así iban cayendo en hileras, los caramelos en un cedazo hecho de madera y tela metálica. Con un polvillo especial de almidón se iban despegando los cordones, dándoles ligeros toques hasta salir los caramelos que luego se colocaban en los mesones donde las empleadas los envolvían. Muchas veces entre ellas se quitaban algún paquete a la hora de entregar, armándose tremendas trifulcas. Papá muy salomónico sacaba un promedio de los paquetes que durante la semana cada una rendía; de acuerdo a la media aritmética resolvía el problema.

Para los caramelos rellenos con mermelada de guayaba, miel, chocolate o licores, papá les hacía un canal al cordón de caramelo caliente para el relleno. Entonces salían caramelos selectos, que había que envolver con papel brillante de diversos colores. Después de cada carnaval, papá ampliaba alguna parte de la fábrica y contrataba más personal. Así fue construyendo el edificio de tres plantas que tardó muchos años en concluir. Primero hizo la planta baja, dos años después el primer piso. El tercero lo comenzó aún sin haber terminado el segundo a donde nos mudó para poder alquilar el primero. Cada vez que llovía había que correr a poner tambores. El tercer piso era una platabanda donde jugábamos o hacíamos nuestros experimentos. Total, que toda la infancia y parte de la adolescencia estuvimos corriendo de un lado a otro a poner tambores, especialmente de madrugada. No sé cómo todavía tengo el valor de conmoverme ante la lluvia. Al morir papá, el edificio le quedó a un prestamista. Ahora parece una ruina prehistórica, un castillo abandonado. Su nuevo dueño parece que también murió.

Cuando papá compró su primer auto, se lo rayaron con algún objeto metálico. “Ese extranjero vino a quitarnos nuestro dinero. Fíjense cómo se enriqueció; hasta hizo un edificio”. Cada vez que papá se acostaba, se miraba las manos encallecidas sintiendo la espalda quebrada de batir caramelo casi veinticinco años… Todavía vale la pena. Lo importante, muchachos, es que estudien, ésa puede ser la única herencia que les deje”.

En esos años de la dictadura de Pérez Jiménez, desde ese 24 de noviembre de 1948 cuando derrocara a Rómulo Gallegos, había frontera libre para la inmigración. El mismo gobierno fletaba barcos para traer europeos como mano de obra capacitada y, con derecho, más bien “deber” de votar, sino eran expulsados. Todos los inmigrantes debían cumplir con el sagrado precepto del “Sí” y, demostrar y mostrar el dedo meñique marcado con el “cumplido deber”. Un domingo, papá y mamá regresaron a casa con los dedos meñiques manchados de tinta indeleble. Ante este hecho, nuevo para nosotros que éramos pequeños, nos explicaron que habían acudido al llamado del General (Marcos Pérez Jiménez), para respaldarlo en el famoso plebiscito del 57. Por orden expresa del General debían acudir todos los extranjeros favorecidos con la entrada al país.

El domingo 15 de diciembre de 1957, como se acercaba la sucesión presidencial, Pérez Jiménez recurrió a un plebiscito totalmente bajo su control. La pregunta era algo así como: “Si” está usted de acuerdo con la continuación de la presidencia, y “si” acepta a los candidatos del gobierno al Congreso Nacional, a las Asambleas Legislativas y a los Concejos Municipales. El Consejo Supremo Electoral dio cifras muy altas a favor de la dictadura. El 20 de diciembre es proclamado Presidente para el período 1958/1963. El 1 de enero de 1958 estalla una rebelión en la Fuerza Aérea, bombardean Miraflores, sin lograr un cambio, días después se producen masivas manifestaciones en la calle, de intelectuales, empresarios, periodistas, profesionales, exigiendo el retorno a la democracia. El 21 de enero se da una huelga de prensa. El 22 se reúnen altos jefes militares, forman una Junta Militar de Gobierno que pide la renuncia a Pérez Jiménez. En la madrugada del 23 de enero de 1958, el presidente depuesto sale al exterior. La abuela materna que vivía con nosotros cortas estadías, tal vez por tener demasiado presente a Mussoline, tomó la enorme foto del General, que había que tener en las casas de los inmigrantes, y la pisoteó con toda su humanidad que era bastante rellena en carnes.

