Calendario de Escritores Merideños mes de Abril
Maria Luisa Lazzaro
 
 

 

 

 

 
 
 

DESCRIBIENDO LOS CORDELES
a Marina Mora y Geomar Rodríguez

 
 

 

Él me va describiendo las amapolas y los cordeles de la vida. Yo voy escuchando, desde sus manos cada color, inédito, sin referencia alguna.

Nunca supe distinguir más que las formas que mis dedos delineaban, buscando entre texturas y consistencias los conceptos que la vida me iba trasmitiendo por los oídos frágiles, apenas audibles. Imaginando desde esa candidez de niña que iba creciendo sin saber cómo era eso de la estatura, lo masculino y lo femenino, la belleza, la fealdad; lo negro, lo blanco, lo amarillo; el rosa, el rojo, lo matizado, lo homogéneo; lo armónico, lo desarmónico.

Antes de que él se posesionara con seguridad de mis tierras infecundas, la existencia transcurría como una línea recta sin grandes tropiezos; pero sin jardines, ni acantilados ni farallones que me dejaran con la boca abierta por la maravilla. No sabía otra cosa que ese andar dirigido por destinos asignados, guías de camino para que no me lastimara. Y si sucedía tener a tiempo un remedio que me suavizara el calvario de depender de quienes algún día me vieran como una carga. Aunque había generosidad en quienes me nutrían, no dejaba de sentir ese temor a restar o sumar inútilmente. Sentimiento de que en algún momento la fuerza del sentido “común” me llevara a renegar de haber nacido. En lo que pensaba a menudo.

Un día apareció, no sé por cuáles designios. Entró con esa fuerza con que Rosario de la Cerda lo modulara en una carta poema a su Neruda: “Entró a mi vida, como él mismo lo dice en un verso, echando la puerta abajo. No golpeó la puerta con timidez de enamorado. Desde el primer instante se sintió dueño de mi cuerpo y de mi alma. Me hizo sentir que todo cambiaba en mi vida. Esa pequeña vida mía de artista, de comodidad, de blandura, se transformó, como todo lo que él (Neruda) tocaba”.

Sus manos fueron recorriendo cada centímetro de mi cuerpo describiéndome con total precisión poética los colores y las formas de todo cuanto fue creado por la naturaleza, divina e inefable. Y todo cuanto el ser humano fue y sigue diseñando desde las ciencias exactas e imprecisas; la astrológica, la esotérica y la mágica.

Nací con escasa luz en los ojos, campanas imperfectas en mis oídos, sin acordes fabulosos en mi garganta. El vientre de mi madre no pudo abrir íntegro el canal lumínico que me correspondía como personas. No recrimino, posiblemente nadie le dijo que la rubeola podría atentar contra algunas de las facultades a las que tenía derecho. Tal vez le dijeron que tenía que deshacerse de ese bultito pequeño y no lo hizo. Tal vez tenía que nacer para esta experiencia, para esta forma distinta de ver cordeles y amapolas. No sé si hubiera preferido ser completa como todos los demás, creo que sí. De lo que estoy segura es que, para mí, es un agasajo sensitivo. Intuyo que no todas las personas tienen el privilegio de precisar, desde unas manos, la más delicada música del universo.

 

 
 

Talleres de creación literaria

 

 

 

 

X Encuentro Internacional de Escritoras Diana Morán

Panamá del 27 al 31 de marzo

 

 

Más de 100 libros escritos por mujeres, recién editados entre 2011 y 2012 serán presentados en el marco del X Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Diana Morán en marzo del 2012.

Las presentaciones se realizarán en las más importantes universidades del país, en Bibliotecas, Librerías, instituciones y centros culturales. Serán auspiciadas por embajadas, instituciones gubernamentales, empresas privadas.

Más de 400 libros estarán a la venta para el público en general. Una verdadera Feria Internacional del Libro escrito por Mujeres o sobre Mujeres, se pondrá en marcha en el X Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Diana Morán, Panamá 2012.

 

Homenajes a diversas escritoras
de acuerdo al país donde se hace el encuentro.

Con el objetivo de visibilizar a escritoras latinoamericanas de gran valor tanto para sus países como para la región, el encuentro realiza homenajes que constituyen parte del panel temático y de creación dentro del encuentro. El encuentro reciente en la ciudad de Bogotá, Colombia, rindió homenaje a Matilde Espinosa (1911 - 2008) poeta colombiana, autora de poemarios como Los ríos han crecido (1955), Por todos los silencios (1958), Afuera las estrellas (1961), Pasa el viento (1970), El mundo es una calle larga (1976), La poesía de Matilde Espinosa (selección, 1980), Memoria del viento (1987), Estación desconocida (1990), Los héroes perdidos (1994), Señales en la Sombra (1996), La sombra en el muro (1997) y La tierra oscura (2003).

