VIDA Y LIBROS

(Septiembre 2011)

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María Luisa Lázzaro Lo Casto (Caracas, 1950), vivió en Maturín Edo Monagas desde los 2 hasta los 17 años, edad en la que se trasladó a Mérida a estudiar y donde ha vivido la mayor parte de su vida. Es catedrática Titular jubilada de la Escuela de Letras, Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad de Los Andes (ULA) y Magíster en Literatura Iberoamericana. Su vocación desde muy joven han sido las letras aún haberse iniciado en una carrera científica. Durante siete años fue Docente e Investigadora de la Cátedra de Histología de la Facultad de Medicina (ULA, Mérida). Es Licenciada en Bioanálisis (1971) y Licenciada en Letras (1977). Autora de varios poemas que ha musicalizado (Atrincherada, Llueve amor, No duermas ahora, y Licor de amor), canciones que han sido interpretadas por la autora en distintos escenarios como el Aula Magna y Teatro César Rengifo, entre otros. Atrincherada participó en el "XIII Festival de la Voz Universitaria de Mérida" (1999) siendo ganadora del 1er lugar Luz Yamelín Rivero, su intérprete. Fue seleccionada como "Canción Inédita" en el "XIII Festival Nacional de la Voz Universitaria" (Universidad de Carabobo, Valencia, 2000). La autora ha sido galardonada con varios premios literarios, entre ellos el de Poesía Alfonsina Storni (Buenos Aires, 1978). En 1990 fue finalista en el Concurso de novela "Miguel Otero Silva", de la Editorial Planeta Latinoamericana con Tantos Juanes o la venganza de la Sota (Planeta, 1993).


Libros Publicados

(1) Poemas de agua (1978), (2) Fuego de tierra. (1981), (3) Árbol fuerte que silba y arrasa (1988), (4) Escarcha o centella, bebe conmigo (2004) y (5) Nanas a mi hombre para que no se duerma (2004).

Novelas: (6) Habitantes de tiempo subterráneo (Pomaire, 1990) y (7) Tantos Juanes o la venganza de la Sota (Planeta, 1993): finalista del Premio “Miguel Otero Silva”, de Planeta Latinoamericana (1990).

Narrativa breve: (20) ¿Cómo contarlo? (2006) y (21) Junta de hijas y otras peri-especias (2008).

Investigaciones literarias: (8) Viaje inverso: sacralización de la sal (1985) y (9) La inquietud de la memoria en el caos familiar (1995).

Libros para niños y jóvenes: (10) Marigüendi y la jaula dorada (En La infancia en la poesía venezolana, 1983), (11) Mamá cuéntame un cuento que no tenga lobo (1984), (12) El niño, el pichón y el ciruelo (1990), (13) Parece cuento de Navidad, Darlinda (1994), (14) Para qué sirven los versos (1995), (15) Una mazorca soñadora (1995), (16) Un pajarito, una pajarita y la casualidad (1995), (17) La almohada muñeca (1996), libro bifronte: (18) El loro de la infancia y otros relatos /(19) Mamá cuéntame un cuento que no tenga lobo y otros relatos (2006), Cuentos para el sofá (2011).

HEMEROGRAFÍA

 

Comencé leyendo a dos poetas, Sor Juana Inés de la Cruz (mexicana) y Carmen Botas Blanco (española). No recuerdo en esos mis doce años ¿por qué vía llegaron a mis manos? Seguramente por mi padre que era un excelente lector. A los 16 años un amigo (intento de un primer amor) que aún recuerdo con total nitidez, me regaló ¿premonitoriamente? la obra de Alfonsina Storni, que no sólo le dio un vuelco a mi poesía sorjuaniana sino que me abrió las puertas a la publicación de mi primer libro Poemas de agua (1978); propiciado por el premio “Alfonsina Storni” que de manera mágica recibiera de la Fundación Givré de Buenos Aires ese mismo año. Es ese tiempo era profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Los Andes, Mérida. Al mismo tiempo estudiaba Letras. La información del premio salió en el diario El Nacional, de Caracas, entrevista que me hiciera el prolijo escritor Ednodio Quintero. Participé de su Taller literario TAL. A partir de ahí todas las puertas se me fueron abriendo apenas yo las tocaba con mis nudillos tímidos.

Cada uno de mis libros se publicaron porque algún ángel los llevaba a una editorial. Así en 1981 Fundarte de Caracas publicó mi segundo poemario gracias al crítico Julio E. Miranda, para quien Fuego de tierra (1981) siempre fue mi mejor poemario. Escrito en prosa poética, de un solo tirón una noche de oscuridad existencial; como un solo poema.

Cuando tenía 17 años (1967), mucho antes del primer poemario, ya tenía fragmentos, que fui guardando por años, de la novela Habitantes de Tiempo subterráneo (1990). En esos primeros años no sabía que esos fragmentos podían llegar a ser una novela. Al concluir mis estudios en Letras (1977) y trasladarme como profesora a la Facultad de Humanidades (ULA) tuve conciencia de que había un hilo narrativo entre los fragmentos que a su vez se constituían en relatos con vida propia, llegando algunos de ellos a ser cuentos. No obstante no estaba segura del género hasta que leí con mucha atención la novela Rayuela, de Cortázar. Fue el espaldarazo que necesitaba para entender mi propia escritura fragmentaria. Desde esa conciencia le agregué como "cáscara" literaria ficcional el capítulo inicial “Doña Elisa y su audición de amor” y el capítulo de cierre “Para empezar a vivir”, también de Doña Elisa. Aparentemente la intencionalidad fue “enmascarar” el centro frágil de la almendra de la vida, para que no quedara como una autobiografía psicoanalítica. De cualquier manera ya se notaba la exacerbación de lo real que se magnificaba como material novelesco. Este libro fue un ejercicio de trabajo con el lenguaje poético y narrativo.