La abuela tenía un rugido más sonoro que el de papá. Los enfrentamientos entre ellos eran enérgicos. Se enfurecía en defensa de los nietos y de su única hija. La abuela arrastraba una culpa que la hacía rezar, arrodillada, casi las veinticuatro horas cada día. Necesitaba ser perdonada por haber decretado en dialecto siciliano: “Se la dugno a un cane ma mónica no se fa” (Se la entrego a un perro (la hija), pero monja no se hace). Papá, se desagraviaba recordándole su parentela, demasiado cercana, de la mafia. Años después hice mis propias investigaciones (aunque no de primera mano) y completé las frases asiladas que nos causaban pánico, de pensar que algún día tuviéramos que vivir en ese país azotado por las “tributaciones” de protección, y sobre todo que nos asociaran con alguno de los padrinos, y nos metieran en el saco de las vendettas (venganzas) entre las familias.

Joseph Profaci (Joe), hermano de la abuela, fue el fundador de una de las cinco familias de la mafia italiana organizada, en Norteamérica. Entre 1930 y 1962 “regentó” la Familia Profaci. En 1962 se transformó en Familia Colombo, al hacerse cargo del mando Joe Colombo (su yerno).

Giuseppe Profaci nació en Sicilia, en octubre de 1897, era el primogénito de un honorable campesino (contadino) italiano, dedicado a la siembra y cultivo de olivos, quien llevaba el mismo nombre del hijo. Al parecer a otro de los hijos, Cármine (¿?), panadero, la mafia (no sé si la de Italia o la de Norteamérica) lo cremó vivo en su propio horno.

En 1922, teniendo 25 años, Joseph se fue a New York buscando un mejor futuro; sólo sabía de olivas y aceites, y a eso se dedicaba. Pronto se convirtió en el importador más grande de aceite del país, por lo que era conocido como el “Rey del aceite de oliva”. En 1930, imagino que entrenado ya, como “Soldado” (Píciotto), Capo y Sotto Capo, fue investido como Jefe de familia (Capo di tutti Capi) por Maranzano, su “Padrino”. El centro de operaciones estaba en Brooklyn (NY), tenía muchos negocios y propiedades en New Jersey y Florida. Era considerado uno de los líderes más elegantes... con puño de hierro, cobraba una suerte de gravamen, sobre vehículos y otros, a los miembros de la familia del crimen. Ese dinero iba al Fondo “Aguanieve”, para ayudar a la familia de los “soldados” que fallecían o eran encarcelados. Cuando alguno tenía una necesidad, los ayudaba. ¿El Robin Hood del aceite de oliva?

Ferviente católico, especialmente después de comenzar a padecer cáncer. Lo describen como el Padrino más devoto de toda la Mafia. Abrazó la religión católica con extremo recogimiento. Seguramente comulgaba todos los días poniendo sus dos manos cruzadas, como espadas dulces sobre su pecho, cuidando de que la presencia del Dios de la Hostia permaneciera más tiempo en su esófago, antes de ser corroído por el ácido clorhídrico estomacal.

A tal punto era devoto que, en el sótano de la Iglesia Católica de Brooklyn, St. Bernadette, donde asistía religiosamente Giuseppe Profaci, mandó a construir un Altar privado para las misas reservadas a la “familia”, que eran oficiadas por un Sacerdote amigo. En 1949 un grupo de italianos y americanos (laicos y sacerdotes) solicitó al Papa Pío XII que le otorgara el título de knigthood, Caballero de Sicilia, por haber sido benefactor de la comunidad italianoamericana, y por sus abundantes donaciones de caridad. No obstante, el abogado del Distrito presentó un informe al Vaticano, de extorsión, atentados y homicidios, del líder de la Mafia, multimillonario, que vivía en una mansión con grandes extensiones de terreno; poseía una fortuna gigantesca que a su muerte desapareció de la misma manera como llegó a sus manos. Supuestamente no se encontró ningún legado de su cuantiosa fortuna (¿?). Ni hay noticias de su familia (al menos donde hemos rebuscado que no es la más confiable).

Joe Profaci, murió de cáncer el 6 de junio de 1962, en el South Side Hospital, Long Island, sus restos se encuentran en el St. John’s Cementery, Queens. En su mausoleo abovedado hay una figura de Jesús en la Cruz y dos ángeles... ¿Post-protección?