Las siguientes escritoras fueron homenajeadas en los distintos Encuentros Internacionales:

1898.- María Nieves y Bustamante - Arequipa- Perú
1999.- Nana Gutiérrez - Arica -Chile
2000.-Luisa Luisi - Montevideo- Uruguay
2001.-Alfonsina Storni - Rio Gallegos-Santa Cruz-Argentina
2003.- Clara Lair con Julia de Burgos- San Juan - Puerto Rico
2004.-Inés Arredondo - Guadalajara - México
2006.-Rosalía de Castro - Baiona-Nigrán-España
2008.-Elizabeth Schon - Caracas-Venezuela

El X Encuentro Latinoamericano de Escritoras, a celebrarse en Panamá del 27 al 31 de marzo de 2012, rendirá homenaje a la poeta, investigadora literaria y docente panameña Diana Morán.

Por Mérida asistirán las escritoras Mireya Kríspin y Maria Luisa Lazzaro.

 


 

Entrevista en Palermo Italia

 
Portada del libro Cuentos para el sofá

 

Del Libro Cuentos para el sofá
 

Algunas veces me pregunto, casi con desesperación, si él sentirá lo mismo que yo: pájaros de tan insólitos colores piando todas las mañanas, en fiesta permanente sobre trozos de banano pintón, granos de arroz con cáscara. Migas de galletas dulces…

Casi nunca nos abrazamos, ni nos decimos palabras tiernas. No obstante nos miramos por las tangentes de los ojos. Nos seguimos, nos escuchamos. Estamos atentos al movimiento de cada uno. Sabemos hasta los más mínimos detalles.

He percibido, gozosa, la manera velada como me cela de mis amigos. Justo cuando alguno de ellos me visita, cuando estamos muy cerca hablando entusiasmados de algún tema… se acerca con algún pretexto tan variado como original y me hace preguntas. De esas que ameritan ir con él hasta su cuarto por la necesidad de saber el contexto que indaga. Única forma de dar con la respuesta más o menos considerada.

¿Cómo es eso de la traslación ingrávida del planeta Tierra? ¿Había niñas cuando las andanzas de los dinosaurios? ¿Por qué el cielo varía los azules? ¿Cómo se hicieron las primeras semillas? ¿Hay otro mundo donde están las estrellas? ¿Siempre va a llegar el otro día? ¿Si el sol se cae nos quemamos todos? ¿Cómo se sostiene la luna si no se ven los hilos? ¿Cómo es eso de los átomos? No es verdad que todo tiene átomos, porque en las sombras y los reflejos del espejo no puede haber átomos. ¿Las abuelas siempre se mueren primero?

La primera vez que notó que no amanecí en mi habitación… (Todas las mañanas, casi al amanecer, tocaba mi puerta con suavidad y abría para cerciorarse de que yo estaba ahí). Esa vez la cama estaba vacía, demasiado arreglada, sin una arruga… lloró muchísimo. Sin embargo, cuando regresé de viaje no fue capaz de decirme cuánto me había extrañado, parecía que le hubiera dado lo mismo. Me abrazó como se abraza a cualquier amigo, diciéndome: “Hola, qué tal, cómo te fue”. Su indiferencia expresiva desde ese acontecimiento se hizo casi inquebrantable. Un día, en el desayuno… (me vio hacer maletas) me dijo: “No te doy permiso. Soy el hombre de la casa”. Tuve que salir corriendo a reírme donde no me viera para no vulnerarlo. No lo podía creer, seguía celoso, le dolía que me ausentara de nuevo. Me iba a echar de menos, con dolor; pero no se atrevía a decírmelo ojo a ojo.

Fui entendiéndolo. Yo (peregrinamente) sentía lo mismo: aprensión. Alguno de esos viajes podía ser el último de mirarnos sintiéndonos. Acaecía pánico de mi cama demasiado ordenada, sin habitante. Él había visto una película donde el ojo de la cámara mostraba todos los espacios vacíos que anunciaban la ausencia de una abuela.
En el último viaje, empezó a abrirse un poco más. Me pidió que le trajera un libro muy gordo que tuviera muchas páginas y muchos colores. Apenas deshice las maletas me dijo: “Cuando te vas los pájaros no vienen a la casita de las comidas. Miki casi no ladra, se la pasa como pensando detrás de la puerta de tu cuarto, ni siquiera es para que la abran. El sol casi no sale, y del cielo cae tanta lluvia que no me provoca ir a la escuela”.