Después de este trabajo de largo aliento comencé a jugar con la escritura, aprendí a hacerme a un lado para detenerme en el entorno. Así nació en 1988 la segunda novela Tantos Juanes o la venganza de la Sota (1993), que gracias a una amiga, Adaías Charmell, quien lo envió al concurso, quedó entre las finalistas del Premio de novela “Miguel Otero Silva”, organizado por Planeta Latinoamericana (1990), siendo publicada por ese sello editorial tres años después. Así también nació en 1987 el tercer poemario Árbol fuerte que silba y arrasa o penúltimos boleros (1988).

Creo que fue a los cinco años cuando comencé a inventar historias, estimulada por los cuentos de Rosa (me gustaría saber su apellido), la muchacha que ayudaba a mi madre en las labores del hogar. Cada vez que puedo la bendigo como el ángel a quien le debo el cuento Epaminondas entre olvidos y memoria (en El Loro de la infancia... libro bifronte. 2006). La diferencia entre "su" cuento y el mío la descubrí treinta años después, cuando localicé el original (ya recreado por su propia inventiva): "Epaminondas y su madrina", cuento popular tradicional del sur de los Estados Unidos, fuera de circulación de las listas escolares por tratarse de un cuento racista, ya que (en esta versión original ) el personaje niño, de color, es desvalorizado al considerarlo como un niño tonto, que nada hacía. Sin saber de esta historia original, asocié más bien al niño con el síndrome de "déficit de atención", por eso el objetivo de la reescritura tenía que ser recuperarlo desde la creatividad y el amor. No obstante este personaje, niño-adolescente-adulto, fue más allá, quiso enseñarme, y lo logro, que tenía clara conciencia de la simplicidad espiritual: después de demostrarnos que podía llegar muy arriba, tomó la decisión espiritual de la sencillez, de vivir para crear. Aún recuerdo las historias maravillosas, de Rosa, de príncipes y princesas, haciéndolas verdaderos mitos del eterno retorno. Los obstáculos y las magias para vencerlos era elementos de nuestra cotidianidad comestible: granos de caraotas y/o maíz (frijoles, porotos) de distintos colores, ají dulce, melaza, o arroz , maní, semillas de merey (nueces de india) para que se resbalaran los malos y se salvaran los buenos.

Como toda mamá de la época a mis tres niños les hice conocer los cuentos maravillosos y las fábulas. Llenos de lobos, cabritos, brujas, princesas desaliñadas que eran rescatadas por príncipes de noble coraje. Hasta que mi hija Ana Wendy en 1979 me dijo: Mamá, cuéntame un cuento (pero) que no tenga lobo (1984). Ese fue mi primer título para la infancia. A partir de ahí empecé a inventarles relatos con elementos de la cotidianidad. Luego surgió: Marigüendi y la jaula dorada (1985), El niño, el pichón y el ciruelo (1986), y Para qué sirven los versos (1995). Este título me lo regaló René Rolando, cuando a los seis años me preguntó si se podía estudiar para ser poeta. Luego se editaron: Una Mazorca soñadora (1995). Un pajarito, una pajarita y la casualidad (1995), La almohada muñeca (1996), Parece cuento de Navidad, Darlinda (1996), Natalia la niña que se chupaba el dedo, Epaminondas, entre memoria y olvidos, el Loro de la infancia, Los Chiripas buscan hogar, y Cómo contarlo. Todos incluidos en el libro bifronte: El loro de la infancia y otros relatos (2006), y Mamá cuéntame un cuento que no tenga lobo y otros cuentos (2006).

Seguí escribiendo poesía al mismo tiempo que narrativa, son dos estados distintos. En 1989 comencé a escribir Escarcha o centella bebe conmigo, casi al mismo tiempo Nanas a mi hombre para que no se duerma, editados los dos en 2004. En el año 1992 comencé En el mar de Cajal y Golgi, poemas relativos a mi admiración y formación por la ciencia.

En el año 2002 ocurrió un evento novedoso que le dio un vuelco importante a mi escritura: Foros literarios de Internet. El confrontar la escritura en foros literarios me hizo crecer y creer en el oficio. Uno de esos fue Sensibilidades, de Madrid, allí comencé a sentir mayor seguridad en mi vocación, en el sentido de trabajo cotidiano de creación y corrección. Desde ese año comencé un abundante quehacer literario de todos los días, con su correspondiente cotejo con lectores críticos.

Algunos poemas de esa nueva época están recogidos en el libro Cromática en vuelo (2002-2005). De igual manera he incursionado en la narrativa breve. De ahí los títulos: ¿Cómo contarlo? (2006) y Junta de hijas y otras peri-especias (2008). En este último trabajo el humor, la sensualidad, y lo sorpresivo y ambiguo del cierre final. También en prosa poética el libro Miniguerra, tarea de los cuerpos, conformado por cuatro cuerpos. Se inicia con el Cuerpo Gustativo, sensual, para dar un vuelco hacia el dolor, Cuerpo Social, Cuerpo Herido. Para concluir con el Cuerpo Reconciliado.

 

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