Yo, que también tengo miedo de que se encariñe conmigo y… luego le falte… no fui capaz de contestarle más que con un borbotón de lágrimas medio contenidas.

No le dije que mi corazón parecía dos rodillas saltando rayuela mientras bailaba una danza gitana.
 
     
 

Del Libro Cuentos para el sofá

 
 

Cuando tenía nueve años le dije a mi madre que no me mandara más al colegio, el “Santo Ángel de la Guarda”. Le hice saber que me gustaba más lavar platos, tazas, tazones, ollas, olletas, cazuela, vasijas… que estudiar. Y aún me sigue gustando lavar la vajilla postprandial. Es emocionante ese tener las manos media hora entre el agua y el jabón. Me encantaba oír chirriar los platos, prueba de que habían quedado pulcramente libres de grasa. Con la esponja jabonosa le sacaba brillo a la cafetera, lo que me hacía sentir súper grande (era la más chiqui de la casa).

Ante tamaña petición, mi madre que no había concluido la media (primaria), me sentó encima de la mesa y me dijo levantando un imaginario índice de madera, como una paleta de revolver ideas medias crudas, para que alcanzaran el punto de ebullición conceptual.

—Desde hoy, nunca más lavarás ni siquiera las escudillas de tus muñecas. Ninguno de mis hijos se quedará a mitad del abecedario del conocimiento. Prefiero hacerte carne molida para la boloñesa…
Yo, que siempre he tenido una imaginación volandera, más rápida que cualquier río de palabras, me puse a llorar a moco suelto mirando el molino de carne, y con la boca como tumba lapidada a piedras. Mamá, bajó la paleta y, como ya conocía mi mente fantasiosa, me dijo:

—Bueno, eso de carne molida es una metáfora, no es que te voy a meter en el ayudante de cocina. Cualquier sacrificio que yo haga es nada comparado con que mis hijos aprendan todo lo que tienen que saber para el futuro. —Mami… ¿para qué hay que aprender cosas? ¿No es mejor quedarse uno tranquilito como cuando se lavan los platos; jugando con el agua, el jabón y el sucio?

—No lo sé. Sólo siento que no es bueno, para las piernas y los pies, levantarse a las cinco de la mañana, despertar uno a uno a los niños, sacudirlos con fuerza muchas veces, hasta ver que ya están fuera de la cama; ir a la cocina, preparar el desayuno, acomodarles la ropa, la merienda… Y después que se van, arreglar los cuartos, limpiar la casa, lavar la ropa, almidonarla, plancharla, hacer las compras, hacer el almuerzo, limpiar la cocina y ordenar la casa… hasta las once de la noche en que los pies y las piernas, adoloridos, se acomodan en horizontal.

Yo, que tenía el “don” de ver y sentir a colores las cosas que me asustaban, puse mis dos piernas en los hombros de mi madre diciéndole:
—Me duelen mucho, mamita linda, llévame cargada hasta la cama, me duelen
mucho.

Ella, alcahueta conmigo, intentó cargarme, pero no pudo. Esto la hizo reaccionar:
—Payasa… ve a estudiar. Y cuando tengas edad de novio, y te pregunte si sabes cocinar, dile que no, que tu mamá nunca te enseñó.

—¿Y si se va corriendo?

—Regresará y te dirá: Yo tampoco. Aprenderemos juntos…
Pasaron ocho años y se fue, me quedé con los sabores de su capunatina, de sus salsas. Fui aprendiendo el punto de sus guisos, recordando desde las papilas gustativas cada una de las especias: el orégano, la albahaca, la pimienta negra recién molida; el laurel, el tomillo, el célery, el ajo porro, la nuez moscada rayada, la cebolla sofrita con pimentón y ají dulce.

Ese sentirme desarmada ante una cocina me llevó a una rememoración de olores y sabores. Así iba desde el ensayo y error, dándole forma y texturas a las comidas que habían pasado por mi paladar de niña, más que por mis manos.

La ilusión de encontrar a alguien que me dijera: “Yo tampoco… aprendemos juntos”, me hizo preocuparme por no llegar tan cruda al asunto.